'Me amenazaron por intentar averiguar lo que pasó en el Palacio'

'Me amenazaron por intentar averiguar lo que pasó en el Palacio'

El ministro Yesid Reyes dice que el general Maza Márquez le dijo que no averiguara sobre los hechos.

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30 de octubre 2015 , 10:39 p.m.

Decenas de libros que el magistrado Alfonso Reyes Echandía compró, leyó y releyó en sus 53 años de vida hoy son uno de los bienes preciados de Yesid Reyes, su hijo y hoy ministro de Justicia. Reyes Echandía, presidente de la Corte Suprema, fue unas de las víctimas emblemáticas de la tragedia del Palacio de Justicia. El Ministro, por primera vez, revela los graves cuestionamientos que hace de la actuación de las autoridades militares y policiales de la época, en especial de los generales Miguel Alfredo Maza Márquez y Víctor Delgado Mallarino.

¿Qué imagen recuerda de su papá?

Fundamentalmente como una persona muy disciplinada, seria y dedicada a la parte académica, que era dictar clase en la universidad y escribir libros. Siempre estaba en una de esas dos cosas, o escribiendo libros o artículos, o dictando clase. Muy pocas veces, en tres o cuatro oportunidades tuvo cargos públicos: Fue magistrado del tribunal de Bogotá, Viceministro de Justicia y Magistrado de la Corte.

¿Solía contarle historias de lo que fue su vida en Chaparral, Tolima, de donde era oriundo?

Él no solía contar muchas historias, pero para citarle una en Chaparral solamente había hasta cuarto de bachillerato, allá uno no podía ser bachiller, pero el colegio ofrecía una parte técnica para tratar de dar una orientación para que la persona tuviera una habilidad para la vida. Papá, por ejemplo, optó por la carpintería, y era un buen carpintero. Un hermano de mi madre siempre tuvo una carpintería, y mi padre de vez en cuando se iba a la carpintería, incluso hasta el año en que murió, a hacer cositas allá.

¿Dónde terminó el colegio?

Mi padre sale de Chaparral, también por violencia. En esa época la violencia empezó a poner mucho muerto en el pueblo, tocó a amigos muy cercanos y mi padre decidió irse a Honda. Se matriculó en el colegio público, porque era la única opción que tenía de estudiar, no era una persona de recursos económicos. Le faltaban 5 y 6 de bachillerato, pero participó en una huelga estudiantil exigiendo mejoras en la calidad de educación y lo echaron por eso. Lo curioso es que el rector apoyaba el movimiento de estudiantes y terminaron siendo muy amigos. Entonces mi padre decide venir a Bogotá, a probar suerte, a buscar trabajo. Lo contrataron para unas obras de remodelación del estadio El Campín, y justo cuando iba a comenzar a trabajar se encontró con el rector del colegio de Honda (Antonio Cardona Londoño) y le dijo: usted es más intelectual que de trabajos manuales, ¿no le jalaría a irse de profesor a un pueblo? Así mi padre se fue para Anolaima y estuvo un par de años dictando clase. Ahí consiguió un contacto en un colegio de San Gil, también público, donde lo recibían para terminar el bachillerato. Él terminó los estudios en el colegio San José Guanentá de San Gil. Ya después regresa a Bogotá y se matricula en el Externado.

¿Cómo logró un cupo?

En esa época no había muchos problemas de cupo, lo que si tenía y tuvo siempre fue problemas económicos. Consiguió inscribirse para el primer año, y el resto de la carrera la cursó con una beca. Es el único estudiante que ha tenido cinco en todas las materias en los cinco años. También tuvo una beca que le permitió estudiar en Italia derecho penal y criminología.

Usted ha contado que su papá no iba los miércoles a la Corte. ¿Ese miércoles 6 de noviembre por qué fue?

Él había sido invitado a un acto que iba a haber en la noche a un homenaje al rector del colegio de Honda, y como tuvieron una relación curiosa y cercana, papá aceptó ir al homenaje. Tenía que preparar unas palabras que iba a leer y aprovechó para organizar un par de citas en la Corte Suprema sobre las 11 - 11:30 a.m.

Luego del holocausto usted viaje a Alemania. ¿Por qué decidió irse?

Hay varias cosas. Era una ida que tenía desde ya hace un tiempo, había pensado dedicarme dos o tres años a estudiar un poco más en Europa temas específicos de derechos penal, y fue algo que se aplazó durante un tiempo como consecuencia de la muerte de mi padre. Y también porque por esa época recibí amenazas algunas relacionadas con temas del Palacio de Justicia.

¿Qué tipo de amenazas?

A mí me llamaron varias veces por teléfono a la oficina a darme teóricamente información sobre cómo habían ocurrido algunas cosas dentro del Palacio y a raíz de eso recibí una amenaza diciendo que dejara de estar averiguando qué había ocurrido, que eso no era bueno para mi salud.

¿Se supo de dónde venían?

Yo fui en su momento a comentarle estos hechos al director del DAS, que en ese momento era el general (Miguel) Maza Márquez, y la respuesta del general fue: pues sí, para qué averigua si ya está más o menos claro lo que pasó, deje las cosas como están. Entonces como esa fue la respuesta del Director del DAS no había mucho más opción que buscar salir un rato del país, que fue lo que hice.

¿En la familia cómo se vivieron las horas de tensión del holocausto?

Yo estuve fuera de la casa desde la mañana del 6 de noviembre, que fui a la oficina a trabajar, hasta la noche del 7 de noviembre. Entonces realmente no tuve mucho contacto con mis hermanos, ni con mi madre; hablamos un par de veces telefónicamente. A las 4:30 fue la última conversación que tuve con mi padre, y después de eso la información a la que pude acceder fue gracias a la ayuda de dos periodistas que en esa época me colaboraron muchísimo: Yamid Amat, que era el director de Noticias Caracol, y Juan Guillermo Ríos, que dirigía el Noticiero de las 7. Así me enteré, por ejemplo, del incendio que hubo la noche del 6 al 7 de noviembre en el Palacio, de los últimos y esporádicos combates del 7, del intento de la Cruz Roja por conseguir un cese el fuego, y por último lo que fue el desenlace de todo esto, con el control de las Fuerzas Armadas del edificio y del anuncio por los medios de comunicación sobre que el Presidente de la Corte Suprema había muerto con un centenar de personas más.

¿Usted se enteró por los medios de comunicación?

Sí. Incluso la primera noticia que se dio por los medios fue que el Presidente de la Corte había sido rescatado herido, y a los pocos minutos, la radio rectificó y dijo que no estaba herido, sino que estaba muerto.

¿Cuándo escucha esa noticia, qué pasa por su mente?

En un comienzo todo parecía que iba a ser una repetición de la toma de la Embajada de República Dominicana por parte del M-19, y eso en un principio auguraba una buena salida al problema. De tal forma que la primera percepción mía era que se iba a tratar de un proceso más o menos dilatado de negociación con el M-19 antes de llegar a una solución negociada. Pero lo que ocurrió poco a poco es que esa vía se abandonó y todo giró hacia una solución por la vía de las armas, y fue cuando realmente la situación ya se torna dramática, no solo para los familiares de las personas que estaban dentro, sino para una opinión pública que presenció esos dos días de combate armado en pleno centro de Bogotá.

Recientemente el exministro Carlos Medellín, hijo del magistrado Medellín, contó que dudó sobre que los restos que inicialmente le entregaron de su padre correspondían a él. ¿En su caso en algún momento se cuestionó eso?

La relación de nuestros padres fue radicalmente distinta en ese sentido. En el caso del magistrado Carlos Medellín había realmente enormes problemas para precisar si los pocos restos que quedaron eran de él. En el caso de mi padre no fue así, mi padre estaba su cuerpo bastante completo, sus restos permitían una identificación del cadáver, pero además tenía pertenencias que portaba en ese momento que no dejaba duda respecto a su identidad.

¿Cree que la forma como se manejó la situación esos días dificultó el proceso?

El manejo de la escena del delito sirve para hacer un manual muy completo de cómo no se hace una investigación. Lo único que no se podía hacer, ni antes de 1985 ni después, porque es absurdo, era mover los cuerpos del sitio en el que se encuentran, mucho menos desnudarlos y lavarlos, que fue exactamente lo que se hizo por parte de miembros de la Fuerza Pública que entraron al Palacio de Justicia y alteraron totalmente la escena del delito.

¿Había una intención?

Si no había intención, que no lo sé, por lo menos había un clarísimo desconocimiento de cómo se procede en esos casos.

¿Es posible que en esa época se desconocieran esos protocolos?

A mí el tema de criminalística me lo enseñó en la universidad el general Víctor Alberto Delgado Mallarino, que era un hombre con un buen sentido del humor y siempre explicaba el tema de la escena del delito con ejemplos para mostrar cómo no se debían mover los elementos del delito. Él decía, por ejemplo, que no tenía sentido que uno lavara la escena del delito para que el investigador la encontrara toda limpia y aseada. El general Delgado era el Director Nacional de la Policía el 6 y 7 de noviembre cuando se manejó absurdamente la escena del delito y, repito, el Director sabía perfectamente cómo se manejaba una escena del delito porque lo enseñaba en la universidad, a mí me lo enseñó.

¿Usted habló con él antes de la toma sobre las amenazas a la Corte?

El 30 de octubre de 1985 fui a la oficina del general Delgado Mallarino y le transmití la información que yo tenía sobre un atentado que iba a haber contra magistrados de la Corte o contra mi padre, y le pedí por eso que reforzara la vigilancia. El general Delgado Mallarino personalmente, no porque hubiera ordenado un estudio previo, me dijo que no creía en esa información; dijo que la vigilancia con la que contaban la Corte y mi padre eran más que suficientes, y que él me garantizaba que a mi padre no iba a pasar nada. A los 7 días mi padre estaba muerto; y a los tres días de haber hablado nosotros la vigilancia del Palacio, que estaba a cargo de la Policía, fue retirada.

Ellos aseguraron que fue por solicitud de su padre. Pero usted ha dicho que él no estaba en la ciudad...

Hay dos oficiales, en ese momento coroneles, que declararon bajo juramento ante los jueces de instrucción criminal que la orden de retiro de vigilancia la había dado mi padre. Cuando se les preguntó las condiciones y circunstancias en que se había dado esa orden, dijeron que había sido el viernes 30 de octubre de 1985 a mitad de mañana en la oficina del Presidente de la Corte. El problema es que ese día mi padre no estaba en la Corte ni estaba en Bogotá. Estaba en Bucaramanga dictando una conferencia frente a 300 personas que evidentemente acreditaban que no era cierta la reunión en el Palacio de Justicia. Yo formulé una denuncia penal contra esos coroneles; sin embargo la jurisdicción penal militar asumió la investigación y los absolvió.

¿Habló con Delgado Mallarino después?

No me interesó ni me interesa hablar con él. Él fue a la casa a buscarnos, pero yo no lo recibí. Me parece que fueron dos días en los que dijo básicamente mentiras por todo lo que había estado pasando en el Palacio de Justicia. El 7 de noviembre me aseguró en la mañana que mi padre estaba vivo y que había hablado con él, y luego resultó que también era mentira porque mi padre murió el día anterior.

¿Al interior de su familia cómo fueron esos primeros años?

En un hogar en el que una de las personas que lo componen muere, en este caso un padre, siempre genera traumatismo, independientemente de si la persona es el Presidente de la Corte o padre de familia. En el caso nuestro mi madre era una mujer que no trabajaba, era ama de casa. Uno de mis hermanos y yo habíamos terminado estudios, y los otros estaban en proceso de terminarlos. La única persona que realmente mantenía el hogar era mi padre, y todo eso por supuesto genera traumatismos en la vida familiar. Para reacomodarse, para rehacer la vida, hace falta tiempo. Nosotros lo vivimos en familia y lo hemos venido superando.

¿Cómo conservan la presencia del magistrado?

Prácticamente no hay forma de que yo no tenga una conexión diaria con él por esa vía del derecho penal. Escribió sobre muchísimos temas de los que yo me ocupo también, así que el solo hecho de tener artículos, libros, escritos y libros donde él es citado, participar en foros en los que él también participó o fue invitado, es parte de ese recuerdo que se alimenta permanentemente. Además, una parte de la biblioteca que yo tengo en materia penal es la biblioteca que mi padre tenía, otra buena parte, los de criminología, los doné a la Universidad de Salamanca.

¿Hoy, 30 años después, cree que ha habido desidia?

Se ha avanzado, pero claro que ha pasado mucho tiempo. Llevamos 30 años, ha habido comisiones de la verdad, tribunales especiales, procesos penales adelantados por los antiguos jueces de instrucción criminal, por la Fiscalía, procesos internacionales, y yo creo que la suma de todo eso ha permitido que se arroje cada vez más verdad sobre lo que ocurrió esos dos días. Hoy uno no puede uno decir que hay una certeza sobre lo que pasó, siguen quedando algunas vertientes por explorar, sobre alguna de ellas sigue trabajando la administración de justicia y otras creo no se sepan nunca con certeza, pero creo que en los 30 años no ha parado la administración de justicia en su afán por esclarecer los hechos. Lo seguimos viendo hasta estos días y creo que se han conseguido buenos resultados.

¿Existe una respuesta que aún espera?

Oficialmente, claro, hay varias cosas que no tienen una certeza desde el punto de vista jurídico. Por ejemplo la forma cómo murieron muchas de las personas que fallecieron en la toma del Palacio de Justicia. También sigue estando por precisar qué injerencia tuvo el narcotráfico en la toma del Palacio de Justicia.

PAULINA ANGARITA MENESES
SUBEDITORA DE JUSTICIA

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