Nuevo drama: los que hoy no saben si esos eran sus muertos

Nuevo drama: los que hoy no saben si esos eran sus muertos

Amelia Mantilla recibió en 1985 los restos de su esposo, el magistrado Emiro Sandoval.

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30 de octubre 2015 , 10:36 p.m.

En enero de 1985, cuando Emiro Sandoval terminaba en Alemania la beca Von Humboldt que se ganó para hacer un doctorado en derecho, tuvo que tomar una decisión que cambió su vida radicalmente.

Después de vivir dos felices años en Múnich al lado de su esposa Amelia y su pequeña hija Alexandra, le ofrecieron quedarse trabajando como abogado en ese país. A Amelia le gustaba la idea. Estaba contenta con la vida que tenían, los días tranquilos, felices, llenos de paseos, de aprendizajes, de libros. Se imaginaba a Alexandra estudiando en colegios alemanes, y eso la ilusionaba.

Emiro, que a sus 32 años ya era una autoridad en criminología, que a su corta edad ya había escrito tres libros y trabajado como juez penal y profesor de derecho en el Externado, sentía que debía volver al país. “No, Amelia, yo quiero regresar a Colombia porque allá me queda mucho por hacer, el país nos necesita”, le dijo.

Con esos sueños regresaron el 20 de enero de 1985 y por su incansable trabajo logró que en febrero lo nombraran magistrado auxiliar del presidente de la Corte Suprema de Justicia, Alfonso Reyes Echandía, su maestro y su amigo.
Pero Emiro no sabía que en menos de 10 meses lo iban a asesinar. Entre el 6 y 7 de noviembre de ese mismo año se convirtió en una de las más de 100 víctimas del holocausto del Palacio de Justicia.

Hoy, a 30 años de su muerte, las dudas sobre cómo fueron sus últimas horas se multiplicaron. En julio pasado Amelia y Alexandra, que hoy tiene casi la misma edad de la que murió su padre, tuvieron que exhumar los restos que les entregaron en 1985.

El caso de Sandoval es uno de los que está revisando la Fiscalía por las graves irregularidades que se cometieron en la entrega e identificación de al menos decenas de cuerpos de las víctimas del holocausto del Palacio.

Su protocolo de necropsia asegura que aunque a Amelia Mantilla le dieron en una urna los restos de un solo cuerpo que supuestamente era el de su esposo, en realidad se trataba de los despojos de dos personas.

Amelia, que trabajó como presidenta del Consejo Superior de la Judicatura, asegura que prefiere no hablar sobre el avance de la investigación porque respeta la confidencialidad que debería primar en la justicia. Pero de la exhumación, hecho que conoció la opinión pública a través de los medios de comunicación, dice que fue un momento doloroso porque la llevó a revivir un capítulo que ya estaba cerrado. “Es aún más doloroso vivir con la incertidumbre de qué es lo que va a pasar”.

Para lidiar con las dudas se necesita casi la misma fuerza que tuvo Amelia el día del holocausto. Ese 6 de noviembre, a las 11 de la mañana, cuando estaba trabajando en su oficina en la Procuraduría, un compañero de trabajo le contó que había una balacera en la Plaza de Bolívar y que guerrilleros del M-19 se habían tomado el Palacio de Justicia.

“Me paré y pensé en él. Me quedé en la oficina, desde donde se oían los disparos. Todos se fueron a almorzar y a la una de la tarde la secretaria me dijo que me necesitaban al teléfono. Era Emiro, me dijo ‘Negrita, avísale a mi familia que estoy bien’, pero yo lo notaba muy preocupado, su voz no era normal. Le pregunté por el doctor Reyes, me dijo que estaba bien y me dio a entender que estaba cerca. Luego pensé que tal vez ya eran rehenes”.

Ese día Amelia salió de la Procuraduría, pasó por la Plaza de Bolívar y se llenó de angustia al ver que el edificio del Palacio estaba rodeado de tanques de guerra. El centro histórico de Bogotá era un campo de batalla.

Llegó a su casa desconsolada sin tener noticias de Emiro. A su llegada la señora que le ayudaba con los oficios domésticos le contó que su esposo la había llamado a las cuatro de la tarde. Fue la última llamada que hizo el magistrado.

Al día siguiente, escuchando la radio para tener noticias de lo que estaba pasando, recuerda que Yamid Amat anunció que el doctor Reyes Echandía había muerto. “Me llené de lágrimas. Yo sabía que Emiro estaba con él”. Esa misma tarde fue hasta Medicina Legal tratando de encontrar a su esposo pero no tuvo suerte. Decidida a tener respuestas, el 8 de noviembre pudo entrar al Palacio de Justicia, acompañada de Guillermo Ferro. Caminando por pavesas y vidrios rotos, logró llegar hasta la que parecía ser la oficina calcinada donde trabajaba Emiro.

En esas dolorosas horas entre las ruinas, Amelia asegura que vio cómo un uniformado trataba de tirarle un líquido inflamable a lo que quedaba del magistrado Reyes. “Miserables, no contentos con lo que hicieron quieren destruir lo que queda del doctor Reyes”, les gritó para detenerlos.

Por el fuego que se inició cuando el soldado le tiró el líquido a los restos, Mantilla salió corriendo. En su huida tropezó y se hizo una herida en la rodilla que la obligó a salir del Palacio para que en un hospital le pusieran 10 puntos.

A Amelia le entregaron los restos días después en una ceremonia en la Universidad Externado. “Nos dieron los féretros y a cada uno nos decían ‘este es fulano, eso no se puede abrir’. Confiamos en que era cierto. No pensamos que podían jugar con el dolor de las víctimas”.

Por eso su mayor reclamo es saber la verdad. También es el de Alexandra quien hoy, como hija del exmagistrado Sandoval y como abogada que trabaja por los derechos humanos en la Corte Interamericana, dice con toda certeza que en el caso del Palacio ha imperado la impunidad. “Los avances de Justicia, más que al Estado, se los debemos a los familiares de los desaparecidos. Nadie ha sido condenado por quienes murieron ese día, ni por las omisiones de las autoridades para cuidar al Palacio aunque era una toma anunciada. El pacto de silencio entre ellos continúa”, asegura Alexandra.

Dice que no siente rencor, que su madre –la mujer a la que la violencia convirtió en cabeza de familia– le dio todo para que nunca fuera una niña infeliz. Le enseñó a no buscar venganza sino a exigir justicia, aunque esta a veces se demore.

“Mi madre supo dejar el dolor a un lado para sacarme adelante. En todos estos 30 años, ella quiso que yo fuera una persona sin odios”, cuenta Alexandra.

Los mejores años

Amelia recuerda a Emiro como un hombre tímido que prefería los teatros y el cine a las discotecas. Era inteligente, disciplinado y eso la enamoró. Por eso cuando se conocieron en la Universidad Externado, donde estudiaban derecho, no tardó mucho tiempo en saber que era el hombre indicado. Se conocieron en el grupo de criminología, se hicieron amigos, luego novios y un año después, se casaron.

“El vivía en otro mundo. A veces pienso que sabía en el fondo de su alma que su vida no iba a ser muy larga, entonces cada minuto lo aprovechaba para estudiar, leer, preparar sus cosas. A veces consideraba que hacer algo diferente a lo que estoy anotando era una pérdida de tiempo”, dice.

Alexandra, que tenía unos tres años cuando los violentos le arrebataron a su padre, construyó la imagen de Emiro basándose en lo que le contaban sus familiares. Aunque los recuerdos son vagos, su madre se ha esforzado en los últimos 30 años guardando sus objetos personales, libros, fotos, hasta una taza en la que tomaba café que se conserva intacta para mantenerlo presente.

También le cuentan anécdotas inéditas para que pueda conocerlo en todas sus facetas. Era estricto, trabajaba casi todos los domingos, le apasionaba la lectura, y se quedaba en la oficina en horas extra si de sus decisiones, por ejemplo, dependía la libertad de una persona.

Cuando se le metía una idea a la cabeza, no había quién se la sacara. “Una vez que se nos dañó el carro en Alemania y me cuentan que pegó el exosto del carro con un pañal mío para arreglarlo. Estaba convencido de que lo había arreglado hasta que se cayó y el chiste le salió carísimo porque les tocó pagar una grúa”.

Luego, como abogada, conoció de primera mano el valiosísimo legado académico de su padre. “La criminología crítica era una nueva visión en el derecho penal y él era una de las personas más relevantes”, asegura. A Alexandra todavía le sorprende cuando se da cuenta que los escritos de Emiro llegaron a diferentes países del mundo. "En los sitios menos esperados, en México, en Costa Rica, aparecen personas que lo han leído y lo estudian. Con su corta edad hizo mucho. Siempre pienso todo lo que hubiera podido hacer si no hubiera muerto tan joven", dice.

MILENA SARRALDE
JUSTICIA

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