Niños / El horror tiene su cuento

Niños / El horror tiene su cuento

Concluye serie de Halloween con publicación de dos páginas de cuentos de nuevos autores colombianos.

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30 de octubre 2015 , 08:47 p.m.

La casa en la que vivo está situada en un callejón con una larga paredilla blanca en frente. Es un lugar silencioso día y noche. Puede oírse hasta la caída de una hoja de los árboles de mango en las puertas vecinas. Pero en los últimos meses algo ha alterado la calma; en la madrugada, alrededor de las 2 de la mañana, despierto sobresaltado y escucho las risas y susurros de lo que parece ser niños jugando afuera. Quien duerme a mi lado también se despierta por la novedad, y solo me dice:

–No te vayas a asomar, eso son las malas horas.

Entonces me quedo inmóvil con la sábana a la altura del pecho. La última noche sentí que rozaban el cristal de la ventana, oí claramente la voz de uno de ellos decirle a otro:

–Dile, dile que nos abra.

Me he prometido que la próxima vez que los sienta, descorreré la cortina del cuarto y acabaré con todo esto, pero no sé qué sería más aterrador: si darme de frente con ellos o descubrir, quizá, que afuera no hay nada ni nadie. Soy un tipo cobarde. (Lea: El sueño de Mario / El horror tiene su cuento)

El reloj despertador suena a las 9 de la mañana. Esa es la hora en la que despierto a diario. La persona con quien vivo hace unos meses me ha dejado una nota pegada a la puerta del cuarto: “busca a alguien que te ayude a limpiar todo este desorden”. La sala es un caos, en la biblioteca hay algunos libros medio alineados y otros parecen ser vomitados con repugnancia. Un ratoncillo nervioso da saltitos entre ellos, va de un descuadernado tomo del libro de los seres fantásticos de Borges a un adorado ejemplar de mi amado Lovecraft; luego se pierde de mi vista.

–Es hora de trabajar –me digo.

Bueno, si es que darle tecla de vez en cuando a mi viejo computador de mesa se puede llamar trabajo. Ojalá alguna revista o periódico se apiade de mí y me compre algo, no he publicado nada en los últimos dos meses. Un viejo editor me ha pedido un cuento de horror, apenas llevo un par de fragmentos. Pero antes llamaré a mi madre a pedirle que venga y me ayude con este caos.

Ahora sí, a seguir con el relato de horror que me pidió el viejo editor: Un agudo dolor en el estómago sería lo que le haría despertar, para cuando llegó hasta el baño en busca de alguna píldora, ya el sueño se había desvanecido. Poco recordaba de lo soñado, pero asumió por su terror, aún latente, que aquello era un mal presagio. Hizo un par de llamadas: primero a su madre, luego a su mejor amiga, a ninguna de las dos le contó sobre el sueño. Aunque ambas aparecían en aquellas visiones de la noche anterior, no lo recordaba en lo absoluto, pero eran ellas las personas más allegadas, desde la muerte de su padre se había convertido en una mujer de pocos amigos. ¿A quiénes más podría confiarle sus temores? Cuando el hombre que dormía a su lado se despertó, no se le hizo raro encontrarla hablando sola, mucho antes de vivir juntos se había percatado de esta inusual situación. Lo que sí le extrañó fue el hecho de verla desnuda frente a la ventana del cuarto, a una hora en que ya pasaba gente por las calles del vecindario. Antes de que pudiera decir algo, ella cerró las cortinas y le hizo saber que había algo de café caliente en la cocina.

Siempre que hablo de tomar algo en las cosas que escribo me dan ganas de beber de lo que hablo. En esta ocasión es café, porque no tengo más nada en la alacena.

2

–Hijo, esta casa es una pocilga

–Ya sé, mamá.

–No sé de dónde sale tanta porquería, tanto papel. Cada vez que vengo saco bolsadas de papeles, periódicos, revistas.
–Es que vienes cada mil años.

–No seas sarcástico. Sabes que me toca cuidar a tu hermana, con eso de los nervios no puedo dejarla sola mucho tiempo.


–Sí, entiendo.

–¿Y cómo estás? ¿Has dormido bien? ¿Ya se han ido esas pesadillas que tenías?

–Un poco, afortunadamente.

–A este café le falta azúcar.

–Ya te traigo un poco más.

–No me explico de dónde sale tanta basura, y eso que vives solo –comenta mi madre alzando su voz.

–¿Cómo así? No te entiendo. ¿De qué hablas?

–Nada, mejor pásame el azúcar y endulzo esto.

3

Ya son las 7 de la noche. Luego de leer un mail del viejo editor que me da dos días más de plazo para entregarle el relato, apago el computador. Me pego una ducha y me limpio con varios pedacitos de jabón azul. Me pongo a ver televisión. Zapping y más zapping, hasta que en el Film and Arts encuentro un documental sobre la vida de san Ramón Nonato, un santo de origen español quien fue sacado del útero de su madre ya muerta. Al rato me quedo dormido. Despierto sobre las 2 a. m. La TV está apagada, supongo que debió ser él. Me desvisto y me meto entre las sabanas.

El silencio se instala, a veces interrumpido por el cantar de un grillo, el roer del ratón entre los libros o el trotar de los Niños que hoy llegan un poco más temprano. Primero cuchichean algo y después estallan en risas. Parecen estar más inquietos que de costumbre, tocan la puerta y salen corriendo. Luego regresan y se ponen a jugar a las rondas. Los oigo cantar:

–Agua cristalina vamos a jugar, el que queda solo, solo quedará.

Luego siento que todos se acercan hasta la ventana del cuarto.

–Recuerda que solo son las malas horas, no vayas a moverte

–Sí, lo sé –respondo empapado en sudor.

Los Niños siguen pegados a la ventana, pasan sus uñas por el cristal. Saben que estoy despierto.

–Debes salir de ahí –dice uno.

–Sí, debes salir de ahí, rápido. Corres peligro allí dentro –dice el otro.

Entonces todo cobra sentido, los papeles amontonados, las horas lentas, el miedo, las palabras de mi madre esta mañana, pero ya es tarde, sea lo que sea que está a mis espaldas, ya me tiene entre sus manos.

El chico espantapájaros

La ruta que lleva hasta el Valle Inclán está antecedida por una serie de inquietantes lugares: un cementerio de mascotas, un lago en forma de nube, una cabina telefónica en perfecto estado y un cultivo de maíz. Pero por ningún motivo se recomienda a los viajantes detenerse en alguno de ellos. La familia Unida hizo caso omiso a tales advertencias y se detuvieron en cada uno de estos. En el cementerio de mascotas, al no ver a nadie que los asistiera, cavaron una fosa donde depositaron un enorme gato gris. El Hijo, un chico de unos 8 años de edad, puso una cruz de madera que tenía grabado el nombre: Camo. La Hija, de unos 10 años, colocó un ramito de flores de monte junto a la cruz y gimoteó un poco, su hermano le tomo de la mano. Hecho esto, volvieron al auto y kilómetros más adelante pararon en el lago en donde se lavaron los pies. El Padre junto a la Madre bajaron un costal del baúl del auto y lo lanzaron al agua. Los hijos permanecieron en el vehículo jugando, cada uno con un cubo rugby. El Padre y la Madre se abrazaron con fuerza, y regresaron al carro, no miraron atrás. En la cabina telefónica la madre hizo una llamada y eso fue todo. Ya con la noche cayendo, hicieron la última parada, abandonaron el vehículo en la carretera. Cada uno de la familia Unida llevaba una linterna en la mano, y sin decir nada se internaron en el cultivo de maíz.

Luces aullantes

Solo los domingos en el patio de un antiguo caserón de Ciénaga, Magdalena, mi madre pasa la mayor parte del día caminando con dificultad entre las materas regadas por todo el lugar. Zapatico de la virgen, dice señalando con su dedo tembloroso la flor morada con la que en emplastos nos purgaba de niños las lombrices.

Y así va de matera en matera nombrando cada planta: sábila, para que no llegue la ruina; orégano pal dolor de oídos, murmura.

De repente pega un alarido: “Pabloooo, mijo, ven acá, corre…”.

Entonces yo me acerco y le digo que mi padre murió hace más de 5 años, y ella moviendo la cabeza lentamente aprueba lo que le he dicho. No pasa un minuto cuando angustiada llama a la tía Edith para enseñarle un heliotropo, vuelvo y me acerco y le informo que tía murió hace casi dos décadas, que solo ella y yo somos los únicos que quedamos en esta casa.

–¿Y tú quién eres? –Pregunta, mirándome desde sus perdidos ojos azul pálido.
–Yo soy tu hijo, el mayor.
–Yo no tengo hijos. Mi hijo, ese del que hablas, está muerto.

Dicho esto por mi madre, no me queda otra que volver a agazaparme al húmedo rincón del que solo salgo cuando oigo cada mañana de domingo el sonido de sus chancletas al llegar al patio.

Mr. Clowny

Una vieja gloria de la comedia recuerda en el lecho de muerte su llegada a la gran ciudad. Recuerda la noche de su debut en un pequeño teatro de variedades, pero las cosas que vienen a su mente más bien lo aterrorizan: un tren de utilería que se aproxima, los pastelazos volando en el aire, una enorme nariz de payaso. Con ese último ‘flash back’ de la memoria abandona el mundo, con una mueca extraña en su rostro y ante una concurrencia de familiares y antiguos admiradores que estallan en risa como una señal de respeto a su última rutina.

John Harold Better Armella

Poeta, escritor y periodista. Nacido en Barranquilla, en 1978. En ‘Locas de felicidad’, publicada por la editorial La Iguana Ciega, narra sus experiencias en el mundo gay bogotano.

JOHN HAROLD BETTER ARMELLA

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