El sueño de Mario / El horror tiene su cuento

El sueño de Mario / El horror tiene su cuento

Mientras Mario duerme, en su casa dos seres cuchichean y mueven y cargan todo hasta la puerta.

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30 de octubre 2015 , 08:33 p.m.

Cric. Una nube gruesa se estaciona y escupe agua helada sobre mi cabeza. Siempre corro a buscar un escondite, miro a todos lados, salto, atravieso los charcos. En estos sueños nunca aparece un techo salvador, una puerta abierta, un mísero paraguas. Miro alrededor sin encontrar salidas y noto mi cuerpo mojado, la ropa se me transparenta, qué horror, hasta podrán ver las tijeras que llevo en el bolsillo.

Por suerte no hay gente por la calle, todos corrieron a esconderse de la lluvia. Cric. Camino en círculos sin entender por qué este sueño se repite tantas veces, por qué esta angustia me persigue desde niña, casas sin puertas ni ventanas, sola en una calle, encerrada afuera, sin protección alguna salvo las tijeras, cric, qué será ese ruido, nunca había estado en mi sueño, tal vez una nueva angustia, un cric de mi conciencia, un llamado del más allá, para que entre en razón. Cómo es posible que Mario siga dormido sin notar mi angustia. Algunas veces me ha despertado a su manera: sin ternura, me sacude y me dice que no me mueva tanto, que no lo dejo dormir, sin conmoverse, sin invitarme a contarle la pesadilla.

Y siempre al salir del callejón viene lo peor, la vergüenza total: entre las paredes blancas que me encierran distingo una abertura, una salida. Sin dudarlo empiezo a correr hacia ella, más lejos de lo que parece, la alcanzo, abandono para siempre el callejón de las casas sin puertas ni ventanas, y cuando miro al frente son miles, miles las caras con sus ojos puestos, hombres, mujeres, niños, monjas, viejos, jóvenes de todos los colores, de todas las formas, sentados, de pie, de rodillas, protegidos por enormes paraguas, miran lo que no logro tapar con mis manos.

Cric. Ahora sus risas, primero es un niño, luego su mamá, luego sus vecinos por miles, a todo lo largo y ancho, frente a mí, un infinito de bocas abiertas, dientes, lenguas, risotadas, y yo sola, con las tijeras inútiles en mis manos, manoteo una y otra vez pero ninguna cara parece asustarse con mi arma, mis tijeras que se hunden en algo blando, gomoso, vacío de vida, cric, las pierdo, ya no tengo tijeras, adónde se fueron, vuelvo a estar indefensa, blanco de todos, empapada, desnuda, qué horror.

Cuando pienso en regresar al callejón ya no encuentro la entrada, y me espantan sus risas transformadas, sus miles de manos estiradas para alcanzarme, sus miles de ojos cargados de morbo, el círculo se estrecha a mi alrededor, no hay salida, dónde dejé las tijeras, en qué sitio las perdí. Siento las manos atrevidas, grotescas, y para mi pesar ya no es posible el escape, me alcanzan, me tocan, me jalan, me alzan. Mis brazos y piernas resienten los jalones y parecen próximos a descuajarse, la gente manosea espalda, senos, nalgas, barriga, piernas, y grito como si llevara treinta años sin gritar, no es posible, de pronto estoy encima de todos, levito en la nube de manos, recibo la lluvia sobre mi cuerpo abierto en cruz, sobre mi cara sin mancha, sobre mi piel humillada, percibo gritos y carcajadas, y siempre en este punto despierto dando alaridos, cric, cric, junto a Mario que no despierta.


Las sombras del cuarto. Aquieto mi respiración, acomodo la almohada, miro la luz tenue al otro lado de la cortina. Hace frío. Siento sobre mi cuerpo el peso de las cobijas. El pobre Mario debe estar muerto de frío, protegido apenas por la tela de su pijama verde pálido. Me encanta destaparlo. Ya perdí la cuenta de las madrugadas, después de mi pesadilla, en que me he desquitado con él por la manera impasible como duerme, olvidado de mi alma. No sé cuántas gripas le han resultado de mis malos sueños bajo la lluvia. Solitarias venganzas mías. Simulados desquites contra aquello que nunca le perdonaré. Soy la conspiradora que lo deja sin cobijas en las noches más frías, para cobrarle la deuda de la mujer que nunca debió estar en sus brazos. De mala gana le atiendo los mocos, la fiebre, la tos, y experimento con todos los jarabes de la droguería hasta dar con el más amargo, el más horrible, el que mejor te sienta, mi amor, mientras miro con deleite cómo frunce la cara y se lo traga con evidentes ganas de vomitar.

Cric. De nuevo ese ruido molesto. Creí que se trataba de alguna innovación de mi pesadilla, pero el sonido es real, acabo de saberlo, un cric, una vibración metálica, breve, resuena en la casa a oscuras. Cric. Ahí está de nuevo. Cric, cric, cric, se acelera, y CRAC. Esto sí es extraño.

–¡Mario...!
Mi voz es un susurro. Algo ocurre en el primer piso, lo siento, lo sé. No era mi pesadilla. Como tantas veces, lo sacudo sin éxito: no despertará hasta que su exacto reloj biológico le indique las seis, y como un robot se dirigirá al baño, orinará y empezará a alistarse para la oficina. Treinta y tres años igual, sin importar la hora en que se acueste. Los domingos se programa distinto y abre sus ojos a las siete y treinta. Es la única variación que se permite. ¿Será capaz de despertar por un terremoto o un incendio o un avión que elija caer sobre la casa a medianoche? Tantas veces me lo he preguntado. Mario muere cuando duerme. Ni siquiera ha notado mi venganza de las cobijas.
–Mario...

Unos pasos leves, sí, en el primer piso. Alguien forzó la puerta de la calle, o una de las ventanas de la sala, alguien traspasó rejas y alarmas, Dios mío, alguien empieza a abrir cajones y Mario no reacciona. Mi corazón lanza un redoble. Ni siquiera está Vicentico para salir a despertarlo. Mejor así, no desearía exponerlo, por fortuna se ganó la beca, por suerte en Fort Lauderdale nadie se atreve a meterse en las casas de la gente. Qué hago, Dios mío, Mario no despertará ni con una descarga eléctrica.

Con sigilo me acerco a la puerta, la abro lo suficiente para sacar la cabeza y escuchar. Hay alguien, de eso no hay duda, pueden ser incluso dos que cuchichean, que se dan indicaciones, dos seres, uno en la cocina y otro en la sala comedor, sacan la vajilla, la licuadora, los cuadros, cargan todo hasta la puerta o la ventana. Y el imbécil de Mario no despierta, no despertará. No tengo más opción: el celular, los números de emergencia, Dios mío, la voz no me sale pero sale, sí, la dirección, señora, un tono recio, unos gritos al fondo, señora, no se preocupe, no vaya a salir del cuarto, ciérrelo por dentro, ya vamos para allá, cric, otro cric más leve, no puedo creerlo, no en mi casa, Dios mío, treinta y tres años, la edad de Cristo con mi venganza de Mario, los horarios precisos de Mario, las gripas de Mario, mis horas en función de Mario, mi pesadilla, con Vicentico cada vez más grande. A qué hora creció tanto y se fue de casa, nunca podré superar que viva lejos. Treinta años de sus manos frías, de la noche que escoge siempre para tenerme.

En los diarios uno lee lo que pasa en esta ciudad, pero no es posible que ahora ocurra en mi casa. Treinta y tres años indemnes, y qué tal que les dé por subir, qué voy a hacer si Mario no despierta. Me pueden atrapar, Dios mío, como en mi pesadilla, sus manos burdas pueden manosearme, treinta y tres años de soñar lo que me ocurrirá esta noche: van a alzarme en cruz y a poseerme, Dios mío, al lado de Mario dormido. Tendrían que dar las seis en punto para que se diera cuenta. Me poseerán, qué risa, como si yo pudiera importarles, hasta sería otra forma de venganza, que me poseyeran delante suyo, encima suyo incluso, como de la muchedumbre del sueño. Dios mío: las cosas que pienso mientras vacían mi casa.

Por suerte o por desgracia, ahora no lo sé bien, los pasos no suben al segundo piso. Deben saber que estamos solos, Mario y yo, que Vicentico ya no vive con nosotros, y no les importará lo que puedan tener el par de viejos adentro de su cuarto, salvo el odio, el gusto mío por quitarle las cobijas y el suyo por rayarme la espalda cuando tengo pesadillas. Lo vine a descubrir anoche, se descorrieron los velos, para qué disimular, Dios mío, era Mario quien hacía sonar música estridente en lo peor de mi pesadilla, él quien se armaba de cuchillas de afeitar para hacerme pequeños cortes por cuenta de la muchedumbre. Aprendió a detectar el momento preciso para hacer las incisiones, programó su reloj interno, le enseñó a reaccionar a mis ruidos, si ella duerme mal, le diría, despiértame, y una vez consumada sus venganza, después de saciarse, volvería a dormir, a morirse, y sin saberlo me dejaba el campo libre, la ocasión para mi revancha. Anoche descubrió la razón de tantas gripas, de tanto moco, de tanto jarabe asqueroso.

¡La policía! Un auto frena en seco frente a la casa. Se oyen gritos, ya no disimulados, en el primer piso. Escucho pasos fuertes, carreras, gritos. Un forcejeo, un golpe, una voz de alto, Dios mío, se nos metieron a la casa, violaron el santuario, qué vamos a hacer ahora, cómo seguir viviendo, Mario, Mario, no despierta, no despertará, ahora recuerdo, no despertará, unos pasos firmes suben las escaleras, una voz tranquilizadora, señora, no se preocupe, ya está todo controlado, pueden salir, ciudadanos como usted son los que valen, señora.

Me ve en la puerta y se acerca con uniforme verde, casco, chaleco y una pistola en la mano. No se preocupe, no alcanzaron a llevarse nada, ya estamos entrando las cosas, necesitamos que usted y su marido bajen a hacer una declaración, una denuncia. Y se queda callado al mirarme la pijama, Dios mío, ¿qué mira? ¿Estaré como en mi sueño, con el camisón transparente? Por reflejo me tapo, me tapo toda, lo que alcanzo con mis manos, y el agente me mira, preocupado, me dice tranquila, ya pasó, no pensé que hubieran subido, ¿se encuentra bien? ¿Y su marido?

Yo no hablo, no puedo hablar, tengo menos voz que hace un rato. El agente pasa por mi lado, entra en el cuarto y ve a Mario dormido en la cama, inmóvil, sin cobijas, el pobre, le dará otra gripa, habrá que buscar otro jarabe más amargo para deleitarme con su impulso de vomitar cuando lo tome. El agente sale de nuevo, me mira aterrado, no dice nada, vuelvo a cubrirme con las manos por reflejo, por puro reflejo, como ante la muchedumbre, y el agente baja las escaleras, mi capitán, mi teniente. No entiendo el alboroto que se forma abajo, unas voces alegan que yo no lo hice, las otras que sí, que ni siquiera subimos, y la marea de voces y de pasos asciende por las escaleras y pasa por mi lado. Miran a Mario, a su quietud, a las tijeras clavadas en su pecho, y yo siento ganas de gritar para salir de esta pesadilla.

Óscar Godoy Barbosa

Ibagué (1961). El próximo 9 de noviembre lanzará su más reciente novela, ‘Once días de noviembre’, que ubica su trama en la semana fatídica de 1985, cuando ocurrió la toma y retoma de Palacio de Justicia y la tragedia de Armero. Profesor universitario de Creación Literaria.

ÓSCAR GODOY BARBOSA

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