Adiós al 'padre' de los músicos del Llano

Adiós al 'padre' de los músicos del Llano

Jorge Schachner formó durante 32 años a decenas jóvenes músicos. Falleció en Bogotá a los 82 años.

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30 de octubre 2015 , 08:26 p.m.

Cargado con 60 instrumentos, entre clarines, trompetas, trombones, tubas, tenores, barítonos, clarinetes y cornos, algunos de ellos empacados en estuches de formas extrañas, llegó hace más de tres décadas el padre Jorge Schachner a Granada, un municipio en el centro del Meta.

Ese cargamento era una novedad para aquel pequeño pueblo agrícola donde la diversión giraba en torno al fútbol y a unos cuantos sitios de rumba establecidos en los alrededores del parque central.

Los instrumentos los compró con su herencia y con ayudas en su natal Baviera (Alemania). Entre los aportantes estaban familiares, amigos y el entonces primer ministro del Estado, Franz Josef Strauss, quien tan pronto conoció que el padre se trasladaba a Colombia donó una tuba, contó este religioso en una autobiografía que decidió publicar en Facebook en noviembre del 2014, cuando su salud empezó a deteriorarse y tal vez porque presentía que sus días como director de la Banda Sinfónica Don Bosco estaban llegando a su fin.

Transcurría el año 1983 cuando el sacerdote, que vivió de niño la Segunda Guerra Mundial –estalló el mismo año en que comenzó a ir a la escuela– empezó a reclutar jóvenes para darles uso a los instrumentos que había embarcado por la aerolínea Lufthansa.

Su estrategia fue llevar 16 clarines al colegio salesiano La Holanda, comunidad religiosa a la que perteneció, y dejarlos en un salón al alcance de todos los estudiantes.

Mientras a los jóvenes se les brotaban los cachetes intentando sacarles algún sonido a esas ‘cornetas’, como las llamaban algunos, así estos fueran algo más parecido a alaridos ensordecedores, el padre Jorge se paseaba observando sigilosamente a quienes mejor lo hacían, e iba seleccionando a sus primeros alumnos.

Del centenar de muchachos que fueron escogidos salieron los primeros músicos sinfónicos formados en Granada y hoy, 32 años después, muchos son miembros de bandas musicales, orquestas, mariachis y directores de sinfónicas.
Así fue como nació lo que en principio llamaron ‘los chupacobres’, que no eran más que jóvenes de entre 14 y 19 años que, en grupos de a tres, se turnaban un instrumento, el cual podían llevar a sus casas, y día por medio se reunían en un salón al lado de la casa cural.

Allí ensayaron, no obstante las piedras que lanzaban algunas personas que no lograban entender que en ese salón se estaba gestando una obra que trascendería varias generaciones.

De ese salón, por el que la luz del día penetraba por los agujeros que iban dejando las piedras, la naciente banda sinfónica se trasladó a una moderna construcción, levantada también con aportes que recibió de Alemania, en lo que era un potrero en las afueras del pueblo y que con sus propias manos desyerbó.

Esta construcción, diseñada con un gran salón con graderías para los ensayos generales y pequeños salones para los individuales, decorados con tela de costal pintada con morichales y carteles con pentagramas básicos, se convirtió en ‘la casa de la música’, como hoy aún la llaman.

Desde muy joven, este salesiano, que murió el lunes pasado en el Hospital Militar de Bogotá, a la edad de 82 años, decidió consagrar su vida a Dios, y con ese fin viajó a Colombia, donde hizo sus estudios de Filosofía y Teología y se ordenó de sacerdote, el 28 de octubre de 1961, en la Catedral Primada de Bogotá.

Ya como ministro de Dios, fue asignado como catequista al colegio León XIII, en La Candelaria, y después al Juan Bosco. Aprovechando su formación musical, este chaparro joven alemán, y miembro de una familia campesina devota de la Virgen María, formó coros en ambas instituciones. Comenzó reclutando a muchachos, algunos un poco ‘desorejados’ –como siempre llamó a quienes no tenían grandes habilidades musicales–, pero que con disciplina se convirtieron en excelentes voces y músicos.

Una gastritis aguda lo hizo regresar a Baviera, en 1970. Allí también formó un coro, y le sumó una banda sinfónica, la misma que doce años después reprodujo en Granada, a donde, por cosas inexplicables, también llegó tras superar una enfermedad. En esa ocasión un intenso dolor en la columna lo postró en una cama, y milagrosamente se recuperó y decidió volver a Colombia, de la que admiraba sus coloridos paisajes.

Pero allí este capellán del Batallón 21 Vargas, y que por años se movilizó en una bicicleta con parrilla trasera, no solo enseñaba música; también, después de visitar el huerto que tenía, de vez en cuando reunía a sus alumnos para explicarles cómo preparar una sencilla ensalada de pepinos cohombros, tomate, sal y aceite de oliva, o incluso algo más elaborado, como una milanesa.

Schachner no fue un religioso que andaba con camándula en mano; él consideraba que la mejor forma de estar en paz con Dios eran el ejemplo, la práctica diaria y asistir a misa los domingos. Seguramente por eso sus clases de religión se podían convertir fácilmente en una cátedra de matemáticas, no obstante que para resolver un problema de cálculo un tablero le podía resultar pequeño; en una sesión de trucos de cocina, o incluso de consejos o historias de su vida.

Este religioso, que siempre conservó el buen humor, incluso mientras estuvo en su lecho de enfermo, fue un ejemplo para miles de jóvenes y para sus actuales alumnos, que, sin esperar nada a cambio, continuaron durante los últimos meses su obra, formando nuevos músicos.

GUILLERMO REINOSO RODRÍGUEZ
Redacción EL TIEMPO

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