'Quiero saber si a quien he llorado estos 30 años sí es mi papá'

'Quiero saber si a quien he llorado estos 30 años sí es mi papá'

Diana Isabel Andrade, hija del magistrado auxiliar Julio Cesar Andrade, pide exhumación de la tumba.

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30 de octubre 2015 , 06:54 p.m.

- Gabi, ¿Ese que viste sí era mi papá?
- Era un carbón (...) Yo vi un pedazo de cédula y de la impresión dije: ¡este es mi papá!

Diana Isabel Andrade tan solo tenía seis años cuando su papá, el magistrado Julio Cesar Andrade, murió en la toma del Palacio de Justicia. Su hermano Gabriel, que tenía 17 en ese entonces, tuvo que asistir a la identificación de esos restos que estaban en una bolsa plástica negra, el 8 de noviembre de 1985. Tres días después Medicina Legal les entregó un cofre metálico sellado con un candado. La consigna era clara: 'no se puede abrir el cofre'. Y hoy, 30 años después, Diana tiene las mismas dudas que asaltan a las familias de todas las víctimas del Palacio, las mismas que ella le formuló ese día a su hermano: “Los restos estuvieron sellados todo el tiempo. Ni mamá ni nosotros nunca tuvimos acceso. No sabemos realmente que metieron ahí”.

Con el cofre en su poder, Diana viajó con Fanny Esther, su mamá, a Barranquilla en una avioneta designada por el entonces presidente Belisario Betancur. “Yo iba sola, mi mamá estaba como dopada, recuerdo mucho a mi abuela dándole una sopa a mi mamá y de un momento a otro, en medio de su trance, mi madre me dijo que quería ver lo que había en el cofre. No sé quién era la persona, pero nos indicó que eso estaba sellado y que nadie lo podía abrir. Así lo enterramos, hasta el día de hoy”.

El magistrado Julio Cesar Andrade estudió en el colegio Carlos Meisel de Barranquilla. Allí, paradójicamente, conoció a uno de los hombres que lo llevarían a la muerte: Andrés Almarales, uno de los jefes del M-19 que asaltaron el Palacio. “Mi papá logró hacer una llamada, habló con mi mamá y le contó que estaba secuestrado", dice Diana desde los Estados Unidos, donde hoy reside.

Andrade recibió en dos oportunidades la distinción como mejor juez del Atlántico, en 1977 y 1978, pero las constantes amenazas contra su vida, producto de su estricto sentido de justicia, lo llevaron a buscar oportunidades laborales en la capital. “El traslado para Bogotá salió en 1984, un año antes de la toma. Mi papá era auxiliar del doctor Dante Luis Fiorillo Porras. Mientras al doctor Dante le practicaban una cirugía en el corazón, mi papá se desempeñó como magistrado auxiliar”. Sin estar en el Palacio, el magistrado Fiorillo Porras se convirtió en otra víctima de la tragedia, porque aunque se suponía que debía tener tranquilidad total se enteró de la toma por televisión y murió a los pocos días.

Ahora, cuando los últimos giros de las investigaciones apuntan a que algunos de los que estaban desaparecidos en todo este tiempo en realidad estuvieron en tumbas que aparecían a nombre de otros de los muertos del Palacio, Diana sigue esperando respuestas. Desde cómo realmente murió su padre hasta la plena confirmación de su identidad.

Después de todos estos años, de la incertidumbre y del sufrimiento de su familia, dice que quiere "poder juntar todas las piezas" y saber si su papá descanda en paz donde su familia lo enterró hace tres décadas. "Pero si no es él, dice, también quiero ayudarle a otra familia a tener la seguridad de que se encontró su ser querido". "Yo quiero cerrar este capítulo como se debe y espero no morir en el intento”, afirma.

CRISTIAN STEVEEN MUÑOZ CASTRO
Especial para EL TIEMPO

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