El dinero en la política

El dinero en la política

Los ríos de dinero para comprar conciencias son un distintivo de las campañas políticas.

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30 de octubre 2015 , 06:40 p.m.

Acaba de pasar un proceso electoral que nos permitió a los colombianos elegir gobernadores, alcaldes, diputados y concejales. En todo el país se vivió eso que eufemísticamente llamamos "fiesta de la democracia", que no es otra cosa que un certamen donde se expresa con el voto el apoyo a quienes someten su nombre al escrutinio público para ser elegidos en cargos de responsabilidad.

Mientras algunos medios de comunicación se ocupan en indagar qué partidos políticos se fortalecieron después del certamen electoral, o qué líderes consiguieron más votos o quiénes no pudieron coronar sus aspiraciones, otros más acuciosos rastrean en las distintas regiones para establecer cómo queda el mapa político después de las elecciones y cuánto gastaron los candidatos para asegurar el triunfo.

El pasado proceso electoral dejó en los colombianos la sensación de que la jornada democrática está condicionada por el dinero. Las elecciones las gana el que más plata mueva. En todos los pueblos de Colombia se presenta el delito de compra de votos. Los políticos recurren a la estrategia de presionar a los ciudadanos para que voten por determinado candidato ofreciéndoles algún beneficio del Estado, como la posibilidad de un empleo o el acceso a un programa de índole social. El elector deposita su voto pensando en qué va a recibir a cambio. Pocas veces lo hace analizando de qué manera el programa de los candidatos contribuye a generar equidad social. Lo que interesa es lo que se recibe, nada más.

Los ríos de dinero para comprar conciencias son un distintivo de las campañas políticas. Este es el problema más delicado de los procesos electorales. Los candidatos saben que con circulante en cantidades se puede torcer la voluntad del elector. “Poderoso caballero es don dinero”, dijo Francisco de Quevedo. Cientos de personas aprovechan el tiempo de elecciones para que el político les ayude a pagar la factura de la luz o del agua. También para que les dé con que comprar la fórmula médica. Esto se convirtió en un aprovechamiento de la necesidad ajena. Eso de darles a las personas dinero para que solucionen sus necesidades es una compra disfrazada del voto. Porque compromete a quien recibe la ayuda a que vote por determinado candidato.

Antes las campañas políticas eran distintas. Había en los ciudadanos eso que llaman mística, creencia en los partidos políticos, seguimiento de los principios doctrinarios, respeto por las ideas. Se llenaba el espíritu con el verbo encendido de los oradores que utilizaban la palabra como viático para conquistar seguidores. No se votaba por la plata. Se hacía por convicción, por compromiso con un partido, por defender unos postulados ideológicos. A Gaitán lo seguían las multitudes porque interpretaba el sentir de un pueblo. A Lleras Restrepo lo veneraban los liberales porque era el artífice de nuestra institucionalidad. A Gilberto Alzate lo aclamaban los conservadores porque en su verbo huracanado se expresaba un hombre con una inteligencia superior.

Hoy todo es distinto. Desapareció el orador fogoso que cautivaba multitudes con su palabra encendida de nacionalismo y apareció el político con maletas cargadas de dinero para comprar conciencias. Desaparecieron los hombres con formación de estadistas para dar paso a mercaderes de la política que buscan los votos, no para contribuir a la construcción de una sociedad mejor, sino para poder llenar sus cuentas apropiándose de los dineros del Estado. Antes llegaban al Congreso los hombres más probos, con mayor solvencia intelectual. Hoy llegan quienes tengan más dinero para comprar sufragios. La política se prostituyó. Después de que muchos congresistas se aliaron con el paramilitarismo para asegurar sus curules mediante la coacción armada, la política dejó de ser una actividad decente.

Este cambio lo ha producido el dinero. Se invierten miles de millones de pesos en las campañas porque se tiene la seguridad de que la inversión se recupera rápido; no con los salarios devengados, que es lo de menos, sino con la corrupción. Un candidato a gobernador se gasta fácilmente mil millones de pesos en su campaña. ¿Los recupera con el sueldo? ¡Jamás! Lo hace a través de la contratación. Antes, en las veredas los líderes comunales le hacían el recibimiento al político con su propio esfuerzo. Hoy es el político el que debe darles todo para que convenzan a su comunidad. Se perdió el romanticismo, el amor por las ideas, las convicciones. Las campañas políticas se convirtieron en una feria donde gana el que más dinero reparta o el que más electrodomésticos rife en una manifestación.


José Miguel Alzate

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