Jaime Jaramillo Uribe

Jaime Jaramillo Uribe

Su obra y sus discípulos fueron indispensables para un país que busca entenderse.

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30 de octubre 2015 , 05:14 p.m.

Hay casualidad en que ahora, cuando Colombia rebusca su identidad con la ayuda imprescindible de su memoria, haya muerto alguien que cumplió en forma sobresaliente con ese deber desde su profesión y magisterio. Jaime Jaramillo fue una de las figuras de un momento notable de inteligencia nacional, en el medio siglo, cuando el país hizo intento, trunco por irresponsabilidad política, de incorporar su conciencia a la modernidad mediante acceso a ciencia social, en el caso suyo el histórico. Parte del propósito de reconstrucción pretérita deberá ocuparse de la frustración de ese progreso, al caer la república liberal, sobrevenir reacción conservadora, provocarse la patológica e inconfesa guerra sucia civil; luego el Frente Nacional, interpretable como amnistía política y amnesia mental, de lo cual apenas se insinúa ahora un despertar doloroso pero conveniente; si el olvido cuesta, la terapia tendrá que recurrir a la generación precursora por la que accedió la nación a la ciencia, sin la que se permanece en idiotez y tercermundismo.

Hubo dos hitos: la Escuela Normal y facultades en la Universidad Nacional donde se formaron sociólogos, historiadores, filósofos, con un aporte decisivo de extranjeros prófugos de la barbarie europea. Jaramillo provino de esa empresa, de la que dejó obra y discípulos, al cabo prueba de seriedad, su escuela corrección a la historiografía solo cronográfica, instrumentalizada por partidismo sectario o como hagiografía individualista liberal, incompleta desde entonces por desconocimiento del factor socioeconómico, en su caso con énfasis en la documentación, sin la que son aventuradas, demagógicas y hasta deshonestas descripción e interpretación. Se produjo así la irrupción de contestación en la universidad pública como escenario natural de la complejidad nacional, y de su conjugación entonces con la tempestad de la posguerra, la inconformidad y rebeldía que aún hierven en campos y calles, el estudiantado un sismógrafo; la rebeldía y hasta el exceso, correspondientes con el idealismo juvenil represado, recibiendo con frecuencia respuesta policiva brutal; otra solución, la discutible preponderancia de lo privado en la educación.

La importancia del trabajo de personas como Jaime Jaramillo no debería necesitar encomio, si no fuera por su reconocimiento escaso pedagógico y público, que denuncia de paso lo que le importa a una sociedad, de compararse el equivalente de alguien como él en otras, o con la devoción estúpida aquí por actividades tal vez llamativas y rentables, incluso dañinas como la hacía tanto procerato inmerecido. Tan explicable como lamentable, aunque tarde o temprano persona o sociedad, si quieren progresar saliendo de males de atraso y barbarie, no tienen mejor recurso que recurrir más a su inteligencia para entender no solo lo que le ha sucedido sino a qué atender para mejorarlo.

Jorge Restrepo

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