Editorial: De concejos y asambleas

Editorial: De concejos y asambleas

Llama la atención el escaso protagonismo de estas corporaciones en tiempos recientes.

29 de octubre 2015 , 08:09 p.m.

Gran parte de la expectativa de los colombianos el domingo pasado después de las cuatro de la tarde recaía sobre quiénes serían los elegidos para gobernar los municipios y departamentos. Y es comprensible: a fin de cuentas, nuestro diseño institucional le da una mayor preponderancia al Ejecutivo que al Legislativo. Y sin tener que entrar en esos terrenos, se puede también esgrimir el simple hecho de que es más fácil seguir una competencia en la que hay un solo ganador, frente a otra en la que son muchos y para establecerlos es necesario conocer de umbrales y cifras repartidoras.

Pero no por eso hay que caer en el error de menospreciar los concejos y las asambleas. Su papel es fundamental en una democracia representativa, pues en dichos foros es posible la deliberación entre quienes representan a los distintos sectores de una sociedad. Son diversos puntos de vista, que buscan consensos que permitan mejores condiciones de vida. Al tiempo, les corresponde ejercer un control político constante y juicioso sobre alcaldes y gobernadores. Y es que, por momentos, se cree erróneamente que en sus manos está definir el rumbo de un ente territorial, ignorando que se trata de una responsabilidad compartida con aquellas corporaciones, un trabajo en equipo.

Paradójicamente, quienes sí tienen muy claro esto son algunos diputados y concejales que, aprovechándose de la apatía ciudadana, hacen de sus curules feudos que utilizan para todo, menos para construir una institucionalidad que beneficie a la gente por medio de la prevalencia del interés general sobre el particular.

Muchos de ellos se instalan allí por varios períodos, dándose incluso el lujo de ‘designar’ herederos, movidos por incentivos bastante lejanos de los que acabamos de mencionar. Quienes encajan en este perfil demuestran también singular maestría en la tarea de convertir el control político del Ejecutivo en un burdo chantaje.

Sea, entonces, la oportunidad para advertir que ciudades que, como Bogotá, tienen por delante complejos retos necesitan de un concejo que piense, como se suele decir, en las próximas generaciones antes que en las próximas elecciones. Si Enrique Peñalosa no puede ser inferior a quienes han confiado en él para darle un nuevo rumbo a la capital, el reto del cabildo no es menor, habida cuenta de su desprestigio, fruto, en buena medida, del infame papel que varios de sus miembros desempeñaron en el saqueo de las finanzas distritales que fue el ‘carrusel’ de la contratación.

Llama la atención, asimismo, el escaso protagonismo de las asambleas departamentales en tiempos recientes. Las razones pueden ser motivo de discusión, pero en lo que sí hay certeza es en que cuentan con las herramientas suficientes para hacerse notar mediante una gestión admirable. Cuánto quisiéramos, en cuatro años, resaltar desde estos mismos renglones el que hayan recobrado la relevancia que hoy se ve diluida.

El primer paso le corresponde a la gente, que debe saber que, antes que las redes sociales, estas corporaciones están ahí para, a través de sus representantes, expresar sus puntos de vista y pasar de la crítica a la acción.

editorial@eltiempo.com

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