Desaparecidos

Desaparecidos

La paz es reconocer, reconocer nomás, reconocer al menos, que el Estado también ha sido infame.

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29 de octubre 2015 , 07:41 p.m.

Qué clase de país obliga a un hombre a quedarse atrapado en noviembre de 1985. Por qué sigue pasando eso acá en Colombia. Para qué. En estos treinta años, que se nos fueron de pronto, de un día para otro, a quienes hemos tenido otra suerte –y estoy de acuerdo: no hay que menospreciar el drama de nadie–, los hijos tuvieron a los nietos, los aparatos fueron volviéndose planos e invisibles, los aguaceros de abril se mudaron para junio y los partidos políticos se volvieron productoras indolentes, pero, pasara lo que pasara de puertas para afuera, el ingeniero René Guarín estuvo día por día por día preguntándole al Estado por la hermana que perdió en el deshonrado Palacio de Justicia –aquella Cristina del Pilar que inspiró una obra de teatro magistral, La siempreviva– hasta que los restos fueron encontrados el martes pasado.

Desde ese martes, el día “más esperado de la vida” que sin embargo lo tomó por sorpresa, René Guarín ha seguido escuchando –según me cuenta– esa frase espeluznante que escuchó en Medicina Legal: “Acá están los restos y acá está el pedazo de la falda escocesa de su hermana, señor Guarín”.

Su vida de 1985 al 2015, “en esta Colombia que en los últimos treinta años ha vivido quizás más de mil palacios de justicias”, fue la búsqueda alucinada e incesante de Cristina: “Claudicar habría sido peor que la muerte”. Guarín tiene esas tres décadas agolpadas en los pulmones: la última vez que se vieron, en el Bambuco de la 17 con 7.ª, para comprar el casete del Grupo Niche en el que suena “te pintó pajaritos en el aire...”; el ring ring del teléfono que nunca dejó de servirle de esperanza; las caminatas por las aceras del centro a ver si alguna cara era su hermana; su entrada a la guerra; su mamá desbaratando en 1995 el cuarto de Cristina, “que era un templo intocable”, y quemando sus cosas de una buena vez, y su padre llorando a la niña de sus ojos, en un rincón de la tipografía, luego de marchar por la plaza de Bolívar su último 6 de noviembre.

“Y ahora encontré lo que pensé que no iba a encontrar jamás”, me dice. Y le dio escalofrío. Y le vino a la mente la familia que fue. Y quiso llorarlo todo, y celebrar su fe en la esperanza, pero con su hermana.

Y para qué todo eso: para entender frente a sus hijos –decide– que vivir es no ser inferior al reto, para ser capaz de pedirle al Estado, su Goliat, que le cuente la verdad “no importa cuán dolorosa sea”.

Los restos de Cristina, que aparecieron junto a los de Lucy Amparo Oviedo y Luz Mary Portela, estaban en la tumba de María Isabel Ferrer. La señora Ferrer ha pasado a ser, ahora, la desaparecida. Y su hija, Sofía Velásquez, se ha estado sintiendo “como si lo del Palacio hubiera sido hoy”, “como si hubiera estado llorando a un muerto que no es de uno”. Y todo porque, como probó la CIDH, ciertos agentes del Estado –y esos cómplices sin tripas que ahora repiten con voz normal “ah, pero no estaba desaparecida, sino solo muerta...”– torturaron, entregaron los restos que quisieron, negaron a muerte. Pregúntenle al señor Eduardo Matson, que sobrevivió por poco: “Llenaron la camioneta de humo para que me asfixiara...”, les dirá.

Nadie está pidiendo venganza. Se está diciendo, simplemente, que en los Llanos hay 2.292 lápidas sin nombres, que la Procuraduría habla de 2.760 personas borradas por las Farc, que la Unidad de Víctimas cuenta 4.500 colombianos desaparecidos por agentes del Estado. Se está diciendo, ahora que en La Habana se ha llegado a un acuerdo para encontrar a los padres y a los hijos perdidos, que estos treinta años tienen que servirnos para no repetirlos, para darnos la cara por fin.

La paz es reconocer, reconocer nomás, reconocer al menos, que el Estado también ha sido infame.

Ricardo Silva Romero
www.ricardosilvaromero.com

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