Especial de Halloween: las tijeras de la tía Lenis

Especial de Halloween: las tijeras de la tía Lenis

Aunque una bruja verdadera no es igual que una verdadera bruja, a veces se dificulta distinguirlas.

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29 de octubre 2015 , 07:19 p.m.

Todos los días la gente se arregla el cabello, ¿por qué no el corazón?
Proverbio chino

Cuando papá murió, yo tenía poco tiempo de haberme separado. Vivía en un apartamento viejo en Santa Coloma de Gramenet, cerca de donde vivían mi hijo y su madre, y allí me pudría poco a poco de tristeza. La muerte de papá me hundió más en la depresión, pues ni siquiera pude viajar a Colombia a asistir al sepelio. Desde Madrid, un primo mío me invitó a pasar unos días con él. Acepté enseguida.

Antes de viajar, hablé por teléfono con mi media hermana en Venezuela y me dio el número de teléfono de una hermana de mi papá que vivía en Madrid. Nunca había hablado con esa tía ni con los demás hermanos de mi padre, la conocía solo por fotos que mi abuela había enviado alguna vez a Colombia cuando yo era niño. Sabía pocas cosas más, entre ellas que era peluquera y la menor de cuatro hermanos.

En Madrid me entretuve con mi primo y el ambiente festivo del verano. Paseamos por la Plaza del Reloj y las calles comerciales de Huertas. Entramos a algunos bares, conocimos a algunas extranjeras. A veces veía el papel donde tenía anotado el número de mi tía, pero no me decidía a llamarla. Faltando un día para irme, la llamé. En tono amable, me soltó una de las cosas más crueles que me han dicho en mi vida: que yo no existía. Ella sabía que mi padre había estado casado en Venezuela con una española y que había tenido una hija allá, pero “no sabía nada de un matrimonio en Colombia ni mucho menos de unos hijos allá”. Mi tía no validaba mi existencia ni la de mi hermana, y borraba de un tajo los 30 años de matrimonio con mi madre, pero lo expresaba de una forma tan civilizada, tan gentil, que era como si me estuviera haciendo el favor de informarme.

El hecho de que no me reconociera no fue impedimento para restregarme una serie de rencores que había acumulado hacia mi padre durante años; lo hacía con una voz tan natural como el rumor de las tijeras al fondo de la conversación. Al final quedamos en vernos al día siguiente antes de mi regreso. Pero en el transcurso del día y de la noche, me sentí ofendido por su desconocimiento de mi familia y por las recriminaciones hacia mi padre cuando lo único que él merecía en ese momento era su compasión y perdón.

A la mañana siguiente, le mandé un mensaje de texto lleno de indignación haciéndole ver su diplomática inhumanidad. La cosa quedó así. Ella no contestó mi mensaje y yo no volví a llamarla. Pasé la mañana con mi primo; al verme aburrido, se le ocurrió entrar a un museo: el Lázaro Galdiano. Miré los cuadros distraídamente, pensando todavía en las palabras de mi “tía”, hasta que me topé con un cuadro de Goya llamado El Aquelarre. El guía del museo me explicó que la pintura evocaba una de las descripciones recogidas en un auto de fe de la Inquisición. El pasaje en cuestión contaba cómo dos hermanas de Zugarramurdi (precisamente el pueblo natal de mi padre) mataron a sus hijos para ofrecérselos al demonio. En la pintura de Goya se ve a varias mujeres al pie del Macho Cabrío y a media docena de niños, varios de ellos ya chupados, esqueléticos y otros colgados de un palo.

De vuelta en Barcelona, no me podía quitar el cuadro de la cabeza. La tristeza que me envolvía en España me hacía enfocar siempre en cosas tristes: los tejados grises, los gatos abandonados, los patos solitarios en los lagos solitarios, los metales oxidados, el cuadro de Goya. Pocos meses después, no aguanté más la depresión y decidí volver a Colombia. Regresé decepcionado de la idea que me habían inculcado de niño: que España era la Madre Patria cuando en realidad no se aproximaba ni a una tía.

Cuando ya me sentía curado de la depresión, recibí una llamada de la mamá de mi hijo. Me contaba que había recibido la visita de una “tía” mía. Lenis había montado una peluquería en Barcelona y, a través de mi hermana venezolana, había conseguido la dirección y el teléfono de mi exesposa. Comenzó entonces una inesperada relación familiar. Mi “tía” nunca preguntaba por mí, se centraba solamente en el bienestar de su sobrino-nieto. Con el permiso de la madre, lo recogía al colegio y lo llevaba a pasear y a comer helado. Le compraba regalos y le cortaba el pelo. Yo estaba sorprendido, pero no decía nada.

Faltando poco para mi cumpleaños, mi hijo me contó que me había comprado un regalo, pero que “la tía Lenis” (así se refería a ella) lo había hecho desistir de la idea de mandármelo: “Enviar un paquete a Colombia te saldrá más caro que el mismo regalo –le advirtió–. Mejor dáselo a Juan Antonio, que también es como un padre para ti”. Se refería al padrastro de mi hijo. Puse el grito en el cielo y le pedí a mi exesposa que apartara esa mala influencia de Esteban.
–¿Cómo se te ocurre? –protestó Pilar, y agregó uno de sus lugares comunes preferidos:– Familia es familia.

–¿Familia? A esa bruja nunca la he visto en mi vida. Hasta me desconoció cuando la llamé en Madrid. Ni siquiera me creyó cuando le dije que era hijo de su hermano.

–No seas resentido. Seguramente se confundió. Si pensara así, no estaría aquí portándose de maravilla con tu hijo.
–La resentida es ella. Lo único que hizo cuando la llamé fue despotricar contra mi padre sin importarle que acabara de morir. Todo lo que salió de su boca fueron señalamientos y juicios. ¿Tú crees que esa es la forma más apropiada de guardar luto y respeto por un ser querido?

–Todo el mundo tiene derecho a recapacitar. A mí no me parece mala persona. Es una mujer muy amable y educada.
–¡Esa es su máscara! Te está engañando. A mí también me aplicó la misma anestesia.

–¡Bah! Lo cierto es que le enseña muchas cosas a tu hijo y hasta nos ahorra el corte de pelo, y ya sabes lo caro que es cortarse el pelo en este país. Tú no me mandas dinero suficiente y, para rematar, ¿pretendes que gaste más? Estás loco. Ella lo busca al colegio cuando yo no puedo, precisamente por las horas extras que me toca realizar para completar el dinero que tú no me mandas.

Lenis había ganado la batalla por el momento, pero no me iba a rendir tan fácilmente. No sabía exactamente qué se proponía. Seguramente mi hijo era para ella el último retoño de la estirpe, que aún no había sido contaminado por la fiebre americana. En sus planes de purificar la sangre familiar, el padrastro español debía ser una especie de vacuna o una forma de reencauzar los genes extraviados. Fuera lo que fuese, no iba a permitir que una bruja llena de rencores e ideas locas le lavara el cerebro, lo confundiera, lo pusiera en mi contra y lo entregara en bandeja al padrastro.

Había leído en una revista que ahora las brujas se camuflan en lugares donde pueden seguir adquiriendo los ingredientes de sus pócimas: laboratorios de sangre, veterinarias, tanatorios y, por supuesto, peluquerías… ¿O no es la escoba el utensilio más usado en los salones de belleza después de las tijeras?

Empecé a buscar dinero por todas partes para volver a España. Tuve que vender las pocas cosas que tenía y endeudarme con familiares y amigos, pero aun así me faltaba dinero para completar el pasaje y tener una base con qué sostenerme mientras encontraba empleo. Fue entonces cuando apareció de la nada un español de peluquín que afirmó ser un viejo amigo de mi padre (yo nunca lo había visto). “Éramos como hermanos”, llegó a decir. Se enteró por un amigo en común que yo necesitaba dinero para viajar a España y me propuso la misión de llevar una encomienda. La destinataria del paquete era una mujer a quien yo no debía buscar, porque ella sabría cómo encontrarme.

Pasé varios días cavilando si debía aceptar la misión a cambio de la suma de dinero que me ofrecía. Uno de esos días la mamá de mi hijo me contó que Lenis le había propuesto llevarse a Esteban a conocer a Zugarramurdi, aprovechando que había salido de vacaciones de verano. Pilar no encontró ninguna razón para que Esteban no conociera el pueblo de sus antepasados y “Juan Antonio tampoco”. Mi hijo estaba entusiasmado porque su tía le había prometido enseñarle una cueva antigua cercana a la aldea.

Por supuesto, yo sabía que Zugarramurdi tenía fama de ser un pueblo de brujas y que esa cueva era el lugar donde antaño se reunían para realizar sus rituales. Después de mi último viaje a Madrid y de aquella visita al museo Lázaro Galdiano, leí en internet apartes de aquel auto de fe donde se inspiró Goya para el cuadro El Aquelarre. Según las descripciones fechadas en 1610, la Inquisición española procesó a cuarenta mujeres de esta aldea vasca acusadas de brujas y condenó a doce a la hoguera: “Leyéronse en su sentencia cosas tan horribles y espantosas cuales nunca se han visto: y fue tanto lo que hubo que relatar, que ocupó todo el día desde que amaneció hasta que llegó la noche”. La palabra ‘aquelarre’ proviene precisamente de un prado que queda al lado de la cueva y que significa “Campo del Macho Cabrío”. Como era tradición cada año, el 18 de agosto estaba programado la “Zikiro Jatea”, una fiesta donde el plato central es cordero asado, o carne de pelo, como la llaman también, y Pilar tenía planeado asistir con Esteban.

Cuando Pilar me contó los planes de Lenis, volvió a mi mente el cuadro de Goya con los niños ofrecidos por las brujas a la bestia con forma de carnero, algunos ya devorados y esqueléticos.

En pocos días arreglé todo para el viaje. La encomienda estaba diluida en unos productos de belleza, los mismos que venden en las peluquerías.

–No hay manera de detectarla –me aseguró el español del peluquín–. Necesitarían de una bola de cristal.

El agente que me atrapó en el aeropuerto Prat de Lobregat no necesitó una bola de cristal, pero sí una de pelos bien amaestrada. La llevaba de una correa o más bien ella lo llevaba a él. Apenas me vio con la maleta, se me abalanzó como una bestia y me tiró al suelo. Comenzó a gruñirme con su hocico pegado a mi rostro. Yo solo veía una cascada de pelos barriéndome las mejillas y unos colmillos que restallaban en mis pestañas como tijeras.

El juicio fue tan inflexible que por un momento me pareció ejecutado por el Tribunal del Santo Oficio. Me sorprendió cómo había avanzado la civilización, puesto que ahora no condenaban a las brujas sino a los que las combatíamos y ahora parecía ser más peligroso un polvo blanco que todos los menjurjes de ellas.

Me encuentro hoy recluido en la cárcel Obert de Barcelona. Mi tía Lenis me hace la caridad de cortarme el pelo cada mes y de traerme noticias de mi hijo.

Paul Brito

Ganó en España el Concurso Internacional de Cuentos Noble Villa de Portugalete. Es autor de ‘El ideal de Aquiles’, ‘Los intrusos’, Premio Nacional de Libro de Cuentos UIS.

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