El más y el menos de Petro

El más y el menos de Petro

Las más importantes de las promesas incumplidas del alcalde Petro obedecieron a factores ajenos él.

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29 de octubre 2015 , 06:34 p.m.

Menos mal que en esta balumba de críticas adversas con que los enconados enemigos del alcalde Petro quieren pasarle facturas propias y ajenas, vencidas y por vencer, una voz sensata y serena pone las cosas en su punto, como lo hizo la columnista Yolanda Ruiz (‘Petro, ¿ángel o demonio?’ El Espectador, 29/10/2015).

Concluye la veterana columnista que Gustavo Petro no fue tan buen alcalde como creen sus adoradores, ni tan malo como dicen sus detractores. Estamos de acuerdo. La administración capitalina que concluirá el 31 de diciembre próximo tiene, como todo, sus más y sus menos; pero ¿son más los más que los menos o son menos los más que los menos? Así cómo suena de enredada la frase anterior es la visión que se tiene acerca del gobierno progresista de izquierda del alcalde Petro cobijado en la premisa filosófica e ideológica de hacer de la capital de Colombia una “Bogotá Humana”, postulado que sin duda no logró calar en la indiferencia glacial de los bogotanos.

Recuerda Yolanda Ruiz que muchos “vieron a Petro como un enemigo a derrotar desde el comienzo. Por increíble que parezca, y algunos ni lo recordarán, muchas críticas, tanto de sectores gremiales y empresariales como de columnas y editoriales, comenzaron a llegarle antes de que asumiera el cargo”. El que quiera verificar lo afirmado por la columnista puede mirar en las páginas de los periódicos, anteriores al 1.o de enero de 2012, los comentarios y declaraciones que ya catalogaban a Petro como el peor alcalde en la historia de Bogotá. Y ni siquiera se había posesionado. Puede deducirse la imparcialidad con que esos visionarios juzgarían a continuación los actos de la administración Petro. Malo si hace y malo si no hace.

Además, tuvo que sortear Petro una oposición maligna, no la sana y necesaria oposición constructiva que vigila y ayuda a corregir los errores de los gobernantes sino una oposición cuyo propósito único era tumbar al alcalde. Una oposición encabezada por un Procurador General experto en abusar del poder, por el Contralor de la capital, por el Concejo, incluso por los concejales del partido progresista que acabaron volviéndole la espalda al gobierno en respaldo de cuyas ideas y programas habían sido elegidos.

El contralor de Bogotá, don Diego Ardila Medina –uno de los saboteadores más eficaces de la administración Petro– elaboró un cuidadoso informe de “las 30 promesas incumplidas del alcalde Petro”. Claro que el Contralor no analiza en su informe las circunstancias que condujeron a las falencias del Alcalde progresista en el cumplimiento de ‘treinta’ de sus promesas. Algunas de esas promesas incumplidas corresponden a fallas del alcalde, aunque en casi todas se avanzó lo suficiente para dejarle al sucesor la posibilidad de terminarlas sin problema. Ojalá el alcalde Petro se tomara el trabajo de un hacer un balance y mostrarle a la ciudadanía, con absoluta imparcialidad, en qué condiciones recibirá la capital el nuevo alcalde Enrique Peñalosa II.

Las más importantes de las promesas incumplidas del alcalde Petro no fueron su culpa. Obedecieron a factores ajenos a la voluntad del mandatario y más poderosos. Dos de ellos, para no alargarme, el metro (en la iniciación de los cinco primeros kilómetros de la línea uno) y la recuperación del Hospital San Juan de Dios. Contra el metro se conjuraron las tremendas mezquindades que lo han saboteado durante setenta años. Petro alcanza a tener listos los estudios necesarios para hacer la licitación y arrancar con las obras. Sin embargo ¿podíamos permitir que un alcalde de izquierda se diera el lujo de dotar a Bogotá con una obra indispensable que le negaron –y que le siguen y le seguirán negando– las administraciones de derecha? No, eso no podía permitirse. Y no se permitió. La ciudadanía, que con su pasividad es cómplice de los atropellos que se cometen contra ella (porque lo que va contra la ciudad va contra los ciudadanos), no protestó, no exigió, no apoyó los esfuerzos de Petro para hacer realidad la construcción del metro. El jefe de Planeación, S. Gaviria, dice que “el metro es el legado que el presidente Santos quiere dejarle a Bogotá”. Me temo que los bogotanos no conocerán ni disfrutarán de ese legado en este siglo.

El alcalde Petro entendió desde un comienzo que el Hospital San Juan de Dios está en la entraña de la historia bogotana. Que sin ese hospital, el primero que tuvo la ciudad desde la Colonia, se pierde uno de los referentes claves para la identidad bogotana, además de su función natural como generador de salud y centro de investigación científica. El leguleyismo tradicional se las arregló para impedir que la administración progresista le devolviera a Bogotá uno de sus símbolos, destruido por las políticas depredadoras del neoliberalismo.

Culpar a la administración Petro de la cada vez peor situación de movilidad en Bogotá es tan injusto como lo sería achacarle el cambio climático. La movilidad viene empeorando, año por año, desde 1947, y la causa principal es la carencia del metro. Cúlpese, entonces, del desastre de la movilidad en Bogotá a los que, durante setenta años, han hecho sus mejores esfuerzos para evitar que Bogotá tenga metro. No se nos haga raro que dentro de cuatro años, al finalizar la administración Peñalosa II, Bogotá sea una ciudad paralítica. Con avenidas ALO y autopistas elevadas de nueve kilómetros por las que los carros se moverán tan rápido como a cinco kilómetros por hora.

Esperemos, pues, el balance que la administración progresista de Gustavo Petro haga sobre sus más y sus menos, para juzgarla sin apasionamiento, con la debida ecuanimidad.


Enrique Santos Molano

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