Hombres, mis respetos

Hombres, mis respetos

El masculino es un género esclavo de su propia supervaloración, pues se espera mucho de él.

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28 de octubre 2015 , 06:38 p.m.

A veces los compadezco, ancestrales compañeros, por la avalancha de mujeres energúmenas que, borrachas de causa feminista, nos engolosinamos con las oportunidades que encontramos de despotricar contra los abusos del machismo, convirtiendo nuestro válido discurso en una cantaleta extenuante. También es sano abrir un espacio para observar que los hombres tienen un papel difícil en las sociedades y han construido la historia manteniendo con valentía esa pesada responsabilidad de ser los duros del paseo. El miedo a quebrarse, a llorar, a derrumbarse, a demostrar que son sentimentales, es decir, a dejar ver esa parte que los hace bellamente indefensos y humanos, conduce a los comportamientos déspotas y tiránicos, siempre forzados. Mis respetos para ustedes, millones de hombres, soldados arrastrados siglo tras siglo a lejanos campos de batalla para responder con su propio pecho, cuerpo a cuerpo, frente a enemigos imaginarios creados por la obscenidad de los poderes. Cargar con la medalla del héroe y otros símbolos deformados para significar virilidad debe ser insoportable.

No es fácil ser hombre. Es un género esclavo de su propia supervaloración, pues del hombre se espera mucho. Que “cumpla” y triunfe con las mujeres y en su profesión, que sea líder, fuerte, valeroso, y, por favor, ¡que no sea gay! Ni hablar de la presión sobre su funcionamiento sexual. Para bien o mal, tienen entre las piernas “el santo” expuesto y cero compasivo que los delata en los momentos más comprometedores, como un detector de mentiras con vida propia, listo para glorificarlos o traicionarlos. A la par de esa venerada bandera, no solo penden los tamaños, sino el honor, la potencia, el valor y la muestra de que son “hombres de verdad”. ¡Qué enormes expectativas para un inocente pedazo de cuerpo!

No me sorprende que el hombre se canse de tener que ser un berraco a toda hora, y su neurosis se traduzca en maltrato a la mujer, la contraparte que le exige con ardor hacerla sentir segura y protegida. Esta acude a su energía masculina para erguirse, actuar y reclamar sus derechos. Asimismo, el hombre podría ayudarse de su aspecto femenino para saberse vulnerable, pues el no arriesgarse a identificar su temido estado de fragilidad genera esa frustración confusa tan a menudo transformada en cualquier tipo de violencia.

Margarita Rosa de Francisco

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