Premio Gonzalo Jiménez de Quesada para dos grandes que dejaron huella

Premio Gonzalo Jiménez de Quesada para dos grandes que dejaron huella

Por aportes urbanísticos a Bogotá, Germán Samper y la firma Ospinas y Cía. fueron galardonados.

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27 de octubre 2015 , 08:47 p.m.

El hombre de los trazos

Barrios, edificios, museos, urbanizaciones, sitios donde se forjó parte de la historia de Bogotá y escribieron sus vidas generaciones enteras. Eso es lo que décadas después reconocen los ciudadanos, el legado de grandes como el arquitecto Germán Samper. Hoy, de 93 años, sus obras en tierra viven, las mismas que soñó lejanas cuando era solo un estudiante de la Universidad Nacional, de donde se graduó en 1947.

Su genialidad es innata, pero hasta los genios sienten admiración; la de él fue por el arquitecto suizo Le Corbusier. Por eso, un día tomó la decisión de trabajar con él. Había que luchar, y lo logró. Terminó haciendo parte de su oficina y de proyectos tan importantes como el edificio de la Corte de Justicia de Chandigarh (India). Eso hizo hasta 1954.

Pero fue en 1958 cuando se vinculó a Esguerra Sáenz y Samper Ltda., donde fue socio y director del Departamento de Diseño y erigiría parte importante de su legado. Cuarenta años de trabajo arduo dejaron su nombre en obras como la Biblioteca Luis Ángel Arango en 1957, el Museo del Oro en 1963, que lo hizo merecedor del Premio Nacional de Arquitectura; el edificio Avianca en 1968, el Centro de Convenciones de Cartagena en 1979 y el Banco de Occidente de Bogotá en 1984. “Todas esas obras le salieron del corazón. Cómo no compararlo con Gabriel García Marquez o con Fernando Botero. Sus obras las observamos con la calidad que fueron concebidas. Son el patrimonio más sobresaliente de la arquitectura del siglo XX en Bogotá y en Colombia”, dijo Miguel Luna Bisbal, gerente general de Luna Bisbal Arquitectos.

Los viajes siempre lo llenaron de ideas; es famoso por sus croquis de viaje de los que llegaba cargado de bocetos y dibujos que luego utilizaba como una herramienta para la comprensión y el estudio de la arquitectura y la ciudad. Ese fue quizá el mejor legado de su maestro Le Corbusier y lo que lo llevó a consolidar su estilo racionalista, puro y de formas cúbicas. Pero, no obstante su éxito, había algo que lo motivaba más: los problemas de la ciudad latinoamericana contemporánea. Eso lo hizo un estudioso del desarrollo urbano y el espacio público.

Sin duda, el barrio La Fragua fue uno de sus proyectos hecho obra. En 1958 comenzó este trabajo, considerado una de las más importantes experiencias piloto de vivienda social. “Este fue el sueño de una mujer embarazada”, le dijo Samper al arquitecto Alberto Escovar, en un video para Cultura Capital, refiriéndose a su esposa Yolanda Martínez, su compañera de batallas.

Ellos lograron motivar a toda una comunidad para que construyeran sus propias viviendas. “Me acuerdo mucho de un amigo nuestro llamado Ángel María López; fue el líder, llegó primero con siete parientes, a los ocho días eran 21, cuando ya eran 50 yo no sabía qué iba a hacer”, contó Yolanda.

Germán dijo sí a la idea y con ayuda de otros profesionales, institutos y el empeño de la gente lograron edificar los deseos de tener casa propia de varias familias en 96 lotes. “Quité la calle entre las dos manzanas e hice un conjunto. Después vino todo el proceso de desarrollo”, dijo Samper en aquella entrevista.

Las familias comenzaban erigiendo una habitación y luego, cuando el bolsillo lo permitía, podían construir otra parte hasta consolidar una vivienda digna. Este fue el punto de partida de muchos otros proyectos de crecimiento urbano como Carimagua y Ciudadela Colsubsidio, una de las más conocidas de Bogotá.

Publicaciones le sobran, todas con la intención de dejar constancia de su evolución como arquitecto y urbanista. Se destacan los libros Germán Samper: La evolución de la vivienda (2003); La Arquitectura y la ciudad (1986), El recinto urbano (1994); La arquitectura y la ciudad–apuntes de viaje.

Siempre ha trabajado de la mano con su familia, por lo que en 1995 constituyó, con su hija Ximena, la firma G.X. Samper Arquitectos Ltda., con la cual sigue, firme como siempre a la par de otra de sus pasiones, la docencia. Llegó a ser decano, en 1956, de la facultad de Arquitectura de la Universidad de los Andes. De la mano de la academia, siempre ha buscado dar todo sus conocimientos a nuevas generaciones. Eso lo hace feliz.

La ciudad en orden, sueño de Ospinas & Cía S.A.

Decir que una empresa ha dejado grandes aportes a la ciudad en los últimos 80 años ya es mucho decir, pero cuando se hace un recorrido por los barrios, los parques, los centros comerciales y la infraestructura urbana que esta compañía ha dejado se entiende por qué la firma Ospinas y compañía es más que un ícono. Su historia se remonta a los años treinta, cuando se crea la Sociedad Tulio Ospina y Cía. de Medellín, que continuó con los negocios familiares que desde 1918 lideraba Tulio Ospina Vásquez (1857-1921).

La trayectoria de esta familia era amplia en construcción, ladrilleras y obras civiles, por lo que, con los años, serían sus hijos Tulio, Mariano y Francisco Ospina Pérez quienes se harían cargo del emporio empresarial y de su posterior expansión.

El fundador, hijo del expresidente Mariano Ospina Rodríguez, era reconocido como uno de los ingenieros más importantes de Antioquia y su hermano, el también ingeniero Pedro Nel Ospina, fue empresario y presidente de la república en el período 1922-1926. Tres generaciones de esta familia hicieron historia política y empresarial en Colombia. De hecho, marcaron importantes pasos en el devenir del Partido Conservador.

Con el paso de los años fueron Tulio y Mariano quienes tomaron las riendas del negocio, vencieron épocas de crisis y comenzaron a operar en Bogotá con la dirección de los socios Mariano Ospina Pérez (1891-1976) y Lucio Zuleta Ferrer.
Invertir en nuevos proyectos era la meta. A pesar de que las condiciones geográficas y sociales de la capital no eran las mejores, era la sede del aparato de gobierno nacional y sus cercanía con regiones cálidas era una oportunidad de negocio.

Bogotá crecía a pasos agigantados hacia el norte, el occidente y el sur, así como su población que ascendió de 144.000 en 1918 y a 237.000 en 1930.

Los presidentes Olaya Herrera y Alfonso López Pumarejo comenzaron entonces a pensarse a la gran metrópoli, por lo que contrataron al urbanista austriaco Karl Brunner (1889-1960), quien le dio un viraje radical al urbanismo, la arquitectura y la construcción.

Fue este genio quien comenzó a trazarse una ciudad ordenada, de amplias vías y control de suelos, la misma idea que la compañía Tulio Ospina y Cía., de Bogotá, acogió como si fuera suya y, por eso, a partir de 1934, inició en Bogotá grandes proyectos alrededor de la recién inaugurada avenida Caracas.

En asocio con diferentes firmas terminó haciendo parte de la creación de barrios como Teusaquillo, El Nogal, El Retiro, La Magdalena, Quinta Camacho, Los Rosales, La Merced, Palermo, Santa Fe, Alfonso López, Marly, El Recuerdo, Bosque Calderón Tejada, entre otros, mientras el país trataba de superar los coletazos de las crisis mundiales.

“Estos barrios fueron los mejores desarrollos de Bogotá por su aporte al espacio público. Por eso trascendieron en el tiempo”, dijo Camilo Santamaría, arquitecto de Los Andes, quien también recordó la belleza de los jardines del barrio Teusaquillo, magia que, aunque tímidamente, perdura hoy en día, o urbanizaciones como la Santa Fe, abajo de la Caracas, entre calles 22 y 26, hoy sumidas en el abandono, alejadas de la idea original que sus creadores tenían en mente. Esta compañía siempre estuvo orientada a la urbanización privada, y aun así se le atribuye gran parte del crecimiento urbanístico de la ciudad.

No son pocas las obras que le ha dejado a la capital. Una de las más queridas es el Parque Central Bavaria, lleno de espacios públicos aptos para la vida social, o el proyecto San Façon en el centro. “Fue un magnífico esfuerzo para generar vivienda para los estratos medios en el centro de la ciudad”, dijo Santamaría.

Gran parte del norte de Bogotá tiene la huella de esta compañía: El Chicó, Santa Bárbara, Lisboa, Contador, Bosque Medina y Belmira tienen el sello Ospinas, así como estructuras como el Seminario Mayor, el colegio la Enseñanza; estos dos últimos, diseñados por el arquitecto Jose María Montoya Valenzuela. Esta empresa incursionó con grandes centros comerciales que hoy siguen siendo exitosos, como Plaza de las Américas, Centro Mayor, Salitre Plaza, y la lista sigue. “El diez por ciento del área urbanizada en Bogotá ha sido desarrollada por los Opina”, concluyó Santamaría.

EL TIEMPO

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