La verdadera imagen de Natalia Ponce

La verdadera imagen de Natalia Ponce

'Descubrí que soy muy fuerte, nada me tumba', afirma la joven, quien habla de su recuperación.

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27 de octubre 2015 , 06:24 p.m.

Natalia se mira en el espejo, se acomoda el cuello de la camisa, deja que la maquillen y se voltea cuando entro en su cuarto, “¿qué tal?”, me dice. Nos saludamos de beso; primero me acerco con timidez, pero ella estira la cara y me doy cuenta de que no hay problema. Acababa de leer el libro de Martha Soto, El renacimiento de Natalia Ponce de León, y me había quedado claro que las bacterias y los microbios habían sido las últimas amenazas para Natalia y no quería que por un beso social tuviera algún tipo de sobresalto. Me equivocaba, por supuesto. Su recuperación ha sido más que exitosa y tras cinco minutos de charla sentía que era parte de mis amigos más cercanos, que era parte de mi círculo o que yo era parte del suyo.

Sus hermanos, Camilo y Juan Carlos, su mamá, su exnovio Daniel, todas las personas que la quieren la rodean sin descanso y desfilan por su casa varias veces al día. En algún momento estaba en la mesa con Julia, su mamá, y su hermano Camilo, cortando una pizza y hablando de los tiempos en que uno de sus hermanos caía fulminado tras muchos malos tragos y Natalia tenía que llamar a su mamá para que los recogiera. O del muchacho de la calle que, tras intentar atracar a Julia, se convirtió en otro miembro de la familia. O de las tardes de cerveza en Donde Don José, el sitio donde Natalia pasaba horas y horas en sus años de universidad. Es una familia que se sabe reír. La tragedia que han vivido solo los ha unido más. “Yo apenas tenía para darles los pasajes de bus en la semana; ellos se defendían solos. Siempre se han cuidado entre ellos”. Natalia siempre ha sido trabajadora. Ha tenido mil empleos, desde vendedora en un almacén de muebles, hasta bartender, jefe de meseros en un restaurante brasileño en Inglaterra, directora de vestuario de cortos universitarios y gerente de la empresa de ropa de su mamá. Y en todos los lugares donde estuvo dejó muchos amigos y trabajó sin descanso y fue feliz, sin un ápice de amargura, hasta que llegó un tipo del que no sabía hacía trece años y con el que nunca tuvo una relación cercana: Jonathan Vega.

Su relato ha sido contado en varias ocasiones. Vega se obsesionó con Natalia y nadie entiende por qué. El momento más íntimo que tuvo con él fue un día que le pidió compartir un cigarrillo en una fiesta y ella dijo que no. Se sabe que en los años en los que Natalia ni siquiera estaba en el país, hablaba de ella sin descanso. Alguna vez –cuando ambos tenían poco más de veinte años– la acosó con un perro pitbull cuando ella sacó a pasear a su labrador, y su hermano tuvo que buscarlo para que no se metiera más con ella. Fue una sombra. Se sabe que Vega consumía heroína y había llegado a la parte más baja de las drogas: el bazuco. Y el 27 de marzo de 2014 le arrojó un litro de ácido en la cara a Natalia. Su mamá –que tiene un problema en los pulmones y recorre su casa conectada a una máquina de oxígeno– tuvo un preinfarto cuando supo la noticia. Natalia ha tenido que ser operada 18 veces y en una de las operaciones prácticamente estuvo muerta. Se convirtió en un símbolo. Su tragedia es la de más de 900 personas que han sido atacadas con ácido en Colombia en los últimos diez años. Su recuperación ha sido tan impresionante no solo porque ha seguido al pie de la letra el tratamiento (algo que para la mayoría de la víctimas –generalmente personas de bajos recursos– resulta imposible por tiempo y dinero), sino porque sus amigos, sus médicos, sus exnovios, su papá, su mamá, su padrastro, sus hermanos y sus sobrinas no la han dejado sola un solo segundo.

¿Cómo fue el encuentro con sus sobrinas?

Camilo tiene una niña, Lorenza, que ya cumple seis años, y Juan Carlos tiene a Martina, que tiene seis y medio. Se llevan seis meses exactos. Yo vivía en Londres y viajé a conocer a Martina, y Camilo me contó que no iba a tener una, sino dos sobrinas. Fui la primera persona a la que le contó. Cuando volví de Londres, Lorenza tenía nueve meses y me la empezaron a dejar desde muy chiquita, empezó a quedarse en mi casa casi todos los fines de semana. Me enamoré de esa pulga, amo a las dos, pero Lorenza me tiene más confianza, porque ella llega y es dueña de la casa. Yo me la cargaba para arriba y para abajo. En el kínder me decían: “¡Tu hija está divina!”, y yo: “Divina, ¿cierto?”. Después del ataque, Lorenza dijo: “¿Qué pasó con mi tía?”. Por ser tan chiquita primero le dijeron: “Se quemó con una olla, está enfermita en la clínica, se quemó toda la cara, el cuerpo”. A Martina sí le dijeron la verdad desde el comienzo: “A tu tía la quemaron con un ácido”.

¿Qué pasó cuando la vieron?

Yo le pedí a Camilo que la trajera en su cumpleaños. “Ay, Cami, tráeme a Lore, es su cumpleaños, tráigamela”. Estaba calva, roja, ella entró y se quedó mirándome. “Ven, mi amor”, le dije, “soy tu tía”. Ella entró, me abrazó y empezamos a jugar. Es la esencia de los niños. Ella sintió mi corazón y mi alma, no vio el físico, el qué le pasó, el morbo, no. Fue la esencia del amor entre ella y yo, ¡a jugar! Fue un día muy muy feliz.

¿Y qué le dicen?

A ellas les dan curiosidad muchas cosas, por ejemplo, la máscara transparente. Un día Lorenza le dijo a su prima: “Ven, Martina, mira lo que tiene Natis tan extraño en la cara”, y ambas se quedan mirándome y preguntan qué es eso. “Una máscara, mis amores, para que se me aplane la piel, para tenerla como la de ustedes”. Y no solo eso. También me han hecho masajes en todo el cuerpo, un día me embadurnaron con la crema y me volvieron nada. Fue el 31 de diciembre, me estaban masajeando y ellas ahí, supercuriosas. “¿Qué te están haciendo, Natis?”. “Entren”, les dije, ¡terminé embadurnadísima con esa crema! Ellas preguntan ese tipo de cosas. No dicen: “Ay, cómo estás de extraña”.

Pero creo que le pasa a todo el mundo.

Sí, todo el mundo entra muy paniqueado, y cuando me ven, dicen: “Noooo, Natis, ¡estás demasiado bien!”, “Natis no puedo creerlo”. Vienen con el miedo de cómo estará, uno mira muchas fotos y las deformidades por quemaduras con ácidos son terribles, es que he tenido no sé, un ángel, una estrella, porque mi evolución ha sido demasiado…

Buena.

Muy rápido. Mi cuerpo ha reaccionado muy rápido, no me infecté nunca, mi mamá me cuidó muy bien, a mí me sacaron del Simón Bolívar después de un mes y tres semanas, que a la hora de la verdad no es tanto tiempo, pero a mí el cirujano me sacó porque las infecciones… donde a mí me coja una infección..., una infección se lleva a un quemado.

Sus amigos siempre la han rodeado y ellos y su familia se encargaron de hacer visible la tragedia, marchas, redes sociales…

Siento que todo el país me rodeó y que mi caso tocó la vida de muchas personas. He conocido a mucha gente y he sentido el miedo. La gente tiene miedo de salir a la calle. Una muy buena amiga mía vive a cuatro cuadras y nunca viene caminando, le da mucho miedo. Tiene un hijo y prefiere venir en carro. A mí también me da miedo, uno dice ojalá no me pase nada más, pero uno no sabe qué vaya a pasar en esta sociedad, con esta violencia, la falta de educación, el resentimiento de todos con todos.

¿Y le da miedo salir?

Yo soy muy callejera y el encierro me estaba matando. El encierro es algo terrible. No sé quedarme en la casa una semana entera, me vuelvo loca. Empecé a coger una rutina desde el año pasado. Me tocaban terapias todos los días en la Fray Bartolomé y hacía ejercicio una hora, de ahí me iba para otra terapia, me tocaba mantenerme ocupada. Por las pastillas que me tomaba me daba mucho sueño y llegaba y me dormía todas las tardes y me amargaba. Estar todo el día acostado es terrible. Empecé a salir poco a poco. Volví a verme con mi círculo. Mis amigas empezaron a hacer onces para que yo saliera, salía con Daniel [su exnovio], iba a donde sus papás, a su apartamento. Y siempre estuvo Natalia Reyes. Ella es una persona muy muy especial, a ella le tocó mi caso cuando yo llegué al Simón Bolívar, estaba haciendo la residencia, le quedaba una semana y pidió que le extendieran la residencia porque quería quedarse conmigo. Nos volvimos muy amigas. Ella ha sido un ángel para mí. Empezó a hacerme las curaciones en mi casa, me cuadró un spa para que yo me sintiera cómoda. Venía todos los días a verme. La primera vez que salí fue por cuenta de ella. Fuimos a un restaurante suizo delicioso en la 69 con 11, abajito del Carulla; reservó todo el segundo piso para ella, su esposo Augusto –que también ha sido un ángel para mí– y yo. Era la primera vez que salía a comer y la primera vez que me emborraché después de lo que pasó. ¿O no? Fue la segunda. La primera vez me emborraché con mi mamá hablando de todo. Pero ese día me tomé mil vinos con Natalia y ahí me dio la noticia de que estaba embarazada, que iba a ser una niña y que yo iba a ser la madrina.

¿Ya nació?

Nati se enfermó. Tuvo a la bebé en febrero. Nació por cesárea, estuvo en cuidados intensivos, empezó a mejorar, a subir de peso, pero estaba muy mal de los pulmones. Yo estaba recién operada y no podía acompañarlos. Salió de la clínica, estuvo un mes en la casa con ellos, con oxígeno, estaba estable y una noche me llamó Patricia Gutiérrez, la mamá de Natalia, que también ha sido médica de Natalia y es uno de los motores del Hospital Simón Bolívar, y me dio la noticia. La bebé falleció. Fue un golpe terrible. He estado con ellos, como ellos siempre han estado conmigo. Siempre vamos a estar unidos.

Y hace poco estuvo enferma…

En marzo me dio culebrilla, es un herpes zoster durísimo. No sé, tanto estrés, los medios, salir al público, hablar, lo de Natalia, Jonathan, ir a testificar, todas esas cosas se me revolvieron demasiado y se me explotó este herpes que es durísimo. Las personas que lo hemos sufrido sabemos que es la muerte. Empezó como un dolor de cabeza, el Día del Padre, exactamente. Era como una sinusitis, me sentía superenferma y dije: “Dios mío, qué me pasa”, y le dije a mi hermano mayor: “Lléveme al Bosque, me siento súper enferma”. Yo no soy una persona enferma, estoy quemada, pero yo no estoy enferma, porque tengo todo mi organismo bien. Y me empezó a doler la cabeza terrible, terrible, terrible, y duré tres días sin dormir, el dolor más fuerte de mi vida, pensé que tenía un tumor, terminé en urgencias del Simón Bolívar… Ahí es donde uno se da cuenta la verdadera situación de Colombia en cuanto a la salud: hacinamiento, sangre en el piso, gente llorando en las camillas y todo esto en un espacio de uno por uno, un chico al lado mío con sida que lo habían violado, otra mujer llevaba varios días ahí esperando que le dieran una cama. “Dios mío qué es esto, me estoy volviendo loca”. Me hicieron un TAC… “¿Qué está pasando?”. Yo nunca he sufrido de jaqueca en mi vida, le llaman el dolor del suicida, hay gente que se ha suicidado por el dolor. Mi mamá me dijo: “Nos vamos para la Reina Sofía”, pero yo a la Reina Sofía no entro en mi vida, mejor dicho, no vuelvo a pisar la Reina Sofía, la detesto con toda mi alma, mi mamá casi se muere allá, yo casi me muero ahí, mi papá también casi se muere, le dio una septicemia durísima hace mucho tiempo. “Llévame para la Santa Fe como sea”, le dije. Cuando llegamos no me descubrían qué tenía y me entregué. “Hagan lo que quieran”, dije. Yo creo que tengo un tumor, mi mamá me empezó a consentir y me vio las ampollitas en la frente y me dijo: “Eso es un herpes”, y efectivamente tenía un herpes. Me hospitalizaron cinco días, eso me “bajonió” demasiado, tuve una depresión terrible, me fui de la casa, me agarré con mi mamá, me comporté como una loca.

¿Y adónde se fue?

Al apartamento de mi prima que se iba para Viena. “Quédate esta semana en mi apartamento”, me dijo. No comía, no podía pararme a hacer nada, me mandaron muchas drogas, muchas, muchas, cada cuatro horas me tocaba tomarme varias pastillas. Me empecé a sentir muy intoxicada. “¡Dios mío, tengo que empezar a dejar todas estas pastillas…!”. Por suerte, me curé rápido. Hay gente a la que le dura hasta un año, no podía dormir, lloraba, mi papá iba y me cuidaba, se turnaba con mi hermano Camilo, porque mi hermano Juan estaba en Cartagena; Camilo me hacía el desayuno, mi papá iba a almorzar, a la comida iban todos, no me dejaban sola ni un segundo, solo para dormir, pero no podía dormir… Pero llegó un momento en que dije: “Ya no más, ya no me manden más cosas”, después de eso es la muerte, no puede haber más dolor. Ahí descubrí que soy muy fuerte, nada me tumba.

Y al comienzo le dieron antidepresivos…

Estoy en tratamiento psiquiátrico, tomo antidepresivos y los tomaré por un tiempo, estoy estable en este momento, porque para estar echada en una cama llorando... No. Me tomo la pastilla y a dormir.

¿Cuándo fue su momento de depresión más fuerte?

Recién salida del Simón Bolívar. Me destaparon, me vi la cara y casi me muero, dije: “Dios mío, estoy hecha un monstruo, no quiero seguir así, qué sentido tiene la vida”, y luego, para colmo, el herpes me mandó al carajo.

Es claro que su mamá ha sido motor de toda su recuperación, pero también su papá, ¿cómo es la relación con él?

Tengo una muy buena relación, él ha estado pendiente y todo esto fue un golpe muy duro en su vida, en medio de todo descubrimos a mi otro hermano, lo descubrimos cuando me atacaron. Tiene 37 años, es mayor que todos. A Camilo le llegó un mensaje de la mamá de Alejandro, en el que decía: “Mira, yo soy la mamá de Alejandro Ponce de León, es tu hermano”. Yo estaba alucinando, “qué está pasando”, llamé a mi papá y le dije: “Ey, pa, ¿cómo es que tú tienes un hijo y no nos has contado?”. Y mi papá: “Ah, sí, es que no había encontrado el momento”. Y bueno… Mi papá sí tenía una relación con él hace mucho, por fin conocimos a Alejo este año, cuando mi papá cumplió años, el 15 de enero. “Mira Alejo, mi papá cumple años, lo vamos a celebrar todos, nos vemos donde mi papá”, “Oye, papá, vamos todos a conocer a Alejandro”. Y ahí conocimos a Alejo, lo amamos, es nuestro hermano.

Todo esto también le trajo un hermano.

Claro, a Alejo también le dio durísimo, él todo el tiempo quería conocernos y cuando se enteró de que habían atacado a su hermana, a la que no conocía… Desde ese momento ha estado muy cerca.

Entre todas las personas que la han rodeado, hay una bastante particular, Ken Oliver Eichmann.

En el 2009, en marzo, creo, un amigo mío fue a tocar en Londres en una fiesta supergrande y mi amigo estaba ennoviado con la mejor amiga de Ken. Él acababa de llegar de un viaje por Suramérica, fui por una cerveza y él me invitó, él es muy churro, y de una empezamos a hablar, y me contó que venía de Suramérica y qué sé yo. “Estoy enamorado de Colombia, y tú, ¿de dónde eres?”. “Colombiana”. “No puedo creerlo”. Charla toda la noche, y terminamos dándonos besos. Él es banquero, trabaja en banca de inversión, y al otro día se iba para Berlín, estaba ese fin de semana en Londres recogiendo toda su ropa y sus vainas, porque había vivido y estudiado en Londres. Me invitó a salir al otro día y ahí empezó nuestro romance, duré tres años con él.

¿Por qué no se quedó en Londres?, ¿o en Berlín?

Yo regresé a Colombia porque mi hermano tuvo a Martina y vine a conocerla. Cuando volví a Londres no tenía trabajo, me fui más de un mes y en el restaurante en el que trabajaba y me querían tanto, no pudieron guardarme más el puesto. Volví con Ken y empecé a moverme entre Londres y Berlín; estuve con él dos meses en Alemania y viajamos mucho: Egipto, Brasil, Europa. Los años 2009 y 2010 fueron años increíbles. Mi visa de estudiante se iba a vencer y no tenía trabajo. Regresé a Colombia, empecé a hacer todos los papeles para irme otra vez con visa de turista, él vino dos veces a visitarme, paseamos por San Andrés, Santa Marta, pero me negaron la visa. Me dijo: “¿Qué hacemos?”. Él no tenía nada qué hacer acá, y yo no quería volver a Londres sin trabajo, empecé a trabajar con mi mamá en el almacén. El 2010 la pasé superdeprimida, tratamos de hacer todo lo posible por seguir juntos, pero tampoco se quería casar. En el 2011 viajamos juntos a México y finalmente terminamos. No podíamos tener una relación por Skype y por teléfono. Ahí se acabó. Él conoció una chica y se ennovió. Yo empecé a trabajar con mi mamá que cosía uniformes para empresas, ella se enfermó y cogí el negocio. Yo era la que administraba todo, entregas, producción, todo.

¿Qué pasó cuando Ken supo del ataque?

Lo tocó demasiado, se rayó. “¿Cómo le pasó esto a Natalia en Colombia?”. Ha estado superpendiente, incluso ayudó económicamente. Apenas supo me dijo: “Oye, yo me quiero ir ya”. Acababa de salir de la clínica y le dije que creía que no era el momento: “Estoy vuelta mierda, no puedo ni caminar”. Era como si hubiera salido de un campo de concentración nazi, no podía ver porque no tenía párpados, férulas, máscaras, me tocaba dormir con unos conos en los ojos, no podía ver, me tocaba tomar mil vainas para dormir. Yo cumplo el 8 de agosto y vino, y me dijo: “De aquí en adelante voy a estar siempre en tu cumpleaños”, y vino el año pasado, vino este año.

Y Daniel, su novio, el realizador de televisión, ¿por qué terminaron?

Nos conocimos aquí en Colombia por mi mejor amigo, nos presentó cuando éramos muy chiquitos, yo le parecía divina y nos volvimos muy amigos. Empezamos a salir en el 2012, el día de la independencia de México, el 25 de septiembre, me invitó a salir porque habían acabado de rodar una novela y nos ennoviamos. Terminé con él ahorita en febrero de este año, yo lo eché. Él ha estado superfirme conmigo, pero es una situación muy difícil, y tampoco quería agarrarlo mucho, a él le tocó todo eso muy duro, pero yo empecé a pelear, empezamos a pelear, no sé, sufrí y sufría por él, empecé a pelear y a joderlo, y en febrero de este año le dije no más.

Pero él sigue aquí.

Sí, yo estaba sufriendo por todo, por lo que me estaba pasando, tuve que soportar una enfermedad mucho tiempo, lo quería a él en todo momento y él también tenía que hacer su vida; su papá se enfermó, no sé, yo también fui un poco egoísta y le dije: “Lo mejor es que terminemos, esto no va para ningún lado, gracias por haber estado, no me llames, no me escribas, nada”, y se desapareció como tres meses.

Y apareció.

Y apareció, cuando fui a testificar en mayo, él fue a despedirse, y ahí nos volvimos a ver.

No puede quejarse de sus novios.

¡Ja, ja, ja, ja…! Daniel y Ken son increíbles, el año pasado yo era como doña Flor y sus dos maridos, amigos, claro. Ken hoy en día es mi amigo. El año pasado Daniel me estaba haciendo un masaje durísimo, y los masajes son superimportantes para la cicatrización, en ese momento llegó Ken y también ayudó, alguien pasó por el cuarto y dijo: “¡No! ¡Doña Flor y sus dos maridos!”. ¡Se volvieron superamigos!

Hablemos de su fundación, ¿cómo empezó todo?

Mi tío, Alejandro Gutiérrez, que es psicólogo, viajó de Cartagena, donde vive, para verme y hablar conmigo. Yo estaba en cuidados intensivos y era la primera vez que me podía sentar, estirar los pies. Entró y me vio muy echada y dijo: “Tú estás como muy en confianza, ¿no?”. Le dije que era la primera vez que me sentaba en una silla después de mucho tiempo en la cama, comenzamos a hablar, me preguntó que cómo me imaginaba mi vida y le dije: “Superquemada, como un señor que anda por las calles superquemado”. La imagen de él se me venía todo el tiempo. “Yo creo que voy a estar así y no tengo muchas ganas de vivir, pero también siento que necesito salir y ayudar a mucha gente y siento que mucha gente necesita ayuda y voy a dedicar mi vida a ayudar a la gente”. Luego apareció Fanny Santamaría, una amiga de mi mamá que es la gerente de mi fundación, es una mujer muy pila, muy humana, que le había dicho a mi mamá que cuando ella se pensionara y tuviera tiempo, quería montar una fundación. Me escribió una carta y mi mamá me la leyó en cuidados intensivos…

Todo empezó en cuidados intensivos…

Le dije: “Me encanta la idea, me gusta, quiero salir a ayudar, no veo mi vida en otras cosas, me parece terrible lo que me pasó, en el Simón Bolívar conocí muchas historias, todos los cuentos de quemadas con ataques con ácido”… Conocí a otra mujer que habían atacado, entró en mi cuarto y se me empelotó, yo dije, uffff, qué voltaje. Tenía la cara bien, y dije, se logra, se logra, me subió un poquito el ánimo y empecé a hacerme amiga de las enfermeras, me empezaron a decir: “Natis vas a salir a delante, tú eres una mujer muy fuerte, muy chévere, muy inteligente”. Estaba en cirugías lunes, viernes, lunes, viernes, así duré casi todo el tiempo, de cada cirugía salía con unos dolores terribles, cuando me sacaron los injertos de las piernas… queda la piel viva, como cuando te caes de una bicicleta que te raspas, haz de cuenta así por toda la pierna. Estaba ida.

¿Con morfina?

Sí, en la situación en la que estaba, vivía pendiente de la morfina, en qué momento me iban a poner morfina para no sentir más dolor. Fanny se esperó un tiempo a que yo me recuperara y vino a hablar conmigo y le dije: “De una, empecemos”, y hasta el sol de hoy ha estado firme.

Y en ese proceso de la fundación me imagino que ha hablado con muchas personas que han pasado por lo mismo, ¿qué historia la ha marcado?

Una muy fuerte: la de Patricia. Ella trabajaba en la tienda junto al almacén de mi mamá y la atacaron hace veintidós años, la quemaron con ácido, ella con un bebé de una amiga y a la bebé también la quemaron. Cuando me atacaron, ella llamó a mis hermanos y les contó: “A mí me pasó lo mismo que a Natalia. La amante de mi esposo me quemó”. Nunca nos había contado, hizo todo su tratamiento en el Simón Bolívar, en silencio. Ella no lo esconde, pero no se nota, acaso un poquito en la oreja. Yo no sabía que existían ese tipo de torturas en la humanidad, me puse a investigar y cuatro meses después le hice un trabajo al Ministerio del Interior y empecé a descubrir todas las atrocidades de este país, esto ha venido sucediendo por más de una década, desde el 2004 hasta el 2014 hay cerca de 926 casos de ataques con ácido, impunidad completa. No cogen a los tipos y a los que han cogido no han pagado un año de cárcel, siete años es la pena más alta, y tras rebajas, cinco años. Y uno carga esta cruz hasta el día de su muerte. Yo llevo 18 cirugías, y ni idea cuántas me faltan.

En toda esta historia hay un personaje determinante, su cirujano, el doctor Jorge Luis Gaviria. ¿Cómo ha sido su relación?, ¿cuándo tuvieron contacto por primera vez?

En cuidados intensivos yo estuve mucho tiempo sin poder ver, supervendada y con gotas, de pronto me despertaba y apenas veía sombras. Me acuerdo que él entró a cuidados intensivos y me dijo: “Mira, yo soy Jorge Luis Gaviria, yo soy tu cirujano, hemos hecho esto, te vamos a entrar a cirugía y te vamos a hacer esto”. “Cuénteme cómo voy a quedar”, le dije, y me respondió: “Nos falta mucho, es un proceso largo”. Todo el tiempo estaba con Natalia Reyes, Natalia no me desamparaba, ella entraba con el doctor Gaviria a todas mis cirugías, y le cogí amor desde ese momento, oía su voz y era como un alivio. “Mira me está pasando esto, me duele esto…”.

Conoció primero su voz…

Lo pude ver un poquito, que tenía barba y que era como guapo, no superlindo, muy angelical, lo veía cómo… no sé, una sanación a mi cuerpo, a mi alma y a todo, a veces estaba muy ida, él entraba y me saludaba: “Cómo estás, mañana es la cirugía, no puedes comer”. Subía a verme mucho, hoy en día es mi ángel, yo dependo de él, todos mis miedos se los cuento a él. Ya lo regaño por los vendajes, ¡la verdad, no sabe vendar muy bien!, él se ríe y me dice: “Oye, no me critiques”, me hace una curación, y me pone una vaina así de algodón [Natalia hace una bola con las manos] y yo me la arreglo en la casa.

¿Cuál ha sido el momento más feliz con él?

Muchos. Cuando me quitaron los vendajes por primera vez, vinieron los médicos del hospital de quemados de Texas para ver todos los injertos que me puso en la cara, eso fue en Semana Santa del 2014, fue el momento más crítico de mi vida porque me tocó en cuidados intensivos sin comer, sin moverme, no podía hablar, no podía nada, porque si me movía se dañaban los injertos, total quietud. La mayoría de los injertos de mi cara son de mi cabeza, me calvearon mil veces, me sacaron todos los injertos de mi cabeza y me los cosieron en la cara.

Fue una operación dura…

Solo pudieron hacer bien la mitad de mi cara, me fui, me morí, les tocó revivirme, llevaba mucho tiempo de anestesia, siete horas de cirugía y mi cuerpo no resistió, les tocó sacarme injerto de la pierna y ponérmelo acá, en el lado izquierdo de la cara, por eso esta parte me la acabaron de poner en enero, esta parte está muy bien. Yo hubiera logrado en ese momento hacerme toda la cara, esta parte me hubiera quedado superbién también, pero fue mucho tiempo, y clínicamente estuve muerta, me revivieron, y el anestesiólogo dijo, toca ya, toca ya, porque no me podían dejar sin piel, ¿no?, les tocaba ponerme algo, y por eso sacaron el injerto de la pierna. Pasó Semana Santa y me destaparon, era todo un show, porque de todas las quemadas con ácido en Colombia, la mía ha sido una de las más duras. El tipo me echó un litro encima, no una vez, sino dos veces. Me destaparon el cuerpo primero y dijeron que estaba muy bien, y yo: “¡Cuál demasiado bien!, ¡estoy vuelta mierda!, ¡no entiendo que esto sea bien!”. Y ahora la cara, primero me inyectaron morfina, morfina, morfina, mucha morfina para el dolor, y en ese momento vi a una cantidad de médicos encima de mí, todos empezaron a llorar, alucinados, porque él había logrado que no se me notaran los injertos, que qué cuadro tan alucinante, que increíble y yo… jumm… ¡quién sabe cómo estaría…! Pero fue un momento alegre.

¿Cuál es el futuro inmediato de la fundación?

Además de apoyar a las víctimas, nuestro sueño es construir un pabellón de quemados y lo vamos a hacer, un hospital para quemados, nos va a llevar tiempo, pero lo vamos a hacer. Ahora la fundación le está dando toda la asesoría legal y jurídica a las personas que han sido atacadas.

Ahora que ha visto tantos casos, ¿encuentra algún punto en común del porqué de los ataques?

Me pregunté por mucho tiempo por qué a mí, por qué a mí. Yo soy creyente y estuve muy brava con Dios, ¿por qué me escogió a mí?, yo soy cero una mujer mala, ¿por qué ese tipo se obsesionó conmigo? En la investigación que hice, encontré que los victimarios tienen celos, envidias, hay problemas de relaciones familiares, amorosas, la amante, la mujer que se va a casar entonces y el exnovio no se aguantó y la volvió mierda. En mi caso este hombre estaba obsesionado conmigo y yo no tenía ni idea, toda una vida feliz y llega este… a destruir toda una familia.

¿Qué se necesita para salir adelante?

Mucho amor, mucho amor, mucha compañía… Y ayuda siquiátrica, una buena fisioterapia, hay que ser constante y uno no puede decir ni un minuto que está cansada, mamada, dormida... Se necesita buena alimentación, pero sobre todo, el amor, la compañía, más que todo el amor y las buenas energías, siento que me mandaron mucha energía, muchas cartas, muchos mensajes de amor, yo salí del hospital y tenía cartas, bombas, regalos… ¡de todo! Son muchos nombres, muchos mensajes y me siguen llegando.

¿Cuál fue su última gran fiesta?

En mi cumpleaños la saqué del estadio… ¡Setenta personas en el segundo piso del restaurante de un amigo, en Gigi’s, en Usaquén! ¡Estuve feliz!

FERNANDO GÓMEZ ECHEVERRI
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 46 - OCTUBRE 2015

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