Yuri Vargas, la mejor actriz del momento

Yuri Vargas, la mejor actriz del momento

A sus 27 años se da el lujo de estar entres novelas y ya ganó un India Catalina.

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27 de octubre 2015 , 04:05 p.m.

Si ellas están allá, ¿por qué no puedo estar yo?”. La frase no era un reclamo; y aunque se la estaba soltando a su mamá, era más una conversación en voz alta. En la sala de su casa, en el barrio Aranjuez Anillo, de Medellín, cerca de la terminal de buses, Yuri Vargas veía Francisco el matemático y al grupo de jóvenes actrices del seriado sintiendo una extraña convicción de que tenía todo para en algún momento ser protagonista y no espectadora. “Son contactos; no es fácil”, le respondió su madre.

Vea aquí las espectaculares fotos de Yuri Vargas posando para nuestra portada.

– Pero si uno lo sueña desde el corazón, tiene que haber algún camino para llegar.
Y la misma vida se lo mostró. La muchachita que practicaba nado sincronizado (durante siete años), la misma que creció en una comuna de Medellín, muy cerca de la carrilera, que vio cómo muchos de sus conocidos y amigos de infancia caían al abismo de las drogas o por culpa de las balas de una violencia que es pan de todos los días… Esa Yuri de pelo negro azabache y ojos negros y rasgados se lanzó a Bogotá con la loca idea de comenzar a tocar puertas. Hoy tiene un India Catalina a los 27 años y miles de seguidores en sus redes sociales.

“Jum, no, no, no, no… Hoy cuento esa llegada y no me la creen. Vine gracias a una convocatoria que hicieron en Medellín, en un localcito que se llama San Antonio, de la Corporación Juvenil de Antioquia”. Allí, su mamá la había metido para participar en unos reinados y les hicieron pruebas de baile, actuación, canto; proponiéndoles llevarlos a la capital sin compromiso alguno.

“Nos vinimos 25 paisas; después de 10 años, de ese grupo solo quedamos como unos cuatro. El resto se devolvió, cogieron otros rumbos, se casaron…”. Se alojaron en moteles de la Avenida Caracas con 63, en el barrio Chapinero y pagaban unos 15.000 pesos por noche. A los 17 años, con el deleite de la aventura y el total respaldo de sus padres, Yuri no sentía el peso de la ausencia de dinero para tener las tres comidas o el tener que caminar cuadras y cuadras esperando que la atendiera algún productor o le dieran luces de cómo llegar donde esos personajes que podrían abrirle la puerta para hacer algo en TV. “Es un monstruo, eso es Bogotá; pero un monstruo bonito porque me ha colmado de bendiciones y me ha formado como persona y como profesional”.

Comenzar de esa manera y venir de un medio en el que a veces cuesta soñar fue lo que le permitió llegar donde está ahora, cuando es una de las jóvenes actrices con mayor proyección, una de las más cotizadas, de las poquísimas que pueden decir que paralelamente está en tres novelas al aire y con personajes totalmente diferentes: como la muchacha que cayó en las drogas en La vendedora de rosas, coprotagonista de Las hermanitas Calle, y una confundida muchacha de familia popular en Las santísimas. Gustavo Bolívar fue uno de los primeros que les dieron la mano a ella y a varios de sus compañeros, cuando comenzó a actuar en Juego limpio: “Nos dio clases, creyó y apostó. Hoy, cuando nos encontramos, me dice que no se arrepiente porque está viendo el resultado”.

¿Cómo una muchachita de 17 años convence a sus papás de irse a aventurar e incluso trastearse a vivir a un motel?
Mi mamá es mi mejor amiga. Mi familia jamás me ha cortado las alas. Cuando quería ser reina, me lo permitieron, cuando me metí a nado sincronizado, fue igual. Siempre estuve muy ocupada, por eso no tenía la libertad de andar por la calle en la comuna donde crecí, sino que me mantenía del colegio a la natación, de la natación al teatro. Me cuidaron tanto que ni siquiera me contaron que mi mamá tenía problemas de salud mientras yo estaba en Bogotá; de eso me di cuenta hace poco.

¿De dónde son sus papás?

Mi mamá y mi papá fueron criados en Betulia, Antioquia. Son gente de pueblo, ellos saben qué es guerrearla; así que cuando les contaba que vivía en un motel solo me preguntaban extrañados que cómo hacíamos si a los moteles solo entraban parejas.

De verdad, ¿cómo hacían?

Les contaba que yo entraba con un amigo y luego dentro nos cambiábamos, para que los hombres durmieran con los hombres y las mujeres con las mujeres; hasta que un día nos quedamos sin plata y tuvimos que ir para el parque Lourdes, con todas las maletas, los guantecitos de lana y conversando en las bancas tomando tinto hasta que nos agarraba el sueño. Luego, uno de los muchachos se hizo amigo de la administradora de otro motel y volvimos a hacer lo de antes para poder dormir.

Generalmente alrededor de las terminales de buses las cosas no son tan fáciles...

Es muy denso, claro. Se mueven los que lavan los carros, todos estos grupos de milicia, de convivir, que son chicos adorados… Crecí alrededor de todo eso y me parece maravilloso que la vida me lo haya regalado. Cuando bajaba a los rieles, y me saludaban los muchachos, bastantes de los cuales ya no están vivos, me decían ‘¿cómo está la mejor rosa del jardín?’, sin irrespetarme, sino como con admiración hacia mí y mi papá, que siempre ha sido un hombre muy trabajador. Él era el de las marranadas, el que les daba regalos a los niños.

Eso le queda en el alma…

Por eso tengo el proyecto de una fundación. Pienso que los valores son lo más importante, lo que te inculcan tus papás. Por más humilde que seas, tienes que saber de dónde vienes y para dónde vas. Cuando llegué a Bogotá y comenzaron las bendiciones sobre mi vida, seguramente muchos pensaron que me iba a volver lo peor. Gracias a Dios siempre he pensado que lo más importante es la gente, y los que me conocen saben que soy la misma Yuri de siempre.

¿Qué hace la diferencia para que alguien de un medio en el que las condiciones pueden ser adversas haya salido mientras que otros no lo lograron?

Creo que es también la luz, el aura, las ganas, la resistencia. No es que vas a intentarlo un año e inmediatamente te van a salir mil novelas y grandes contratos. La vida te lleva paso a paso y hay que recibirla como te la manden, con la coraza para enfrentarla. A veces hay duda, y creo que ese fue uno de los tantos errores que de pronto cometieron muchos de los que se vinieron conmigo, que no creyeron y desistieron. Hay que tener mucha disciplina, ser juiciosos, estudiar. Por ejemplo, ahora me gustaría parar un segundo y estudiar inglés, francés, dedicar tiempo a la Yuri Vargas real.

Y disciplina fue lo que le dio el nado sincronizado…

Sí, y mucha pasión. Nunca fui muy rumbera, justamente porque entrenaba todos los días de 2 a 8 de la noche y los sábados de 5 a 9 de la mañana. Ahora, si me da la gana, salgo, rumbeo y la paso muy bien.

¿Qué tanto sirve haber nacido allá para crear los personajes?

¡Mucho! La vivencia ayuda a que las vísceras se pronuncien y digan ‘¡Quihubo, pues!’. Enrique Carriazo, a quien conocí haciendo Doctor Mata y a que admiro, me ha dicho que gracias a gente como yo se había reivindicado con el medio, que le gustaba mi respeto hacia los compañeros. Eso es muy importante, respetar a los grandes.

Usted pertenece a una nueva generación de actrices que no son las que se caracterizan por ser las mostronas ni las de los 90-60-90 con 1,80 de estatura…

(Risas) Pues bueno, usted lo dice y me lo han dicho mucho. Creo que cada una tiene lo suyo, cada una va por lo que va y con respeto y disciplina se pueden llegar a hacer cosas bien chéveres. Con varias compañeras de mi generación, con las que me he cruzado en diferentes proyectos, ha nacido una amistad, pues nos unen las ganas de trabajar, de dar el corazón. Somos actrices y no divas.

Su hermana, María José, también es actriz. ¿Qué tanto comenzó imitándola?

Claro, creció viéndome y somos muy parecidas; ahora tiene 14 años y cuando nos ponemos gafas oscuras nos confunden. Cuando estábamos grabando Rosario Tijeras la llevaron a visitarme a la locación, tenía 8 años y una productora la vio, me preguntó si la podían llevar a Bogotá para hacerle un casting. Yo decía que ‘Majo’ (como llama a su hermana) no sabía actuar, pero lo hace mejor que muchos juntos. Yo le preparé la prueba y compitió con 10 niñas, para finalmente quedarse con el personaje de Angélica Blandón cuando era niña, en Tres Milagros.

¿Cómo hacen con el colegio de ella?

Eso es lo primordial, no desestabilizarla, ir paso a paso; pero igual que a mí, no puedo cortarle las alas, hay que dejarla vivir su sueño, guiarla y que fluya su talento.

¿Hoy quién es el dueño de su corazón?

Desde que nació María José es de ella, porque es mi vida entera, porque ‘Majo’ me cambió el chip de ser una hija sola y me dio el motor para salir adelante.

¿Y en lo romántico?

Lo tiene Jim Muñoz. Es un hombre con el que he compartido los últimos cinco años, con baches, porque nos dejamos durante un tiempo, y con el que ahora estoy dándome otra oportunidad. Nos esforzamos por tratar de que la relación fluya y ha sido muy positivo. Nos complementamos en el trabajo, es actor y tiene una productora de cine, donde yo lo apoyé en sus primeros proyectos. Uno de sus logros iniciales fue un video de Maluma, Pasarla bien. Allí, yo hice la producción y estuve encargada de toda la logística. Eso me amplió el panorama.

Es fácil creerse el cuento en este medio…

Eso me parece una estupidez; todos somos iguales, todos soñamos y vamos para el mismo camino. A los que se creen el cuento, prefiero dejarlos a un lado. Tú tienes que permitir que la gente lea quién eres verdaderamente para que te valoren.

DIEGO LEÓN GIRALDO

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