Editorial: Ojo con los partidos

Editorial: Ojo con los partidos

El debilitamiento de los partidos políticos desencadena una serie de males que es mejor evitar.

26 de octubre 2015 , 07:55 p.m.

No es aventurado afirmar que Colombia vivió el domingo un adelanto del posconflicto. Y es que la jornada electoral se desarrolló sin mayores alteraciones del orden público, salvo el lamentable y torpe ataque del Eln en Anorí (Antioquia), donde murió un soldado profesional.

Y hay que condenar con toda vehemencia el de este lunes, en Güicán (Boyacá), en que perdieron la vida 12 uniformados.

Así mismo, los comicios ofrecieron una detallada fotografía del escenario político que muy seguramente encontrarán las Farc en caso de que, tras un acuerdo, realmente decidan buscar el poder por la vía de las urnas. No obstante la sorpresiva ausencia de la paz entre los temas que marcaron las distintas contiendas.

El cuadro postelectoral tiene un rasgo sobresaliente: el auge de los movimientos ciudadanos levantados en torno a una figura: Enrique Peñalosa, en Bogotá; Federico Gutiérrez, en Medellín; Maurice Armitage, en Cali; y Rodolfo Hernández, en Bucaramanga, por citar los casos más representativos. Auge que se produce en detrimento de los partidos, que, en no pocas ocasiones, incluidas la que acabamos de referir, han tenido que tocar las puertas de estas nuevas colectividades para formar coaliciones en las que no siempre llevan la voz cantante.

Y aunque sería prematuro expedirles acta de defunción, sí se puede detectar un preocupante círculo vicioso en el que, al constatar una disminución en su acogida, estos se ven en la necesidad de hacer menos estrictos los filtros a la hora de avalar candidatos. Decisiones controvertidas que, a su vez, son tomadas por una minoría al no existir una sólida democracia interna de estas organizaciones. Es así como obtienen reconocimiento aspirantes sobre los que recaen serias sospechas de pertenecer a organizaciones que quieren cooptar el Estado y enriquecerse a costillas del erario, mediante un inescrupuloso manejo de la contratación pública.

Ahora bien, sin descalificar a los movimientos ciudadanos, que son actor válido y de cualquier manera necesario, sí conviene advertir sobre la importancia para un sistema democrático de contar con partidos fuertes, con suficiente deliberación interna, así como mecanismos democráticos para la selección de sus cuadros e instancias de control. Su misión no se puede reducir a expedir avales como estrategia de supervivencia, algo que perfilaría a la democracia colombiana por la indeseada senda del caudillismo.

Una señal tranquilizadora en este sentido es la de que los colombianos castigaron a los radicales de ambos extremos del espectro. Pero, a la vez, inquieta que uno de estos –la izquierda que gobernó a Bogotá durante 12 años– haya salido derrotado tras haber sido inferior al reto de destacarse en el gobierno igual que en la oposición. Otra señal que dejan estas justas, y que enciende una alarma, es la del alto grado de fragilidad del sistema, todavía más vulnerable de lo que todos quisiéramos, a los delitos electorales.

Queda, por último, hacer un llamado para que el Gobierno Nacional y sus pares en cada departamento, municipio, como también en Bogotá, entiendan que el interés general debe en todo momento primar sobre el tejemaneje político, que se hará más intenso conforme se acerque el 2018 y sus elecciones presidenciales.

editorial@eltiempo.com

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