El juicio de la historia

El juicio de la historia

A Tony Blair lo nombraron enviado especial para Oriente Medio, pero fue un completo fracaso.

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26 de octubre 2015 , 05:53 p.m.

“El juicio de la historia”, tan grandilocuente como vacua frase. Así se refiere Tony Blair, quien fuera primer ministro británico y uno de los puntales de George Bush en la guerra de Irak, al juicio que la historia le hará a él y a otros por aquella aventura que no tuvo el respaldo inicial de Naciones Unidas, pese a las presiones y al periplo por América Latina de algún presidente de gobierno buscando el apoyo puntual de algún miembro rotatorio del consejo de seguridad. Blair, el político reconvertido en hombre de negocios propios y para otros, se escuda en que recibieron datos “erróneos” de los servicios de inteligencia como causa determinante de lo que sucedió.

Apelar a la historia y su juicio, más allá de las farsas, es una añagaza que muchos han utilizado, sobre todo, políticos y aprendices de estadistas, como maquillaje idóneo para enmascarar sus acciones y discursos, de este “juicio de la historia” a un “la historia me absolverá” o apelar a alguna divinidad han sido justificaciones tan etéreas como cínicas y soberbias más allá del juicio de los mortales coetáneos. Una ilegalidad, internacional o no, y luego amparada por un órgano supranacional pero consciente de la distorsión de todo el derecho internacional al albur de los intereses particulares acabó legitimando lo que nunca tuvo que suceder. El fracaso ulterior de la invasión con desprecio absoluta a la sociedad y cultura iraquí, el desmantelamiento del régimen, y el avispero recrudecido y sectario entre chiíes y suníes convirtió a Irak en un infierno. Más de setecientos mil muertos, cientos de miles de desplazados y la fractura de un país han acabado inoculando la locura y la barbarie del Estado Islámico. La conexión no es débil, al contrario. Quizás ha sido esto lo más sensato de la entrevista de Blair a la CNN. El resto, buscar justificaciones y culpas ajenas. Lo mismo que se ha hecho en otros lares. Siempre la culpa es ajena como el despropósito, nunca propia ni particular.

Irak fue su gran error político, el principal. Con su salida de la política británica, lo nombraron enviado especial para Oriente Medio. Pero fue un fracaso. Ni pudo ni tal vez quiso estar y dedicarse de lleno a esta tarea, y sí a otras colaterales y más suntuosas.

El 20 de marzo del 2003, a medianoche, empezaron los bombardeos sobre Bagdad. Naciones Unidas acaba de asistir a una de sus más tristes escenografías. Para la historia, un impotente Kofi Annan. Europa se fraccionó y el daño que se infligió a la legalidad internacional ha sido tremendo. La guerra, que se basó en una decidida lucha contra el terror y el terrorismo, en su propia génesis nacía viciada y mancillada por la mentira, la falsedad y la manipulación. Nunca tuvo el respaldo del Consejo de Seguridad y por tanto careció ab initio de toda legalidad y legitimidad internacional. Una guerra que no se detuvo ante nada ni nadie, que no escuchó el clamor de la opinión pública mundial.

La presión, la amenaza y la coerción fueron las piedras angulares de una guerra buscada y deseada por el inquilino de la Casa Blanca, obsesionado desde hacía años con el régimen iraquí, sus recursos y su posición en el tablero de Oriente Medio. Triunfó lo preventivo, el conmigo o contra mí, triunfó la mentira y la muerte de miles de inocentes, los daños colaterales que por desgracia no eufemísticamente provoca quien dispara.

Menos de un mes después, el 9 de abril, las tropas norteamericanas entraron en la capital. Nadie recibió a las tropas como libertadoras. Al contrario, el saqueo y el pillaje camparon a sus anchas. Pronto la potencia ocupante desmilitarizó al país, un país fracturado, tribalizado en clanes y etnias. Donde la religión divide y segrega. Suníes, frente a chiíes reprimidos pero mayoritarios. En el norte los kurdos, que anhelaban su autonomía al tiempo que fueron necesarios para formar gobierno. Pronto la insurgencia, para otros terroristas, haría acto de aparición, amén de una lucha fratricida entre los propios iraquíes con cientos de miles de muertos y casi dos millones de desplazados.

¿Ha valido la pena esta guerra innecesaria? Casi cinco mil muertos norteamericanos. Cientos de muertos de las tropas de otros países, también españolas. Miles y miles de muertos iraquíes. Miles de millones de dólares gastados por mucha riqueza y recursos que encierren las entrañas del país. Obama dio por concluida la fase militar. La fase del combate. Cincuenta mil soldados se quedaron durante años en suelo iraquí. El resto irían al laberinto afgano, donde se libró una guerra de verdad, silenciada, perdida. Pero a Blair, apenas le preocupa el juicio de la historia y sí exige responsabilidad a Occidente, la que él mismo dinamitó hace más de una década aunque se excusa en errores ajenos. Pero, ¿para quién trabajaban y ante quién debían responder y obedecer esos servicios de inteligencia?

Abel Veiga

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