En un solo corazón pueden caber muchos amores

En un solo corazón pueden caber muchos amores

La anarquía relacional rompe con todos los límites y rótulos de vínculos tradicionales de pareja.

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24 de octubre 2015 , 11:32 p.m.

Ni novios ni amigos con derechos ni amantes ni esposos ni nada: los anarcorrelacionales no admiten que su relación con otro se etiquete o se jerarquice. No quieren saber de categorías o fronteras y tampoco que se les rotule como polígamos.

Las personas que simpatizan con la anarquía relacional, esta creciente tendencia, estructuran su vínculo con otros más allá de las convencionales parejas románticas, sexuales o romántico-sexuales.

Al proponer el concepto en el 2006, la activista sueca y productora de videojuegos Andie Nordgren imaginaba una sociedad liberada de relaciones románticas o sexuales mediadas por la exclusividad, al punto de que planteaba que “no existe un número finito de posibilidades de interacción, dentro de una red anarcorrelacional. El núcleo del asunto –insiste Nordgren– consiste en que no importe cómo se conforma la relación”.

Esta idea, que puede interpretarse como un “vale todo sin ataduras ni jerarquías”, va en abierta y radical contravía del modelo monogámico de las relaciones, sobre el cual se estructuraron las sociedades modernas, pese a que ha sido ampliamente cuestionado.

En efecto, Eric Anderson, autor del libro La brecha de la monogamia, manifiesta que la naturaleza no ha formado a los hombres para ser monógamos, un principio que estaría en la base de creencias como la anarquía relacional.

Estudios hechos en comunidades de Estados Unidos e Inglaterra han concluido que entre el 5 y el 7 por ciento de la población tiene más de una pareja (poligamia) y que muchos se han ido deslizando hacia tendencias como el poliamor. Este concepto, que coloquialmente se define como “amor entre muchos”, ha venido abriéndose camino desde los años 20; en esa época empezaron a referenciarse, de manera técnica, las tradiciones de etnias y culturas en las cuales el amor y las relaciones, incluidas las sexuales, sobrepasan el ámbito de la pareja y permean a varias personas.

El poliamor se da en dos vías: la jerárquica y la no jerárquica. La base de la primera modalidad es una pareja principal, que tiene mayor poder; sus integrantes están en libertad de enamorarse y tener relaciones sexuales con otros, pero también tienen el derecho a vetar a cualquier persona que pretenda ingresar a este círculo íntimo. La no jerárquica, por supuesto, no impone vetos, pero tiene un grupo limitado de amantes con los cuales los miembros de la pareja pueden relacionarse.

Aquí radica la diferencia con la anarquía relacional, que sería, según Andie Nordgren, un paso más allá del poliamor, en sus dos formas. Mejor dicho, y para dejarnos de tanta elegancia, quienes se meten en estas honduras tienen que aceptar que todos los que juegan en esa cancha están en libertad de tener relaciones con todas las personas que quieran, sin vetar a nadie, sin límites nominales (amigovios, amantes, amigos con derechos, novios, compañeros) y sin que medien, en esa interacción, el romanticismo, el amor, el sexo… Todo se vale. Pero con matices. No se trata de la promiscuidad porque sí, ni de huir del compromiso, como dice Nordgren en su manifiesto. La idea es diseñar compromisos a medida y no temerle a ir en contra de las normas.

En este tipo de relaciones priman preguntas que a veces se dejan de hacer: cuando me relaciono con alguien, ¿qué tipo de trato espero? ¿Cuáles son mis expectativas amatorias?

Negociaciones

Por escandaloso que les suene a algunos, lo cierto es que el número de anarcorrelacionales crece en todo el mundo e incluso en comunidades conservadoras, movidos por activistas como Lille Skvat, una española residente en Dinamarca, que, a través del blog El bosque en el que vivo, promueve la absoluta libertad relacional.

“Compartir con alguien la cama o la casa –dice Skvat– no significa que esa persona tenga prioridades, derecho a saber o a decidir sobre aspectos que no le conciernen (…), tampoco que se permitan los celos, porque nadie tiene propiedad sobre nadie (…). Esta es una vida en la que las relaciones se ven como lo que surge, de acuerdo a negociaciones, contratos, alineación de expectativas o como se desee llamarlo (…). Lo que puede surgir es completamente diferente con cada persona e independiente de lo que se tiene con las demás”.

La escritora y columnista peruana Gabriela Wiener es otra de las defensoras de esta corriente. En una columna suya, publicada en julio en el diario LaRepublica.pe, ella señala que “si el poliamor pretende romper con el modelo monógamo, la anarquía relacional viene a difuminar un poco más las fronteras, en una zona gris, a desistir de las categorías”.

En un sentido más amplio, Wiener cuestiona por qué dos amigas no pueden tener sexo, por qué no hacerlo con los maridos o las mujeres de los amigos, por qué no enamorar sin estar enamorado y hasta por qué no dormir sin hacerlo. De hecho, Wiener cuenta que actualmente comparte su vida con un hombre (el padre de su hija) y con una mujer que acaba de dar a luz al hijo del marido de la escritora. Todos, bajo un mismo techo ensayando una fórmula que si bien no garantiza la felicidad (ni mucho menos la cordura) trata de alejarse de lo que tradicionalmente se nos ha inculcado.

Manifiesto anarcorrelacional

-Se puede amar a muchas personas y cada relación es única.

-El amor y el respeto están por encima de los derechos.

-Cada relación con otra persona tiene un conjunto básico de valores, que la rige.

-El heterosexismo no debe ser algo que preocupe.

-La espontaneidad debe remplazar a la obligación.

-Imaginemos la anarquía relacional hasta conseguirla.

-La confianza ayuda.

-Cambiemos a través de la comunicación.

-Hay que diseñar cada compromiso a la medida de cada cual.

Un modelo difícil

Ezequiel López Peralta, psicólogo con máster en Sexología, insiste en que esta corriente no es para todo el mundo. “En sociedades en las que predomina el machismo es muy difícil que este modelo se permita, aunque las personas consideren que se trata de una forma avanzada de relacionarse”, dice.

El especialista recuerda que las actuaciones de todas las personas son una proyección de su condición mental, que tiene elementos instintivos, involuntarios (como los sentimientos) y corticales. “En ese orden de ideas, pretender que se pueden racionalizar todas las relaciones, despojándolas de elementos afectivos, que están pegadas al sistema límbico, es bastante difícil, mucho más en una comunidad entera”, señala. López insiste en que, en efecto, hay parejas que si bien están unidas por el afecto, pueden liberar su genitalidad, “y eso es completamente diferente a lo que postulan el poliamor y la anarquía relacional”.

A juzgar por todo lo dicho, cuesta no creer que esta tendencia se parece más a una moda que a una forma evolucionada de relacionarse. Si es así, o no, solo el tiempo lo dirá. ¿Usted se atrevería?

ESTHER BALAC
Para EL TIEMPO

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