'Encontrarse con el archivo de Gabo es iniciar una conversación'

'Encontrarse con el archivo de Gabo es iniciar una conversación'

El personal del Ransom Center explicó los procesos para la conservación y preservación del material.

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24 de octubre 2015 , 07:59 p.m.

En las palabras de bienvenida que dio Stephen Enniss, director del Ransom Center, para recibir a la prensa con el motivo de la apertura del archivo de Gabriel García Márquez, mencionó que cuando la peste de la pérdida de memoria azotó a Macondo, sus habitantes empezaron a poner papelitos en los objetos para recordarlos. Los letreros servían para distinguir cosas de animales y ayudaban a la gente a seguir viviendo.

La alusión a este pasaje de la novela fue una bella metáfora con la que Enniss invitó a los periodistas a ver por dentro el trabajo de los bibliotecarios. ¿En qué consiste el oficio de poner membretes a los objetos, si no es evitar que los olvidemos? Pero la memoria es voluntad y esto la convierte en un arduo oficio. (Lea también: Abren el archivo personal de Gabo en la Universidad de Texas)

Ese fue el tema de la reunión del miércoles pasado: el personal del Ransom Center dio un tour a los periodistas y explicó los procesos para la conservación y la preservación del material, los criterios que se usaron para su catalogación, la manera en que el público tendrá acceso físico a este archivo y en un futuro quizá no muy lejano, también acceso a su versión digital.

Aunque todos somos cómplices de una gran mentira, la repetimos porque es la manera de nombrar y dar límites a lo que no tiene: el legado de García Márquez está en 78 cajas de documentos, 15 cajas de tamaño grande (9,85 metros lineales) y 3 carpetas de gran tamaño. Los documentos incluyen borradores originales de obras publicadas e inéditas. Entre estas últimas está la novela En agosto nos vemos, que tiene cinco versiones, la última ya se la había mandado a su editora en Barcelona, Carmen Balcells, en el 2004. Está también el material de investigación, el más extenso en esta área es el soporte para la escritura de El general en su laberinto, y se incluyen además los libros que García Márquez leyó y que tienen apuntes y anotaciones en los márgenes.

La mayor parte de los papeles son de los años posteriores a la publicación de Cien años de soledad, lo que deja entrever que en ese momento García Márquez se dio cuenta del valor que podían tener sus manuscritos, su correspondencia y hasta sus papeles personales. Según Daniela Lozano, que fue encargada de la catalogación del material, lo pudieron hacer rápido, porque casi todo estaba organizado, ya sea por temas o fechas. Lo que también indica que el material fue cuidadosamente seleccionado. (Vea también: 'Hoy quiero decirle a Gabo que hay buenas noticias': Felipe González)

La novela que más versiones tiene en el archivo es Memoria de mis putas tristes, existen diez versiones y las pruebas de impresión. Hay además, álbumes de fotografías, algunos íntimos y otros con personajes importantes. También están obras de teatro, guiones que no llegaron a filmarse, correspondencia con cineastas, premios, documentos relacionados con la revista Cambio y documentos legales. Muchos de estos papeles muestran su preocupación por la paz en Colombia, por escribir literatura infantil y su correspondencia con personajes importantes, que son huellas de la vitalidad con la que se preocupó del mundo. Entre ellos, está Salman Rushdie, quien dará el discurso inicial en el evento con el que se celebra la apertura del archivo, la próxima semana en la Universidad de Texas.

Una mirada detenida que va más allá de la lista de contenidos nos permite ver en los manuscritos algo de lo que hablan con admiración sus amigos: es la manía de corregir con dos colores, rojo y verde (o azul). Investigadores preocupados por lo que se puede descifrar de la escritura tendrán varias maneras de interpretar el trazo de los colores y las búsquedas de la palabra precisa en cada tachadura. Esto ya es parte del tema con el que terminó el recorrido en el Ransom Center ese día, un diálogo entre académicos de la universidad y los periodistas que querían saber lo que guarda el archivo.

En esa sobria sala de lectura se exhibían manuscritos de El amor en los tiempos del cólera, una carta para Plinio Apuleyo Mendoza en la que García Márquez le confiesa que está cansado de la escritura de ese “mamotreto”, como se refiere a Cien años de soledad, algunas fotos de su infancia y otras con Mercedes, su esposa. Entre las preguntas que circularon estaban las del gran hallazgo, las que buscaban el momento de la sorpresa, la primicia que daría la mención del objeto único, invaluable, el secreto que todos atribuimos a un archivo. Los periodistas no sabían a quién de nosotros abordar primero, dudaban y, a ojo de buen cubero, trataban de saber cuál de nosotros tendría la respuesta que hiciera la mejor nota para su diario. No sabían ellos que también serían narrados, no sospechaban que la académica que respondía buscaba en sus preguntas la complicidad de la sorpresa, de la alegría de juntarse para celebrar la apertura del archivo de un contador de historias. (Lea aquí: La biblioteca personal de Gabo recorrerá las calles de Cartagena)

Algunas preguntas se referían al archivo como al baúl de un antepasado en el que algún objeto antiguo quizá pudiera devolver el sentido del presente. Otras eran más técnicas. Pero pocas fueron las que abordaron el tema del archivo como el de una relación. Encontrarse con el archivo es iniciar una conversación, es un proceso en el que no puede haber un hallazgo individual. Es un diálogo, o quizá, una manera de entrevistar, pero en este caso, la entrevista se lleva a cabo en silencio.

“¿Qué es lo que esperas de este archivo?”, me preguntó un periodista joven. “Tiempo”, le contesté. Me miró desconcertado. Entonces, volví al ejemplo de Macondo y le expliqué que el remedio que usaron los habitantes de Macondo para contrarrestar su falta de memoria dejó de funcionar cuando se olvidaron de leer. Entonces, objetos y papeles dejaron de tener sentido. Ahora, necesitamos tiempo para leer.

Correspondencia excepcional

“(...) no encuentro cómo empezar esta carta, pues en realidad la tuya debía habértela enviado yo hace muchos años, cuando eras un fantasma errante y perseguido por medio mundo, y yo uno más de los incontables lectores ansiosos por tu suerte”. Este fragmento de una misiva de García Márquez a Salman Rushdie es apenas una de las más de 2.000 piezas de correspondencia que tiene la colección, que incluye destinatarios como los entonces presidentes de Estados Unidos Jimmy Carter y Bill Clinton, personajes de la política internacional como Kofi Annan, Fidel Castro, Indira Gandhi, Felipe González, Václav Havel, el rey Juan Carlos I, Henry Kissinger o François Mitterrand; del cine, como Marlon Brando, Francis Ford Coppola, Jane Fonda, Akira Kurosawa, Sean Penn o Ettore Scola; de las letras, como Julio Cortázar, Eduardo Galeano, Carlos Fuentes, Günter Grass, Milan Kundera o Gay Talese; de la música, como Pablo Milanés, Yoko Ono o Joaquín Sabina, así como su madre, sus hermanos y otros 600 nombres e instituciones.

GABRIELA POLIT DUEÑAS*
Para EL TIEMPO
* Profesora de Literatura Latinoamericana de la Universidad de Texas en Austin

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