Visita a la morada final de la memoria de Gabo

Visita a la morada final de la memoria de Gabo

Recorrer el gran archivo de García Márquez es hacer un viaje por las fibras de nuestro único nobel.

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24 de octubre 2015 , 07:59 p.m.

Le decimos Gabo. O Gabito, el nobel. Nuestro nobel. Por alguna razón, los colombianos hablamos de Gabriel García Márquez como si fuera un viejo amigo. Y por eso, enfrentarse a su archivo histórico es un golpe emocional fuerte. Es descubrir una faceta desconocida, sorprendente y fascinante, de la personalidad de un ser querido al que creíamos conocer profundamente.

Para disfrutar de sus memorias tangibles hay que viajar a Austin, al Harry Ransom Center, en la universidad pública de Texas, donde el miércoles pasado se abrió la consulta de su voluminoso archivo. Ahí arrancan las sorpresas.

Cuesta creer que la morada final del legado creativo de Gabo terminase en los Estados Unidos, país con el que no tuvo precisamente las mejores relaciones, por sus posiciones políticas e ideológicas. (Lea también: Abren el archivo personal de Gabo en la Universidad de Texas)

El Harry Ransom Center queda en la zona histórica, política y cultural de la ciudad. En la entrada hay que dejar todo bolso o maletín para poder subir a la zona de lectura e investigación.

Desde 1957, este lugar ofrece el mayor grupo de colecciones artísticas del planeta, al servicio de investigadores y entusiastas de las humanidades. Son comunes, además, las exposiciones, simposios y foros alrededor de los materiales que posee, de apellidos que acumulan leyenda: Joyce, Woolf, Hemingway, Faulkner, Kalho, Shakespeare, Poe o Dalí. Es, sin duda, el lugar en el que cualquier artista de las letras y la plástica quisiera estar.

En el segundo piso, queda la sala de lectura, el lugar en donde sus visitantes solicitan y toman en sus manos alguna de las alucinantes posesiones de este centro de investigación humanística, compuestas por 42 millones de manuscritos, un millón de libros en ediciones únicas y unos cinco millones de fotografías, todos estos originales, cedidos o comprados directamente a los artistas, vivos o muertos, a sus familias o a los coleccionistas.

El silencio y la solemnidad contrastan con la amabilidad y el afán de ayuda del personal del lugar. Para poder acceder a documentos de un archivo histórico hay que cumplir un ritual que dura unos 30 minutos: pasar a una sala en la que se debe ver un video explicativo con las normas de comportamiento y manipulación de los documentos.

Manos limpias, nada de apilar los materiales o usar lapiceros o tinta. Se deben manipular con cuidado los documentos y usar unas almohadillas especiales para posarlos y abrir las páginas. (Vea también: La voz de Gabo en la Biblioteca del Congreso de EE. UU.)

También se hace necesario crear una cuenta como investigador, en uno de los PC habilitados para ello, formulario en el que se debe especificar el objetivo de la solicitud y el destino que tendrá el trabajo que se viene a realizar.

Paso seguido, hay que solicitar formalmente el material. Si usted no sabe qué quiere ver del archivo de Gabo, tranquilo. Podrá entrar a un computador en la sala de lectura, donde tendrá la opción de revisar y elegir, como si estuviera en Amazon.com, con ‘carrito de compras’ y todo, dentro de lo que está disponible.

Los cerca de 12 archivistas, curadores, bibliógrafos y conservadores artísticos que trabajaron en el archivo de García Márquez cuentan que paulatinamente se irán incorporando los documentos para consulta. También, una parte importante será digitalizada y puesta en internet.

Solo el sumario del archivo de García Márquez entregado a la prensa el día de la inauguración, que describe todos los elementos que lo componen, tiene 53 páginas impresas por ambas caras. Hay de todo. (Lea: 'La Patria Grande se la llevó el putas')

Materiales de sus obras literarias, periodísticas, guiones de cine, cartas; fotos, cuidadosamente seleccionadas y tratadas con un proceso que hace más lento su deterioro; casetes de audio y video, documentos personales de viaje y muchas cosas más.

Una foto inédita hasta ahora: Fidel Castro y Gabriel García Márquez comparten un momento relajado, con habanos y licor. / Foto: Archivo Particular.

 

El coronel, por favor

En lo relativo a la sala de lectura, es posible solicitar documentos de texto y fotos principalmente, que es una de las cuatro series en las que el Ransom organizó el archivo del escritor, y que se denomina ‘Actividades literarias’.

Está subdividida en obras largas, breves, cine y teatro. Allí reposan borradores, pruebas de impresión y documentos originales de las novelas, cuentos, ensayos, crónicas, prólogos, guiones, libretos, en fin, todo lo que compuso el universo garciamarquiano entre 1948 y el 2009. También hay correspondencia, claramente organizada por fechas y nombres.

La emoción y la solemnidad del ambiente nublan la capacidad de pensar con calma. Esa sensación de haber esperado con ansias un momento, para encontrar que no se pudo reaccionar cuando llegó.

El guía recomienda un paquete de documentos. Luego de unos 10 minutos de espera y una seña sutil, ubican al frente de usted, sobre una mesa, una caja de cartón gris, no muy gruesa, construida en un material carente de químicos nocivos para la conservación de los papeles que contiene. Adentro, ordenados por fechas, escritas en lápiz sobre las pestañas, hay fólderes color hueso, también de un papel especial. Solo se puede tomar uno, sentarse en una mesa, y, al terminar, ir por otro.

Son cartas. A Mitterrand. A sus amigos en Barcelona. A su esposa. Unas, a su hijo. Y comienzan a brotar las escenas mentales para imaginarse a un Gabo desconocido. Uno que tiene miedo porque duda de su obra y, por ende, de su futuro económico. Que se angustia por el dinero. De posiciones ideológicas radicales, tanto como para no asistir a una reunión de homenaje convocada por un jefe de Estado, por la simple posibilidad de que hagan presencia personalidades con las que no comulga en lo político.

Bien sea en cartas de ocho o más páginas, o en los pocos renglones que caben en una postal, la prosa de Gabo es fiel: frondosa, generosa, pícara, sagaz y, sobre todo, divertida. (También: Jardín de la Casa de América en Madrid lleva el nombre de Gabo)

Los apodos y groserías de cariño con los que se refiere a sus amigos, el sarcasmo con que se burla de sus malas horas o las de otros. Todo un vaivén de emociones. Como él mismo. Como su vida.

En la segunda caja que llega, seleccionada con más calma, aparecen las hojas mecanografiadas de lo que es una versión final de El coronel no tiene quién le escriba. Casi transparentes por el paso del tiempo. Con las marcas del óxido de los ganchos que las agruparon. Con números de página puestos en la parte superior, que se nota que fueron hechos con un lápiz recién tajado.

Esa conjunción de enfrentarse a las versiones previas de algunas de sus más grandes obras, a sus tachones y correcciones a mano, meticulosas y precisas; o esas íntimas cartas con las que demostraba con devoción su amistad suprema, en realidad es un descubrimiento tan sobrecogedor que fácilmente puede llevar a las lágrimas.

Agrada la solemnidad con la que el Ransom Center trata el material, con el interés de que sea consultado por todo aquel que quiera, y a la vez como lo que es: la memoria de uno de los artistas latinoamericanos de mayor talla, que le pertenece al mundo entero.

El 21 de octubre de 1982, se anunció que Gabriel García Márquez había ganado el Premio Nobel de literatura. En el discurso que leyó al recibirlo, 7 semanas después, afirmó: “Un día como el de hoy, mi maestro William Faulkner dijo en este lugar: ‘Me niego a admitir el fin del hombre’ ”. Para Gabo, la mente literaria nunca muere. Por eso, exactamente 33 años después (el 21 de octubre pasado), el Ransom Center se ha encargado de cumplir su deseo. Su memoria artística, literaria y personal reposará justo al lado de la de su maestro, tal y como ambos lo creían. Para toda la eternidad.

JOSÉ CARLOS GARCÍA
Editor de Tecnósfera
Austin (Estados Unidos).

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