Por amor al arte: así se creó el Teatro La Montaña en Bogotá

Por amor al arte: así se creó el Teatro La Montaña en Bogotá

Ligia Cortés y Roberto Nieto crearon, hace 26 años, el Centro Integral de Artes Teatridanza.

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23 de octubre 2015 , 08:25 p.m.

La cotidianidad del barrio San Isidro, en las estribaciones de una montaña entre Bogotá y La Calera, se trastocó hace más de dos décadas con el arribo de Ligia Cortés y Roberto Antonio Nieto. Esposos con apariencia de gitanos, llegaron caminando sin prisa, agarrados de la mano, para ofrecerle su amistad a quien lo necesitara: un viejo solitario, un niño apesadumbrado, un hombre bucólico o una madre cabeza de hogar.

En 1991 decidieron unir sus vidas. Dos años atrás se conocieron en el teatro Luis Enrique Osorio, donde ensayaban el montaje de una obra. Se enamoraron de inmediato y comenzaron una historia de amor que, 26 años después, permanece intacta. Y desde entonces, la montaña de San Isidro se convirtió en su hogar.

Una de las razones que los motivó a quedarse en este lugar, además del carácter humilde de sus gentes, fue la necesidad de ofrecer un espacio de diversión y formación artística para los niños del barrio, desprovistos entonces de planes culturales para sobrellevar el tedio del fin de semana. Por eso, todos los sábados a las tres de la tarde, Roberto y Ligia le abren las puertas del Teatro de la Montaña a un centenar de chicos, que sin pagar un solo peso, disfrutan de espectáculos teatrales, obras de títeres y cine infantil.

El teatro nació hace poco más de ocho años, cuando Ligia y Roberto, de manera improvisada, comenzaron a presentar obras de títeres en un potrero. Con el pasar de los años, y por razones que Ligia atribuye a “milagros del universo”, el terreno baldío se convirtió en el Centro Integral de Artes Teatridanza (Ciat), un escenario cultural construido de manera comunitaria por los familiares y vecinos de esta pareja.

En sus comienzos parecía una bodega. Fue gracias a la convocatoria de la Ley de Espectáculo Público que recibieron recursos de la Secretaría de Cultura, Recreación y Deporte para adecuarlo. Así adquirieron la luces tipo led con reflectores Fresnel, Leko y Elipsoidal que reemplazaron por los viejos tarros de leche en polvo provistos de bombillas; compraron micrófonos, consolas de audio, bafles de gran potencia, una pantalla de cine de 7 metros de longitud y 'video-beam'.

También hicieron instalar un telón color rojo carmesí con dimensiones de 8 metros de largo por 6 de alto, cuyo montaje fue encargado a don Germán Barbosa, dueño de una empresa familiar con más de 40 años de tradición que ha sido contratada por escenarios como el Teatro Amira de la Rosa de Barranquilla, el Pablo Tobón Uribe en Medellín, el Jorge Isaacs de Cali, el Zulima en Cúcuta, el Faenza de Bogotá y el nuevo Centro de Convenciones San Lázaro, de Cartagena.

Otra gran ayuda para el Teatro de la Montaña son los recursos percibidos por Instituto Distrital de las Artes (Idartes) y el Ministerio de Cultura, que les ayuda a financiar su programación. Así se pueden dar el lujo de invitar a sus amigos titiriteros de Ecuador, Venezuela, Perú, Chile, Argentina, Uruguay y Paraguay, a quienes visitaron años atrás cuando daban rienda suelta a su carrera de teatreros ambulantes.

Arte con impacto social

Gracias al Ciat, Roberto y Ligia les devolvieron las ilusiones a muchos de los niños que crecieron en San Isidro, marcados por el estigma de pertenecer a un barrio subnormal, enclavado en una loma donde la mayoría de calles son trochas, y donde la comunidad ha tenido que trabajar a destajo para mejorar sus condiciones de vida. “En este teatro los niños encuentran un espacio para imaginarse mundos mejores, y crear nuevos lenguajes desde la cultura”, declara Camilo Peña, trabajador social que les imparte talleres de literatura a los muchachos del sector.

San Isidro es un vecindario de la localidad Chapinero, anexado a la UPZ (Unidad de Planeación Zonal) San Isidro-Patios, conformada por los barrios La Esperanza Nororiental, La Sureña, San Luis Altos del Cabo y San Isidro. Un arrabal que florece a un costado de la carretera Bogotá-La Calera, rodeado por exclusivos restaurantes y discotecas que contrastan con su precaria situación, y actualmente habitado por más 25.000 personas.

Al principio Ligia y Roberto rentaron en un pequeño apartamento, con la ilusión de hacerse más adelante a un espacio propio, ideal para ensayar sus montajes teatrales: “Soñábamos con tener una casa igual a una que veíamos en una esquina, que parecía de chocolate: como sacada de un cuento de hadas”, recordó Ligia.

Cuando el dinero y el trabajo comenzaron a escasear, se dieron cuenta de que la vida no es color de rosa. “Entonces elaboramos unos muñecos de hilo y lana, confiados de que podríamos venderlos en los semáforos de la ciudad. No lo logramos, a pesar de que algunos niños se antojaban cuando nos veían desde las ventanas de los automóviles de sus papás”, explica Roberto.

Optaron por convertirse en titiriteros, y se presentaron en escenarios de la capital, como la Alianza Colombo Francesa. Allí recibieron una invitación para actuar en un festival de títeres en Venezuela, donde recorrieron ciudades de la Orinoquia como Barinas, Ciudad Bolívar, Guanare y Sabana de Mendoza. Les quedó gustando esa vida de nómadas: “Bajamos hasta Ecuador y vivimos en Quito, Guayaquil, Ambato y Babahoyo; luego seguimos bajando y llegamos al Perú, a Lima, Arica y Cusco”, relata Ligia.

El periplo continuó por Chile; Argentina, y finalmente, Uruguay y Paraguay. “Así hicimos muchísimos amigos, todos artistas como nosotros, y a cada uno lo invitábamos a Colombia”, señala Roberto.

En su gira aprendieron a querer a los periodistas, porque cuando llegaban a alguna ciudad lo primero que buscaban era la oficina de un periódico que ayudara a anunciar su temporada teatral. “Guardamos como un tesoro cada una de las reseñas que nos publicó la prensa de cada país”, admitió Ligia.

Fueron las épocas en que se presentaron en parques, plazoletas y jardines infantiles; se movilizaron a pie, en chalupa o en bus, y llegaron hasta lugares remotos como rancherías pesqueras a la orilla del mar, caseríos perdidos en las llanuras o en la espesura de la jungla, y las laderas de las serranías andinas. Tanto esfuerzo tenía como objetivo hacerse a un capital: “Hacíamos como los inmigrantes que trabajan y ahorran al máximo, para regresar a su país a comprar una tierrita”, asegura Ligia.

Hora del regreso

Cuando estaban en la frontera de Paraguay con Brasil, Ligia decidió que era momento de regresar. Habían pasado dos años y ya no quería andar a la deriva, con la incertidumbre de dónde dormirían o qué iban a comer.

“Son anécdotas que parecen románticas, pero vivirlas en carne propia es a otro precio – expresa Roberto–. En esas correrías te enfrentas a tus propios demonios, y tienes que refugiarte en tu pareja para sobrellevar la adversidad. Esa vida de gitanos afianza tu relación, o la destruye”.

Después de la travesía sudamericana, regresaron al país y concibieron a su primer hijo: Hamachi, actualmente de 14 años. Luego nació el pequeño, Toruk (3 años). “Ellos no estaban en nuestros planes, pero cuando nos establecimos en la montaña, al sentir la alegría y el amor de los niños, pensamos que sería triste envejecer y no tener los nuestros”, evoca Ligia.

Esta pareja de titiriteros le ha dado mucho a la gente de San Isidro; y como cada quien recibe lo que da, la comunidad les ha retribuido con cariño: “De los niños hemos aprendido de su enorme capacidad de asombro, de sus juegos y su alegría infinita. Y aunque no les cobramos un peso de ingreso al teatro, siempre nos pagan con una sonrisa y un abrazo. Eso no tiene precio”, subraya Ligia.

Pero los pequeños no son sus únicos amigos. Don Marcos Ramo, por ejemplo, a sus 86 años, les confesó que quería volver a ver una de esas películas mexicanas que tanto disfrutó en su niñez. Ligia se empecinó en montar una sala de cine para toda la comunidad: “Conseguimos un filme de Pedro Infante, y anunciamos nuestra primera función. Don Marcos llegó con su vaquita, la amarró en el portón y se devolvió a la niñez: no paraba de reír”, sentencia.

Roberto repite una y otra vez que ayudar al prójimo es ayudarse a uno mismo, porque “abrirse a los demás te hace crecer en tu interior”. El amor de estos dos esposos florece a la par con el Teatro de la Montaña. “Lo único malo, es que de tanto estar juntos ya no podemos vivir el uno sin el otro… tal vez lo mejor sería morirnos al mismo tiempo. Mientras haya vida, la función debe continuar”.

RAFAEL CARO SUÁREZ
Especial para EL TIEMPO

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