Un tinto con el Presidente

Un tinto con el Presidente

Desde hacía un buen tiempo quería exponerle a Santos la difícil situación del campo colombiano.

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23 de octubre 2015 , 07:20 p.m.

Este hijo de arriero estuvo en el Palacio de Nariño. Desde hacía un buen tiempo quería exponerle al presidente Juan Manuel Santos la difícil situación del campo colombiano y hacerle algunas propuestas, a ver si se vuelve más atractivo –el campo, no el Presidente–, más productivo y rentable; y el campesino, especialmente la juventud, se queda allí antes que irse al rebusque en las grandes ciudades.

El lunes pasado llegó el día de ser la voz de los de azadón al hombro. Así que llegué a Palacio a pie, con mi carpeta de propuestas bajo el brazo. La entrada fue por la carrera 8.ª –no por el sótano, como dicen que ocurría a veces en el gobierno de Uribe–.

Me enteré de que había consejo de ministros. Pero antes, acompañado por el de Agricultura, Aurelio Iragorri, me recibió el mandatario. Ya en su despacho, me despaché. “Señor Presidente, el campo se está quedando solo, o es de viejos a los que ya les pesan las papas; muchas casas se las está comiendo la maleza”, le dije, y, con mi voz de tenor asustado, casi le canto Las acacias: “Ya no vive nadie en ella... a orillas del camino, silenciosa está la casa...”.

Y les hablé de que este país podría ser el primero en América en ser una potencia en comida orgánica... De que se necesita asistencia técnica, que se puede lograr enviando profesionales agrarios a colegios y escuelas, para asistir al labriego y enseñar a los estudiantes de últimos grados, e inclusive ser autoridades ambientales. Y el Presidente movía la cabeza hacia arriba y hacia abajo. De que los insumos están muy caros y que, en cambio, los abonos limpios se pueden lograr a través de la revolución de las lombrices, que no cobran, y de otras técnicas que conoce el Sena... Y el Presidente movía la cabeza hacia arriba y hacia abajo... Y umjú.

Hablé de la importancia de facilitarle al campesino los créditos, sin tanto papeleo, y evitar la intermediación, pues en la cadena entre el campo y la mesa, en las ciudades, es el campesino el que menos gana... Y el mandatario y el Ministro, a quien vi muy enterado, movían la cabeza hacia arriba y hacia abajo... Y umjú y ajá. Se habló de paperos, ganaderos, paneleros, lecheros, fruteros..., del impulso a las unidades agrícolas familiares. Y de lo bueno que sería revivir el Día el Campesino, con premios en efectivo para crear sana competencia, que redundará en más productividad y más arraigo. Umjú, ajá. Y terminamos creando el eslogan ‘que no se venga el campesino, pues el Estado va al campo’. Ajá.

Lo que pase... no lo sé. Pero hay esperanzas. Noté a un Presidente consciente de que en el campo comenzó la guerra y es allí donde empieza la paz. Por eso, no pude dejar de preguntarle por qué se ha empecinado, no obstante los tropiezos y críticas, en la paz negociada. Y qué tan cerca estamos.

“La paz es el bien supremo de una sociedad. Para Colombia no hay nada más importante y urgente que ponerle fin a este muy doloroso y costoso conflicto de medio siglo. Dios mediante, llegaremos a un acuerdo final antes de 5 meses, que será sometido a la aprobación de todos los ciudadanos. Confío en que en esa votación los colombianos haremos historia al pasar la terrible página de la guerra y abrirle la puerta a un futuro promisorio para todos”, dijo. Y yo moví la cabeza hacia arriba y hacia abajo.

Así me digan que no soy verde campo, sino verde sapo, vi a un Presidente comprometido con el campo y que se juega la vida por apaciguar este país; seguro en su propósito, como que cada día sale el sol.

Le dejé mi carpeta, y ya puedo decirles a mis amigos del agro ¡misión cumplida! Y a los opositores, que en Palacio no dan ‘mermelada’. Solo me dieron un tinto, y no vi frasco ni galletas por ningún lado... mentiras de la oposición.

Luis Noé Ochoa
luioch@eltiempo.com

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