El padre Rincón

El padre Rincón

Era un sacerdote abierto a los problemas del mundo; no enclaustrado en una cárcel gris del Medioevo.

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23 de octubre 2015 , 07:00 p.m.

Fue un sacerdote atípico, un ser maravilloso y espiritual. Realizó su tesis de grado en Bruselas sobre ‘Las retractaciones de San Agustín’, que el autor de 'La ciudad de Dios' escribió al final de su vida como una revisión de su pensamiento. Eximio lector de filosofía y literatura, especialmente de los clásicos. Apasionado por Juana de Arco, Santa Teresa, San Francisco y don Quijote, entre otros personajes. Un gestor cultural de grandes calidades humanísticas: tuvo durante años un programa radial en la emisora de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, 'Música en los templos', donde comunicó su sapiencia sobre la música sacra, y dirigió el centro cultural Francisco de Asís, en el barrio Palermo, donde tertuliaba con liberalidad sobre temas religiosos y profanos con súbditos y amistades.

El padre Alfonso Rincón se vinculó a la Universidad Nacional de Colombia como vicedecano de la facultad de Ciencias Humanas, fue coordinador del programa de posgrados de Filosofía y capellán de la universidad. Integró recientemente el equipo de trabajo del Centro de Pensamiento Universitario ‘Camilo Torres Restrepo’. Recibió la Orden Gerardo Molina y, en el 2014, cumplió sus bodas de oro sacerdotales.

Lo conocí gracias al exsacerdote, escritor y traductor Joe Broderick, quien me sugirió que le diera a leer mi novela 'Hábitos nocturnos', que versa sobre un sacerdote católico adicto a la cocaína y la literatura, y me sorprendió su comentario donde resaltaba que el protagonista sufría las angustias del hombre contemporáneo. Allí mostró sus dotes de humanista y hombre sensible. De sacerdote abierto a los problemas del mundo y no enclaustrado en una cárcel gris del Medioevo. Hablamos en algunas ocasiones, y pese a su escepticismo, a su agudeza crítica, creía fielmente en las lecciones de Jesús y en que la “esperanza era el futuro de la humanidad”, y se mostró optimista con la llegada del papa Bergoglio al Vaticano.

Nunca tragó entero, era alegre, de excelente humor y su conocimiento tenía altas dosis de un espíritu culto arraigado a lo social; es decir, luchó por la construcción de una sociedad más equitativa. El pasado 9 de octubre murió en Atlanta, a los 75 años, y sus cenizas ya reposan en Colombia. ¿Dónde estará ahora? No sabemos, quizá en su propio paraíso: oyendo música gregoriana y amando al prójimo y a la inteligencia como sustento de toda fe.

Alfonso Carvajal

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