El soldado mutilado que hoy es el mejor pesista paralímpico de América

El soldado mutilado que hoy es el mejor pesista paralímpico de América

Andrés Salazar, quien perdió sus piernas en los Montes de María, cuenta su historia de superación.

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22 de octubre 2015 , 06:24 p.m.

La camaradería, coinciden los hombres de guerra, es la ofrenda más elevada que se brindan en el frente de batalla.

Ese día, el soldado Andrés Salazar puso su vida en riesgo dos veces para salvar la de su compañero Julio. Lo hizo instintivamente, con arrojo de fiera y sangre helada. El corazón bombeaba a mil y no hubo espacio en su mente para dudar. Lo hizo cuando otros vacilaron por miedo a perder y, a pesar de que al final de la jornada su cuerpo salió muy mal librado, asegura que ese día fue tocado por la divinidad.

A las 10 de la mañana del 22 de febrero del 2004, ‘Tolú’, como le decían sus lanzas del escuadrón con el que patrullaba los Montes de María en busca de los frentes 35 y 37 de las Farc, tenía una babilla amarrada a un palo y medio balde de mojarritas como botín que probaba, en El Playoncito, a mitad de camino entre El Salado y Zambrano (Bolívar), su oficio a la hora de cazar y pescar.

“Llamaron porque uno de los pelotones había entrado en combate. Me puse camuflado, botas, la M60, y hágale, a apoyar a los compañeros”, narra al recordar el día más infortunado de sus tres años como soldado profesional, sin que sus gestos revelen dolor ni resentimiento.

Los años maravillosos

Andrés Salazar tiene 32 años. Hasta el día en que debió retirarse del Ejército al perder sus dos piernas, el ojo izquierdo y la audición del oído derecho, vivió en Sucre. Después, el cuidado de su prótesis lo trajo a Bogotá.

Nació el 13 de marzo de 1983 en Sincelejo, pero se crio entre Tolú, donde su madre, Amalia, trabajaba como empleada doméstica, y Sacana, donde sus abuelos maternos le prodigaron amor, principios morales y comida. Su padre viajaba a trabajar en La Guajira y en una de esas correrías se quedó y formó allá otra familia.

“Mi hermano fue un militar de los buenos, es mi inspiración. Por eso ha vencido como deportista paralímpico. A veces, el destino de cada quien tiene diferentes rumbos”, comenta Juan Andrés, cabo primero del Ejército y uno de los cuatro medio hermanos que le dio su padre tras abandonarlo.

La vida de Andrés ha sido paradójica. Cuando el destino le ha quitado algo, lo ha reemplazado de una manera que lo ha animado a seguir viviendo. Las heridas, que salpican su cuerpo y lo convierten en un mapa humano que certifica la barbarie, dan fe de que su camino ha sido duro. Sin embargo, a medida que él va entregándose al sabor costeño con el que narra, se van transformando en una sonrisa brillante y en una mirada que refleja honestidad.

“Mi hermano es el ser más fuerte que he conocido, es una lección verlo cumplir sus sueños, levantar una familia, ganar medallas, perdonar”, dice Irina, dos años mayor que él.

Juntos crecieron en casa de bahareque, techo de hoja de palma y piso de tierra. En el fogón de leña ardieron conejos, palomas y otros animales que empezó a cazar con cauchera desde los 10 años. “Él era el de mejor puntería. Hacíamos las caucheras con manguera elástica y unas sortijeras de cuero que nos poníamos en el pulgar”, cuenta uno de sus primos.

En las tardes, Andrés estudiaba en el colegio Manuel González Erazo. Llegó hasta noveno. Después, la atracción del monte fue más potente que la de números y palabras.

“Una vez me mordió una iguana. Me la lanzaron de un palo y la cogí por la cola y tas, me agarró acá”, dice y pone los dedos en el cuello, justo en el lugar donde una herida vieja se camufla tras una más reciente, en una escena que evoca el poema de Neruda a Túpac Amaru: “El indio te mostró la espalda/ en que las nuevas mordeduras/ brillaban en las cicatrices/ de otros castigos apagados”.

Una guerra de juguete

Andrés empezó a soñar con la guerra a los 13 años. La base de Infantería de Marina de Coveñas, ubicada a una hora de su casa, le hacía ojitos para que se enrolara, cada vez que la visitaba y se quedaba en los alrededores, imaginándose con cauchera en mano como héroe de guerra.

“El 13 de julio del 2001, a los cuatro meses de haber cumplido los 18, me fui temprano para la base, a las cuatro y cuarto de la mañana, sin avisarle a nadie”, recuerda Salazar.

“No se me pasaba por la cabeza salir herido o herir a otro, sino salir victorioso. Tenía una mentalidad de niño”, dice al evocar la guerra de juguete que vivió, en sus fantasías, antes de llegar a la de verdad, en la que armaba su M60 en tiempo récord de 40 segundos.

El día del reclutamiento soportó todo el tiempo en pie y sin comer, como en el entrenamiento contraguerrilla que habría de aparecer pronto en su camino, a que le dijeran que era apto. “La vida militar es muy buena. Si me dejaran seguir ya estaría con mis compañeros”, confiesa nostálgico. Al lado, su mujer, Yulieth, remacha diciendo que, dado el caso, lo apoyaría. María, la hija menor, de 3 años, estalla en una carcajada y todos olvidamos esa idea.

El hogar

Mientras en el televisor aparecen las imágenes del apretón de manos del presidente Juan Manuel Santos y ‘Timochenko’, líder de las Farc, durante el anuncio de la firma del acuerdo de paz, él se mueve de un lado al otro de la sala.

Andrés Salazar es tan ágil, a pesar de sus discapacidades, que es innecesario ayudarle. Siempre está presente, no se distrae y reacciona con celeridad cuando se requiere. Ese estado de alerta en el que vive es herencia de la vida militar.

La atmósfera del pequeño espacio que comparte con su esposa y sus cuatro hijos, en su apartamento del barrio El Tintal, es un claroscuro conmovedor. Una reproducción colorida de La última cena preside la sala. En el sofá raído, su hija María y su esposa comparten el amanecer mientras el resplandor del televisor delinea sus rostros mulatos. La silla de ruedas es testigo silencioso de cada movimiento.

Enseguida aparecen Yulieth y Andrea, las hijas mayores, y se sientan en un sillón sobre el que se ubica un collage de fotos familiares. La única imagen que se sale del molde es una de Andrés, lampiño, en pantalones cortos y sin camiseta, exhibiendo un animal muerto, que podría ser una serpiente o un pez inmenso, pero que el paso del tiempo sobre el papel fotográfico y la memoria familiar no permiten precisar.

Es hora de salir a entrenar y las hijas van desfilando por sus cachetes, por su boca, por su frente, dándole besos de despedida y bendiciones para el camino. Su mujer lleva la silla de ruedas hasta la puerta del edificio, donde se despiden. Ahí él le entrega las muletas, que solo usa para trayectos cortos.

“Andrés tenía muchas niñas detrás. No me imaginaba que me fuera a parar bolas, hasta que me echó un piropo y yo quedé muda”, cuenta su esposa. Las pequeñas coinciden en que su padre es un campeón a prueba de balas.

En el mundo de la guerra, Salazar fue un hombre más haciendo la guerra. En casa –sin sus piernas y con dos medallas de plata que lo acreditan como el segundo mejor pesista paralímpico del continente, en la categoría de 65 kilogramos– es bendito entre la compasión de cuatro mujeres.

“Uno perdona, pero no olvida. A él lo admiro porque ha superado todo. Hay muchas cosas que a mí me han hecho falta”, dice la mujer, tratando inútilmente de contener el llanto.

En el camino al Centro de Alto Rendimiento, lo llaman su madre y hermana. “Ellas son todo en mi vida, cada mañana me dan fuerza para ir a entrenar”, confiesa y, por primera vez en varias horas, su tono desnuda al ser sensible que se parapeta tras la imagen del guerrero sin límites.

El trabajo

El propósito ahora es subir su marca personal de 152 a 170 kilogramos para así clasificar a Río 2016.

“Sé que lo puedo lograr”, dice y evoca sus éxitos en los últimos cuatro años. Desde el día en que, sin conocerlo de antemano e impactado por su musculatura, otro pesista paralímpico se le acercó para invitarlo a competir como profesional, ha ganado dos medallas de oro en competencias nacionales y dos de plata en continentales.

“Tiene una mente fuerte por el entrenamiento militar. En la vida cotidiana es tranquilo y chistoso, pero se transforma a la hora de competir”, comenta su entrenador. Andrés, por su parte, confiesa que los viajes para competir son, además de la satisfacción de sentirse un hombre sin limitaciones, la mayor bendición que le han dejado las pesas.

Después están los ingresos económicos, que han empezado a crecer con los títulos internacionales. La Liga de Bogotá le paga 800.000 pesos, y la medalla de plata en los Parapanamericanos de Toronto tiene en trámite la aprobación de otro millón doscientos mil pesos.

La mina

—Cálmate, Julio, que no te pasó nada –le decía Salazar al soldado herido tras pisar una mina antipersonal.

Hoy, al recordar los incidentes de ese día, sonríe como si la historia fuera otro relato de sus guerras infantiles. “Nadie más quería meterse a sacarlo porque donde había una mina podía haber más”, afirma. Los demás soldados, tras la estupefacción que les produjo el estallido, armaron una camilla con sus chaquetas y ramas, que les permitió acercar al herido al helicóptero.

Esa fue la primera vez que Salazar arriesgó su vida por salvar la de su compañero. Un rato después, cuando el soldado se desangraba en un hospital de Cartagena, se lanzó de vuelta al lugar de la explosión con el objetivo de encontrar la cédula, con el grupo sanguíneo que los médicos requerían.

Esa fue la segunda vez que ofreció su pellejo al destino para salvar otra vida. Al regreso, sin la cédula, le llegó su turno con la mala fortuna. ¡Bum! Una mina antipersonal le despedazó las piernas.

“La mina me tiró hacia arriba, yo sentí que volé y caí en el mismo hueco que abrió. Comencé a tocarme, de una dije ‘hijueputa, qué me pasó’, porque estaba vuelto nada. Esa fue la primera bendición, quedar vivo después del totazo”, dice.

—Cálmate, ‘Tolú’, que no te pasó nada –le dijo el soldado Iriarte al llegar.

Salazar estalla en una carcajada al recordarlo y revela, al reírse sin reservas de su tragedia, que el perdón ha limpiado su corazón.

HÉCTOR CAÑÓN HURTADO
Especial para EL TIEMPO

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