Mercado en la academia

Mercado en la academia

La obsesión con publicar en "revistas indexadas" ha creado una estructura de incentivos perversos.

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22 de octubre 2015 , 06:24 p.m.

“La investigación en ciencias sociales (...) se ha prostituido”, escribió el profesor de la Universidad de La Sabana Giovanni Hernández (El Tiempo, 17/10/15). Juan Luis Ossa, historiador chileno, se ha referido a “uno de los efectos más perversos de la academia actual” (El Mercurio, 12/11/14).

La preocupación es universal. Pero, solo excepcionalmente, voces como las de Hernández y Ossa han intentado sacarla del claustro universitario para motivar un debate público tan necesario.

Ambos señalan problemas derivados de la tendencia universitaria de evaluar las investigaciones de sus profesores por el número de publicaciones en “revistas indexadas”. Revistas de gran prestigio internacional, reconocidas así por diversos órganos convertidos en jueces de calidad.

A ellas se suman otros medidores: por ejemplo, cuántas veces un trabajo es citado por otros colegas. En Gran Bretaña introdujeron una categoría más, “impacto”. No basta publicar. Es necesario medir cuál ha sido el efecto de las investigaciones en la sociedad.

El problema, en el fondo, es de recursos. ¿Con qué criterio distribuirlos al promover investigaciones, en particular cuando se trata de dineros públicos? ¿Cómo, entonces, evitar la necesidad de medir, medir, medir?

Aunque es posible entender la racionalidad de una política que parece extenderse sin frenos, no es claro que sea una política sabia.

Considérese la medición del “impacto”. Medir el efecto de investigaciones en ciencias naturales es quizás una tarea que pueda hacerse con precisión. Trasladar el criterio a las ciencias sociales y humanidades no tiene sentido. ¿Cómo medir con certidumbre el “impacto” social de un libro sobre la independencia? ¿O de un trabajo sobre lenguas muertas?

Las dificultades se agravan cuando se introducen dimensiones temporales. Los ejercicios de evaluación en Inglaterra, por ejemplo, han sucedido en ciclos de cinco años. Pero con frecuencia el “impacto” de las investigaciones en ciencias sociales y humanidades solo se aprecia con los años. La obra de Norbert Elias se volvió famosa décadas después de publicada.

La obsesión con las “revistas indexadas” acarrea problemas adicionales. Para comenzar, es un criterio que traslada la capacidad de juzgar la calidad de las investigaciones a entidades relativamente ajenas, no necesariamente neutrales. Se imponen líneas editoriales que a veces favorecen temas o metodologías de moda. Algunos evaluadores ocultan sus discrepancias políticas con argumentos dizque académicos.

Algunas universidades han llegado al absurdo de premiar artículos en revistas, por encima de libros monográficos.
Muy afectados han sido los libros editados con varios autores sobre temas específicos. Se aduce contra ellos que no tienen mercado, o que no están sujetos al proceso de arbitraje de las revistas, sin molestarse en examinar sus respectivas calidades intrínsecas.

Los más afectados son los libros dirigidos al público general, incluidos los estudiantes. Como si los académicos solo debieran escribir para académicos.

Se ha creado una estructura de “incentivos perversos”. Se desestimula el trabajo en equipo, la tradicional colaboración que exigen los libros editados con varios autores. Se desestimulan las obras de divulgación. Como observa Ossa, se desestimulan las publicaciones jóvenes, pues la aspiración de todos es publicar solo en un puñado de revistas ya establecidas.

Es un estímulo a la mediocridad, en contra de la imaginación.

La prensa haría bien en abrir mayores espacios a las preocupaciones ventiladas por Hernández y Ossa. Pues abordan un tema que, por su significado, debe salir de los claustros universitarios.

Eduardo Posada Carbó

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