Los conflictos por la tierra emergen en la literatura

Los conflictos por la tierra emergen en la literatura

Daniel Ferreira, escritor santandereano, presentó su novela 'Rebelión de los oficios inútiles'.

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22 de octubre 2015 , 06:17 p.m.

No es un escritor principiante. Por el contrario, las tres novelas de su Pentalogía de Colombia (ciclo narrativo que aborda sin tapujos la violencia nacional del siglo XX) que ya han sido publicadas han merecido sucesivos galardones en concursos literarios de relieve internacional.

'La balada de los bandoleros baladíes' (2010) obtuvo el Premio Latinoamericano de Primera Novela Sergio Galindo (México); 'Viaje al interior de una gota de sangre' (2011), el Premio Latinoamericano de Novela Alba Narrativa (de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América - Alba), y, el año anterior, 'Rebelión de los oficios inútiles' convenció al jurado del Premio Clarín de Novela, el mismo laurel que antes ganaron, entre otros, los argentinos Pedro Mairal y Leopoldo Brizuela.

El novelista Daniel Ferreira (San Vicente de Chucurí, 1981) recuerda –¿quién podría olvidarla?– una escena presenciada a los seis años: desde la puerta de su casa vio agonizantes a unos policías. Apenas percibieron la presencia del pequeño los asesinos se voltearon a saludarlo.

Tal vez todo comenzó precisamente ahí. ¿Cuándo principia esta espiral de muerte y sangre? Esta circunstancia le permitió a Ferreira –según Margarita Valencia, el más notorio representante de la novísima literatura colombiana– escribir Rebelión de los oficios inútiles, un relato “moderno” y “arriesgado” –los adjetivos son de Juan Cruz, jurado del Premio Clarín–, un verdadero memorial de agravios hilvanado con la destreza de quien conoce el oficio, alternando las voces y los actos con el pulso de un lector y cinéfilo informado.

Entroncada con una genealogía narrativa que incluye a José Eustasio Rivera, Daniel Caicedo y Fernando Soto Aparicio, el relato se ocupa de la toma de un predio baldío por una muchedumbre de destechados y la retoma a la fuerza por un escuadrón paramilitar.

La líder Ana Larrota, mujer de lengua hábil y firmes ideas; el magnate en quiebra Simón Alemán y el reportero con devaneos artísticos Joaquín Borja son los encargados de conducirnos por los intersticios del drama cuyo telón de fondo es uno de los períodos cruciales de la centuria pasada: el fin del Frente Nacional y el fraude del 19 de abril de 1970. En las 293 páginas del volumen seguimos el rastro de uno de los tantos males de la patria: la lucha violenta por la propiedad de la tierra y de los recursos naturales.

En alguna parte dice usted que la única obligación del escritor es recordar más que los demás. Esta postura, ¿cómo se traduce en la construcción de sus novelas? ¿Su proyecto ‘Pentalogía de Colombia’ es un esfuerzo por no olvidar los nombres y rostros de la infamia?

Esto que parece una postura ética es solo un recordatorio que me hago para mantener los pies en el lugar donde he vivido. La construcción de las novelas no tiene nada que ver con la ética del escritor. Para escribir hay que ser completamente amoral, es decir, hay que ser capaz de escribir sobre lo que el propio libro impone, y a veces eso está muy alejado de la ética y la moral del autor. Pentalogía es un esfuerzo personal por comprender la vida y este país.

En ‘Rebelión de los oficios inútiles’ se narra la toma de un terreno en un pueblo periférico y sus consecuencias. Ana Larrota, la líder de los sin techo, es uno de los personajes con los cuales usted ha dicho que se identifica. ¿Cree que el novelista debe conservar al presentar la historia la imparcialidad o tomar partido por uno de los bandos en disputa?

Hay otro personaje en el libro, un periodista, que sigue la toma de tierras de cerca, investiga, escudriña en el pasado, comprende los motivos, descubre que es una causa válida, lo pone así en su periódico, con las pruebas, y esa decisión editorial transforma su lugar como testigo “objetivo” y lo convierte en blanco del poder local que se opone al alzamiento. De manera que la toma de posición traslada su lugar de enunciación y pasa de testigo externo a víctima directa, y esa alteración provoca un cambio y una reacción interna.

El novelista debe, ante todo, comprender el destino de sus personajes y tomar partido según las lógicas internas del relato.

En un pasaje el periodista Joaquín Borja dice que la verdadera escritura literaria no conoce el pudor, y que nos lleva a donde más duele. ¿La literatura colombiana ha estado a la altura de los desafíos que la vida nacional le ha puesto?

La literatura está permeada por la vida. La literatura colombiana ha ido hasta donde ha podido con las herramientas de la época y con los escritores que han coincidido en esta tierra. Borges decía que los grandes libros vienen al final de las tradiciones. La novela de la violencia ha sido casi una corriente, por el número de libros que la aborda. No todas las novelas que han abordado las circunstancias en que acaece la vida aquí son buenas, pero algunas contienen episodios, personajes, soluciones dramáticas que van sumando arquetipos y mitos y recordatorios para las generaciones venideras. Ojalá salga alguna gran novela al final de esta tradición. Creo que el grado de descomposición social y política no permite que los escritores evadan del todo el tema, aunque parece que muchos quisieran haber nacido en Barcelona o Londres, debe ser que desde allá Colombia parece más divertida.

¿Qué conexiones y diferencias estéticas tiene ‘Rebelión de los oficios inútiles’ con las dos primeras novelas de la ‘Pentalogía’?

El dominio del tiempo narrativo, el cambio de los puntos de vista, la naturaleza de los conflictos dramáticos. Todo cambia de una a otra. La violencia es el contexto, pero no el tema de los libros. Los temas tienen que ver con los conflictos dramáticos de los personajes. Uno es la narración de un destino colectivo a través de una escena de barbarie: Viaje al interior de una gota de sangre narra la vida de los anónimos que mueren en una matanza. La balada de los bandoleros baladíes explora el proceso de degradación de las vidas de hombres que tomaron el camino del horror y es una exploración sobre la consecuencia de los actos de violencia, no sobre los actos mismos. Rebelión de los oficios inútiles es una exploración sobre cierto heroísmo que consiste en sacrificar todo por defender una idea, de justicia, de libertad, y ser perseguido por ello, tal como pasó con muchos líderes e intelectuales de los años setenta que quedaron acorralados por la barbarie legal. Trabajo sobre circunstancias arquetípicas, que nacen de la repetición de esas tragedias en las confrontaciones sociales de Colombia a lo largo de un siglo.

Algunos medios de comunicación creen en una bonanza de nuevos narradores colombianos. ¿Qué opinión tiene del trabajo de sus coetáneos?

Creo que es una atención que proviene de los editores actuales, y que tiene que ver con las dinámicas de sector y el interés de consolidar el mercado interno del libro colombiano. Siempre ha habido buenos escritores, pero no siempre ha habido una atención sobre nuestra literatura, lo que ha marcado a muchos autores que quedaron sepultados en el cementerio de las ediciones departamentales y los tirajes simbólicos. Ese vacío empezaron a llenarlo en parte los editores independientes. Sin embargo, es difícil que los libros rompan las barreras culturales y económicas y geográficas que permiten la circulación con otras literaturas y que las obras que escribimos aquí lleguen a otros lugares. Colombia sigue sin despegar en índices de lectura, así que no creo que crezca demasiado la demanda de libros, porque hay un problema educativo que influye sobre los consumos culturales. La amenaza de un IVA al libro parece que sigue vigente y acabaría con el esplendor de un carpetazo. De América Latina el único país que frenó la importación y aumentó la producción nacional del patrimonio cultural del pensamiento es México. He leído buenos libros de autores colombianos. Algunos no son tan conocidos como deberían: El sótano del cielo, de Saúl Álvarez Lara, un escritor de Medellín; El demoledor de Babel, de Larry Mejía, que es una gran novela sobre una Bogotá que no había sido narrada, la de los millones de habitantes del sur, y acabo de leer Donde mueren los payasos, de Luis Noriega, que me pareció una sátira fenomenal sobre la farsa de nuestro sistema democrático.

A pesar de que sus novelas han obtenido premios internacionales, solo ahora se publica la tercera en orden de aparición. ¿Cuál ha sido su relación con el mundo editorial y cuándo llegarán las otras dos al país?

Mi relación ha sido de lector escéptico. Ahora aparece 'Rebelión'... en Alfaguara, y, según la acogida que tenga (ya sabemos que los libros que no se venden son convertidos en pulpa), puede que se abra la puerta para editar los libros anteriores en ediciones colombianas. Veremos.

La alternancia de las voces y el montaje en escenas me recordó ‘La guerra del fin del mundo’, de Vargas Llosa. ¿Cuáles obras y cuáles autores le ayudaron en la búsqueda de su registro?

Las del boom que todos saben. 'El canto del mundo'. 'Vida y destino'. 'Cartucho'. 'Absalom', 'Abasalom'. 'Luz de agosto'. Claus y Lucas. Rodolfo Walsh, Andreievsky, Brandys, Camus, Capote, Welty, Rulfo, Trevisan, Tomás Eloy Martínez.

¿Cómo van las dos novelas que cierran la ‘Pentalogía’?

Van mal, porque su autor no va bien. La superstición me impide adelantar el futuro.

ÁNGEL CASTAÑO GUZMÁN
Especial para EL TIEMPO

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