¿Afectación o espontaneidad para expresarse? / En defensa del idioma

¿Afectación o espontaneidad para expresarse? / En defensa del idioma

En esto de la espontaneidad o perfeccionamiento del lenguaje, con frecuencia surgen confusiones.

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22 de octubre 2015 , 12:31 a.m.

Eso de pronunciar o escribir palabras requiere de cierto equilibrio: ni actuar con el cuidado que exige armar un rompecabezas de 5 mil piezas ni con el andar apresurado de un elefante juguetón atravesando una cristalería.

La afectación, esa manera extravagante y presuntuosa de expresarse, resta naturalidad y sencillez a la comunicación. En el otro extremo, está la espontaneidad, tan cercana a la autenticidad, que propicia la confianza de los interlocutores; pero quizá redunde en que se omitan las maneras, los contenidos y hasta las características de nuestros receptores frente a los mensajes. Definitivamente, el universo mismo patentiza que la mesura y la sensatez conservan el equilibrio.

En un informe científico o contable, con toda seguridad, la recomendación mayor consiste en utilizar el lenguaje con claridad, precisión, concisión y exactitud, hasta donde más se pueda. Los contratos legales, los reglamentos y toda clase de compendios normativos deben ajustarse a estas recomendaciones para evitar, sobre todo, distintas interpretaciones sobre un mismo asunto, y más si estos se consignan por escrito, porque ese tipo de lenguaje tiende a permanecer. En estas situaciones, uno de los inconvenientes más notorios consiste en que el nivel de las expresiones no siempre alcanzan a comprenderlo todos los lectores o escuchas. Ello lleva a pensar en ciertas declaraciones políticas o en la perorata prefabricada de algunos vendedores. “Si no puedes convencerlos, confúndelos”, dijo Harry Truman, presidente de los Estados Unidos.

No obstante, la naturalidad o la falta de esta en las personas se advierte más en las intenciones comunicativas que en la precisión al usar los vocablos. El lenguaje, aparte de llevar palabras (pronunciadas o escritas), también está conformado por gestos, maneras, vestuario, apariencia, cargas sonoras de la voz, contexto espacial y temporal, música, recintos, gustos, aficiones… Y todos esos recursos para enviar mensajes deben mantener una coherencia entre sí, para que hallemos los indicios de sinceridad, tan tranquilizantes en todo trato humano.

En un paseo de campo, resulta muy retocado que un hombre le diga a un amigo, aun siendo compañero de trabajo: “¿Has advertido la presencia del Astro Rey en las alturas, saturando de calor el contorno específico de esta comarca?”. ¿Por qué no dice de una vez “¡qué calor tan bravo hace aquí!”. Uno más afirma: “En ese punto sí tengo cierta divergencia”, en vez de “no estoy de acuerdo”. Otro más: “Hemos estimado que los cálculos progresivos de los ingresos podrían impedir inversiones compensatorias en materia laboral”, en lugar de “¡no le voy a subir sueldo. Usted verá!”. La densidad de esa melaza del lenguaje, como sabrán los expertos en química, bloquea cualquier posibilidad de saborear (comprender) el mensaje y, por supuesto, empalaga.

Claro, también hay ingeniosos del lenguaje: el forzudo que dobla la esquina, el simpático que rompe un reloj para detener el tiempo, los siquiatras que fijan precios de locura, el jardinero que nombra a sus hijas Rosa, Azucena y Margarita; el diabético que no recibe una dulce palabra y el metalero que tiene una mirada férrea. Aparecen también quienes olvidan el contexto, la sintaxis y al interlocutor, como le ocurrió a un amigo caribeño recién llegado a Bogotá, a quien alguien le preguntó: “¿Dónde dejaste el libro?”, y él, muy desenfadado, respondió: “Tacatrá”. Debió repetir cerca de diez veces esta expresión, hasta que alguien pudo desentrañar el mensaje: “Está acá atrás (tacatrá)”.

Y en esto de la espontaneidad o el perfeccionamiento del lenguaje, con frecuencia surgen confusiones, y más si algunas personas cuando hablan de “los libros de texto”, por sus hábitos, parece que dijeran: “detesto los libros”.

Con vuestro permiso.

JAIRO VALDERRAMA
Profesor de la Facultad de Comunicación
Universidad de La Sabana

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