'Querían que enterráramos a un NN': hijo de magistrado del Palacio

'Querían que enterráramos a un NN': hijo de magistrado del Palacio

Exministro Carlos Medellín rememora las irregularidades en la entrega de víctimas del holocausto.

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21 de octubre 2015 , 09:12 p.m.

El sábado 9 de noviembre de 1985, en la ceremonia fúnebre colectiva de los magistrados de la Corte Suprema de Justicia y del Consejo de Estado que murieron en el Palacio de Justicia faltaba un ataúd. La familia del magistrado Carlos Medellín Forero se negó a recibir la bolsa de polietileno negra que, según las autoridades judiciales de la época, contenía el cuerpo del jurista.

Ellos habían estado en el Instituto de Medicina Legal en el centro de Bogotá y conocieron de primera mano el dantesco cuadro. El exministro Carlos Medellín Becerra, hijo del magistrado, lo recuerda bien: “Bandejas de lata repletas de manos, medios cuerpos calcinados, hasta cabezas, sin ningún orden”. Por su cuenta, con tres médicos y dos odontólogos amigos, siguieron buscando al integrante de la Sala Constitucional de la Corte Suprema. Y lo identificaron horas después, en otro grupo de restos que para nada correspondían con los que les querían entregar inicialmente. “Desde el viernes (el Gobierno) empezó a apurar a las familias para que realizáramos el entierro colectivo. Los Medellín, empezando por mi mamá, que tenía 42 años, nos negamos. Es que querían que enterráramos a un NN”, dice el exministro.

Historias como esas se repitieron decenas de veces en esos días de furia de noviembre de 1985 y, 30 años después, el país vuelve a hablar de ellas por cuenta de la aparición de tres mujeres del grupo de 11 desaparecidos emblemáticos del Palacio de Justicia: Cristina Guarín, Lucy Amparo Oviedo y Luz Mary Portela. Los restos de Guarín y Portela fueron descubiertos por la Fiscalía en las tumbas que por tres décadas estuvieron a nombre de María Isabel Ferrer de Velásquez y de Libia Rincón Mora. Ellas, ahora, pasaron a formar parte de la lista de personas desaparecidas en la tragedia.

Las investigaciones de la Fiscalía y el Informe Final de la Comisión de la Verdad de la Corte Suprema han documentado los increíbles errores que se cometieron durante el levantamiento de los cadáveres y, después, en la entrega de los cuerpos a las familias de las casi 100 víctimas mortales de la toma del M-19 y la retoma del Ejército y la Policía. Al menos 60 de esos cuerpos quedaron calcinados, muchos de ellos en el incendio del cuarto piso, el mismo donde quedaban las oficinas de los magistrados.

Lo que han demostrado esos procesos es que la manipulación de la escena criminal, el ocultamiento de pruebas, la destrucción de evidencia y otras acciones irregulares fueron la norma en las horas posteriores a la recuperación de la sede de la justicia. La Comisión de la Verdad, en su informe presentado hace seis años, asegura que “en muchos casos los cadáveres fueron mal identificados, lo que supuso, en consecuencia, la entrega errónea de cuerpos a los dolientes”. Esos errores, fortuitos o intencionales, también llevaron a que, a 30 años del holocausto, se desconozca cómo murió la mayor parte de las víctimas.

En el Palacio de Justicia hubo varios incendios durante los dos días del asalto del M-19. Las llamas consumieron decenas de cuerpos de las víctimas y miles de páginas de expedientes de la Corte Suprema y el Consejo de Estado.

Las actas de necropsia son escuetas: “cadáver calcinado”, decían. Muchos de los cuerpos que fueron identificados fueron sin embargo enviados a la famosa fosa común del Cementerio del Sur de Bogotá por los jueces militares sin razón aparente. La explicación que se dio en ese tiempo era que temían un supuesto plan del M-19 para recuperar a sus muertos, por lo que se apuró la inhumación.

El Palacio fue asaltado el 6 de noviembre y había sido recuperado por los militares en el atardecer del 6 de noviembre de 1985, jueves. En la noche de ese día y el viernes, se supone, se identificaron decenas de cuerpos, entre ellos los de la mayoría de magistrados inmolados. Pero no fue un proceso científico, sino basado en la aparición de prendas de vestir y objetos personales que aparecían en las bandejas.

“En el levantamiento revolvieron todo con todo. Fue un desastre. Nosotros vimos cómo empezaron a entregar bolsas con restos sin identificar. En medio de la angustia, las familias aceptaban cualquier cosa”, recuerda Carlos Medellín.
Los médicos entrevistados por la Comisión de la Verdad relataron que en esa época el Instituto de Medicina Legal no tenía ni el personal ni el espacio ni el mobiliario suficiente para atender un desastre de tal magnitud. Así, la morgue solo tenía diez mesas y siete médicos que participaron de las necropsias. Según el médico Gerardo Prada, todos fueron rotulados como NN y tuvieron que ponerlos en el parqueadero y hasta en un sótano.

Los 94 protocolos de necropsia que Medicina Legal realizó en 1985 y las actas de la Dijín solo reportan el sitio del levantamiento de cadáver en 22 casos. Los demás restos, dicen los documentos, fueron hallados en el primer piso, a donde las autoridades militares ordenaron llevar casi todo el material orgánico y las cenizas literalmente barridas y lavadas desde los pisos posteriores.

Aunque el ministro de Justicia de la época, Enrique Parejo, solicitó el 7 de noviembre de ese año a la directora Seccional de Instrucción Criminal que enviara un equipo de jueces para que iniciara la investigación, las autoridades militares no les permitieron entrar al Palacio. Solo pudieron documentar que, contra todos los protocolos de investigación criminal, los soldados estaban barriendo el piso del edificio.

Fue un grupo de jueces de instrucción penal militar del departamento de Policía de Bogotá el que asumió el control de las diligencias de levantamiento por asignación del general José Luis Vargas Villegas.
Sobre la contaminación de la escena, el Tribunal Especial de Instrucción Criminal que investigó los hechos en los 80 documentó: “Inexplicablemente, las autoridades militares no esperaron a que los competentes funcionarios de la investigación hicieran lo que legalmente les correspondía hacer. Primero, ordenaron la incautación de armas, provisiones y material de guerra, después la concentración de cadáveres en el primer piso, previo el despojo de sus prendas de vestir y de todas sus pertenencias. Algunos de estos cadáveres, no se sabe por qué, se sometieron a cuidadoso lavado. Con tal proceder se privó a los funcionarios encargados de las diligencias de levantamiento de importantes detalles que a la postre dificultaron la identificación de los cadáveres y crearon el desorden y el caos”.

“Esta situación, en cualquier caso, permitiría pensar que más allá de contribuir en el proceso de investigación, se quiso ocultar o borrar evidencias relacionadas con las causas de muerte de cada una de las víctimas”, concluyó dos décadas después la Comisión de la Verdad.

Carlos Medellín Becerra dice hoy que él y su familia se cansaron de denunciar la cadena de irregularidades y hasta de delitos con la que se pretendió tapar lo que pasó en noviembre de 1985. “Eso por lo que la opinión se aterra hoy lo vivimos en vivo y en directo hace 30 años. Pero el país no quería oír esa historia”.

Y concluye: “Es que la tragedia del Palacio va a cumplir 30 años, pero la investigación seria no tiene sino diez. Lo que se hizo antes solo pretendía tapar esa cantidad de crímenes que se cometieron”.

Por 30 años los Velásquez lloraron un cuerpo ajeno

Sofía Velásquez, hija de María Isabel Ferrer –una de las víctimas de la toma del Palacio de Justicia–, siempre mantuvo la duda de si los restos calcinados que ella y su familia sepultaron en el Cementerio Jardines de Paz en verdad correspondían a los de su señora madre.

Esta semana, luego de que Medicina Legal confirmara que esos restos en realidad eran los de Cristina Guarín, comenzó un nuevo calvario: hallar a su mamá.

En 1985, EL TIEMPO informó sobre la desaparición de María Ferrer.

¿Qué hacía ese día doña María Isabel en el Palacio?

Ella se fue a hacer una llamada al Palacio de Justicia porque una amiga trabajaba en el cuarto piso. Habíamos quedado en encontrarnos en el centro y que antes me llamaba a la casa. Cuando me llamó me dijo que no sabía qué pasaba. Ya yo había escuchado la noticia y no quise decirle nada. Prefería decirle que tratara de bajar por el ascensor, pero me decía que no subía. Le dije entonces: ‘bájate por las escaleras’. Pero su respuesta fue que estaban ‘parando y no podía pasar’. Me contó que estaba en la oficina del doctor (Carlos) Medellín, quien era en ese momento el rector del colegio Gimnasio Moderno. Como mi hermano estudiaba allá, lo conocía. Luego fue, arrastrándose, a otra oficina y de ahí me llamó por teléfono. Lo hizo dos o tres veces. Y a eso de la 1:45 de la tarde me dijo: ‘Ya no puedo hablar más’. No volví a hablar con ella.

¿Cómo les entregaron el cuerpo?

Ese día llamé al Palacio y ya no me contestaban. Llamé a las emisoras, a todas partes y no me daban razón. Decían que estaban enviado a las personas a sus casas. Pero ella no llegó. El domingo le avisaron a mi papá que fuéramos a reconocerla en Medicina Legal. Fui hasta allá y nos dieron un pedazo de un zapato y un cuadradito del pantalón que ella tenía, pero el cadáver estaba calcinado. No podía saber que era ella. Yo salí y le dije a mi papá este es el cuerpo.

El acta de defunción dice que es ella, pero no dice causas de muerte. Nos la entregaron sin ninguna prueba. Yo siempre, en estos 30 años, quizás esperando este momento, siempre decía: esa no es ella. Con el cadáver completamente calcinado, no había forma de decir que sí era ella, porque estaba en una cantidad de bolsas.

¿Imaginaron que esto podría pasar?

Yo siempre lo dudé. Esperaba que mi mamá algún día llegara a la casa. Todas las noches la esperaba. El día de mi grado de fisioterapeuta esperaba que llegara. Nunca acepté su muerte. Incluso hablaba con mi papá de que no era ella.

Le preguntaba: ¿cómo la reconoces? Es que estaba muy quemada, no se podía reconocer. Era algo como acurrucado, se veía un montoncito ahí. Es que en ese tiempo no había las pruebas de ADN, ni nada.

¿Qué les dijeron después?

A mi papá días después lo llamaron y le dijeron que fuera a poner en claro quién era mi mamá porque la tenían como si ella hubiese sido una guerrillera campanera que contaba todo. Si ella salió viva del Palacio, la tuvieron que haber torturado, no sé qué más le harían.

¿Cuándo la Fiscalía les notifica que va a exhumar los restos?

Nunca me notificaron. Me enteré viendo las noticias en internet.

¿Su papá siempre creyó que su mamá estaba en Jardines de Paz?

Mi papá murió hace 11 años. Murió pensando que ella estaba allá.

REDACCIÓN JUSTICIA
justicia@eltiempo.com

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