¡Me muero del susto!

¡Me muero del susto!

Disfrutar el miedo que produce una película de terror y otras experiencias es un estado adictivo.

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21 de octubre 2015 , 11:17 a.m.

“Cuanto más susto, más gusto”, esa parece ser la consigna de quienes no se cambian por nadie cuando disfrutan una película de terror o se exponen a las sorpresas de una montaña rusa o de la misteriosa casa embrujada de un parque de diversiones.

Que para unos sea una experiencia excitante y para otros una tortura “tiene que ver con las emociones que aprendemos y las que heredamos –explica la psicóloga clínica Liliana Zambrano–. Y el miedo es una emoción 50 por ciento aprendida y 50 por ciento heredada”.

Según la experta, el desarrollo de las neurociencias nos recuerda que el llamado cerebro reptil (área del cerebro), busca el placer y actividades que le produzcan excitación y eviten el dolor. Esta área, en conjunto con los neurotransmisores y la bioquímica del cerebro, da un tinte de excitación, estado de alerta ante eventos visuales, auditivos o sensoriales que podemos experimentar en un parque de diversiones o al ver una película de terror.

Este conjunto de sustancias produce un estado que se vuelve adictivo para la mayoría de personas. Aunque les cause miedo o terror sienten una sensación bioquímica que impacta el sistema nervioso y lo saca de su zona de confort. Y la percepción se califica como agradable por el estado de alerta que causó, o desagradable por el impacto. Esta segunda emoción tiende a evitarse.

Zambrano dice que si hablamos de sensaciones, “la mayoría de seres humanos sentimos igual, pero percibimos de manera diversa, porque la percepción involucra una interpretación de cada persona y es libre y obedece en la mayoría de los casos a conductas aprendidas”.

Las personas que gozan estas situaciones tienen, por lo general, “características de personalidad enfocadas a experimentar placer y satisfacción ante el riesgo, generando un aumento de la adrenalina, algo que se evidencia especialmente en adolescentes y en quienes practican deportes extremos”, explica la psicóloga clínica Bibiana Castillo.

¿Y por qué a otros no les gusta? El ser humano es un conjunto de percepciones y de historias de su pasado. “Si de niño se le encerró en un cuarto oscuro y pasó un mal momento y guardó esto en su memoria y no lo ha trabajado, se activarán anclas de su pasado y lo llevarán una vez más a ese mal momento”, asegura Zambrano.

Según Castillo, “los miedos son aprendidos desde temprana edad por observación o exposición a situaciones dentro del contexto en el que se mueve, de tal forma que al ser un proceso aprendido, puede desaprenderse por diferentes métodos psicoterapéuticos”.

El miedo es hasta saludable

Pero sentir miedo no es malo. Es una emoción universal que viven todas las personas, “y es una conducta adaptativa, forma parte del instinto de supervivencia. Gracias al miedo podemos evitar ciertas situaciones conflictivas”, explica el psicólogo César Sierra. Y “es la respuesta natural ante el peligro que todo ser humano experimenta”, agrega Castillo.

Si bien hay miedos que se pueden aprender, por ejemplo, a los insectos, a los perros, a los monstruos, “la emoción general del miedo no se aprende, es instintiva”, dice Sierra.

Esa fascinación por el terror puede convertirse en una perversión, pero no por sentir atracción por las películas de terror, por ejemplo, o el cine gore (que muestra imágenes sangrientas o de violencia extrema) se tiene una estructura de personalidad perversa. “Este cuadro de personalidad, al igual que la estructura neurótica o la psicótica, se empieza a generar en los primeros cinco años de vida del ser humano”, explica el psicólogo César Sierra.

Para el experto, disfrutar este tipo de imágenes a veces es un intento de sublimar aquellos impulsos que quisieran vivirse en la realidad, pero que se gozan con algo ficticio. “Por ejemplo, una persona quisiera convertirse inconscientemente en maltratador o asesino en serie, pero su estructura psicológica y su moral no se lo permiten.Menos mal, porque es preferible que solo lo lleve a cabo en la fantasía”, apunta Sierra.

Y sentir miedo puede ser saludable. Bien administrado ayuda a mejorar la confianza y la autoestima. Mucho tiene que ver lo que nos enseñan, y se aprecia en situaciones tan cotidianas como esta: en un parque de diversiones el niño puede experimentar diferentes velocidades y caídas libres. El cerebro aprende rápidamente que aunque está en riesgo, es momentáneo y sigue la vida. “Cuando se le permite al pequeño practicar actividades con riesgos motores bajo la supervisión de un adulto, como escalar una viga o montar en una montaña rusa, le ayudará a que en el futuro aprenda a cuidarse, medir sus propias fuerzas y conocer sus límites”, explica Zambrano.

Ahora bien, no se genera el mismo miedo al vivir una situación que se sabe ficticia, como ver una película, a cuando nos enfrentamos a una situación real, como que nos aborde un asaltante o que una fiera se nos cruce mientras damos un paseo. “Es diferente porque la situación ficticia se puede evitar para no producir miedo, a diferencia de verse enfrentado a una situación real donde se percibe peligro y la respuesta puede ser inesperada”, agrega la psicóloga Bibiana Castillo.

Nuestro sistema nervioso cuando ve una película de horror en verdad cree que está dentro de la película y que es a él a quien se le persigue o está bajo riesgo, por eso en ambas situaciones (la ficticia y la real) se sentirá miedo, pero será diferente.

Esa es la razón por la que los niños menores de 12 años, así cierren los ojos o se le apague el televisor, quedarán metidos en la película. Un adulto que disfrute el terror, en cambio, podría sentirse el camarógrafo de la película y terminada esta, apaga su cámara y hasta ahí llegó todo. Para otras personas no es tan fácil procesarlo y continuarán por un lapso breve sintiendo terror y les costará trabajo dormir con la luz apagada.

Miedos desagradables y otros más excitantes...

A la luz de expertos en psicología, los miedos más comunes del ser humano son a hablar en público, a viajar en avión, a envejecer, al abandono, a estar solo, a los espacios cerrados, a las arañas, a la oscuridad y a la muerte. Y los miedos que más se goza son los que provocan los deportes de alto riesgo, juegos mecánicos en parques de diversión y películas de suspenso, entre otros.

El miedo es una emoción 50 por ciento aprendida y 50 por ciento heredada. Es un reflejo de los seres humanos para proteger nuestro cuerpo y nuestra vida.

Asesoría: Bibiana Castillo, psicóloga clínica especialista en Psicología Clínica de la Niñez y la Adolescencia, Cel. 320 291 2464. Liliana Zambrano, psicóloga clínica y empresarial, creadora de los programas de ASEIA, Tel. 601 4999, Bogotá. César Sierra, psicólogo y director académico Facultad de Ciencias Sociales Politécnico Grancolombiano, sede Medellín, csierrav@poligran.edu.co

FLOR NADYNE MILLÁN MUÑOZ

@NadyneMillan

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