Mompox renace a ritmo de jazz con profesores internacionales

Mompox renace a ritmo de jazz con profesores internacionales

Dueño de una larga tradición musical, el municipio apuesta por el talento de los niños y jóvenes.

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20 de octubre 2015 , 08:47 p.m.

Hacía falta un libro como el que acaba de publicar el investigador Jesús Zapata Obregón, titulado 'Mompox y su cultura musical (Una visión histórica y social 1540-1993)', una obra que durmió 20 años en un anaquel y que fue rescatada por la editorial La iguana ciega para recordarnos que además de su valor arquitectónico, este bello municipio ha sido cuna de grandes músicos y compositores.

Desde las preciosas y sonoras flautas de pico elaboradas por los indígenas malibúes en el periodo precolombino, pasando por la influencia de andaluces y castellanos, los ministriles empleados para atraer a los fieles, los aires de zarabanda y pavana que engalanaban los salones de la aristocracia en el siglo XVII, y la influencia de cinco órdenes religiosas que emplearon la música con fines evangelizadores, la historia de Mompox no solo se cuenta a través de grandes gestas independentistas (“Si a Caracas debo la vida, a Mompox debo la gloria”, declaró Simón Bolívar), sino también en el amasijo de músicas que define su particular elegancia de río y albarrada.

Confirmando que para ciertos efectos el tiempo se ha quedado detenido en el Caribe, Zapata cuenta, por ejemplo, que en 1732 el Obispo Gregorio de Molledo y Cherque prohibió bajo amenaza de pena grave los bailes y fandangos llamados bundes en toda la Diócesis de Cartagena, “reconociendo las inconveniencias y pecados que se originan de semejantes diversiones de sí deshonestas”; nada distinto a lo que hoy, en pleno siglo XXI, intentan imponer ciertos cabildantes de Cartagena a los menores de edad que en su criterio, han sido poseídos por la champeta y otros ritmos demoníacos.

En el pasado musical de Mompox, brillan nombres como los de Manuel Ildefonso Villanueva, Dimas Pontón, Manuel Esteban Miranda, Horacio Tarcisio Rojas y Josefa Torres Castro, una humilde vendedora de bollos que a pesar del analfabetismo, compuso valses, mazurcas, danzas y marchas religiosas.

Con semejante pasado a cuestas, es fácil comprender la importancia que tiene hoy en el municipio la formación de nuevos talentos musicales, y por qué el festival de jazz -que este año llegó a su cuarta edición- apuesta por los intercambios con maestros colombianos y estadounidenses para que niños y jóvenes de la depresión momposina reciban educación de la mejor calidad.

Durante un taller de vientos dictado por músicos y profesores de la Tennessee State University (TSU), que llegaron al país gracias al apoyo de la Embajada de Estados Unidos y el Instituto de Cultura y Turismo de Bolívar (Icultur), los estudiantes tuvieron oportunidad de ensayar con músicos experimentados que irán seleccionando a los más aplicados de cara al campamento de verano que se realizará el próximo año en  Nashville, sede principal de esa universidad.

Según James Sexton, quien hace parte de los procesos de formación por segundo año como director de la banda de jazz de TSU, “el talento de estos jóvenes no deja de asombrarme. Si comparamos a Nashville con esta región de Colombia naturalmente encontramos que hay estilos diferentes.

En el caso nuestro, hablamos del blues, del rock o de la música country; pero aquí también hay riqueza asombrosa de ritmos por explorar y en eso nos parecemos. El jazz, por ejemplo, es un magnífico punto de encuentro para que nuestras culturas musicales dialoguen porque el jazz es el árbol de cuyas ramas han brotado las demás músicas”.

Convenios interinstitucionales como el celebrado entre la Universidad Francisco de Paula Santander, seccional Ocaña, y la Fundación Artística y Cultural Santa María de Mompox, bajo la dirección del maestro Alberto Abuabara Martínez, también han servido para fortalecer la educación musical en el municipio.

“El jazz es un momento de pasión, es una forma de hacer música. Ahora mismo estamos aprovechando los días del festival de jazz para ensayar con este ensamble y queremos aprender mucho de los músicos que visitan al municipio”, dice Giancarlo Alemán, un joven flautista que practica con un grupo venido desde Norte de Santander.


Según Kevin Reinfstang, director de la Casa de la Cultura de Mompox, “el festival ha fortalecido el nivel de las dos escuelas locales y ha despertado interés en otros jóvenes por la música. En estas actividades actualmente participan 65 estudiantes bajo la tutela de maestros como Agustín “El Conde” Rodríguez”, un gran arreglista momposino que ha trabajado con músicos de la talla del Joe Arroyo”.


Es evidente que el impacto mediático del festival ha logrado atraer la atención del país y de los visitantes extranjeros hacia este hermoso rincón bolivarense. Del peso histórico y de la belleza arquitectónica de Mompox nadie puede dudar, pero quizás faltaba una buena excusa -más allá de sus famosas procesiones- para volver a su encuentro. El jazz ha sido la apuesta de las autoridades, y en ese sentido, podemos decir que el festival es el mejor estartazo hacia el renacimiento de Mompox como destino cultural.

Para Juan Carlos Gossaín, gobernador de Bolívar, “el evento no es más que un pretexto musical para convertir a Mompox en una vitrina internacional y eso es lo que estamos logrando. Por eso no hicimos un festival de música tradicional o folclórica, pues se hubiera quedado en un público estrictamente local. Más bien queríamos un festival que integrara fusiones musicales con el gusto de muchas personas de diferentes lugares de Colombia y del mundo, y como en nuestro país ya existe un circuito muy importante de jazz, buscamos que todas esas personas que hoy asisten a ese circuito incluyeran a Mompox. El maestro Justo Almario, lo describió de la forma más poética y musical posible cuando dijo que desde las orillas del Mississippi, serpenteando por la cuenca de las Antillas Mayores en el Mar Caribe y llegando al río Magdalena, el ritmo de los tambores y de la percusión de los negros africanos es exactamente el mismo. Y de ese origen, de esa raíz común, se derivan una cantidad de aires e interpretaciones que se llaman salsa, merengue, jazz latino, etc., que con más o menos diferencias, terminan siendo en últimas expresiones vivas del jazz”.

Mientras agradecen el entusiasmo de las autoridades y el eclecticismo de un festival que acoge por igual la salsa, el blues y la champeta, hay quienes creen que la supervivencia del mismo dependerá, por encima de todo, de que los propios momposinos se apropien de él en función de mejorar la oferta de servicios turísticos de cara al río.

En últimas, el evento debería propiciar -y de hecho ya sucede gracias al Sena- un trabajo de recuperación de la gastronomía local, o la creación de recorridos bilingües por el Magdalena, las iglesias y el casco histórico. La idea es que música, patrimonio y turismo se complementen como factores generadores de progreso.

En una brevísima encuesta callejera, pregunté a los estudiantes, mototaxistas y tenderos si tenían al menos una idea remota de lo que es el jazz, pero el término les resultó bastante raro. Los pocos que se atrevieron a responder, asociaron el festival con mejores ingresos por cuenta del turismo. De ahí la importancia que tiene para un municipio con tanta historia musical como Mompox, rescatar el legado de sus maestros y dar continuidad a los procesos de formación artística en las nuevas generaciones. El jazz puede ser ese cruce de caminos, el pasadizo que hermane los viejos blues con la herencia del zambaje y las parrandas de bogas, el punto de encuentro para que, una vez más, el Mississippi y el Magdalena confundan sus aguas y sus músicas.

JUAN MARTÍN FIERRO
Especial para EL TIEMPO

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