Cartagena llora al artista que inmortalizó los bailes de champeta

Cartagena llora al artista que inmortalizó los bailes de champeta

Freddy Cortina Rojano, pintor de la champeta, murió el 22 de agosto de 2015 a los 61 años

20 de octubre 2015 , 09:47 a.m.

Una silueta de una mujer contonea las caderas y la mano atrevida de un hombre la abraza. Suena la fiesta en las luces, en la falda que se mueve y el picó que dispara ondas sonoras. Así son las escenas recurrentes en los cuadros de Freddy Cortina Rojano, el pintor de la champeta.

Creció en el barrio popular Nariño, vecino del cantante Joe Arroyo. En varias ocasiones lo ayudó en sus conciertos en la tramoya y cuando las mujeres danzaban sobre el escenario como antesala, Freddy exclamaba: ¡Bajen esas mujeres y que suba el Joe Arroyo a cantar!

Empezaba el concierto y los ojos de Freddy se posaban sobre el tumulto. Las cabezas que se bamboleaban de un lado para otro, los pies al compás de la salsa, el sudor que se disipaba en el ambiente y los destellos de luces que silueteaban las figuras amorfas.

Tan pronto Freddy encontraba una tela, madera, o cualquier otro material, pintaba las parejas bailando, zapateando las melodías idílicas del Joe Arroyo y Wachy Meléndez.

“A Freddy lo conocí en Torices, en el año 79, en la 1356, una oficina donde iban personas a dialogar de arte y en una tarde vi dos cuadros que estaba terminando y quedé sorprendido con sus trazos”, rememora Luis Carlos Martínez, dueño de la Galería Santo Domingo, mientras sostiene sobre sus brazos y sus pies algunos de los 120 cuadros que guarda de Freddy.

En sus obras es común ver movimiento, tonalidades que se difuminan entre otras y la línea múltiple que le ayudaba a simplificar las extremidades de los bailarines en los cuadros.

Freddy trabajaba en el garaje de la casa de Luis Carlos. Tenía habilidad en escultura, pintura, restauraba piezas, y ayudaba en el montaje de obras. En campañas políticas hacia avisos publicitarios o ayudaba a estudiantes en carteleras.

“En un tiempo vivió en mi casa en Torices, atrás teníamos un terreno donde hicimos una casa y allí se mudó Freddy un tiempo. Pero a él le gustaba su loma de Nariño. Vivir en esas lomas es tener una vista de Cartagena, de su paisaje marino”, reitera.

Sus obras mostraban lo que sucedía en los barrios, en un baile improvisado y seductor tanto para los danzantes como para el observador. “Era un artista bohemio que no estuvo detrás del dinero y fama. La estética visual de su obra tenía una identidad porque ha habido muchos artistas caribeños que están arraigados al romanticismo de los años 60. Tratan solo de copiar el legado de la herencia de Alejandro Obregón que se convierte en un cliché.

Pero en Freddy ves unas características del realismo mágico sin parecerse a nadie, solo capturar la cotidianidad”, comenta Jorge Puello, estudiante de Artes Plásticas y quien conoció a Freddy en sus visitas a la galería.

“Siempre le admiré que no fuera un copiador, sino que tenía autenticidad. Lamentablemente no sé cuándo fue, ni cómo, lo cierto es que Freddy cayó en la adición de drogas recreativas”, expresa con nostalgia Alonso Cortina Gutiérrez, reconocido internista y reumatólogo de la ciudad, hermano de padre de Freddy.

“Freddy me decía que hablara con Nicolás Curi, que en ese entonces era el alcalde de la ciudad, porque tenía la solución a los problemas de las pandillas. A veces me decía que iba a vivir en los árboles y aunque me resistía a creerlo, al parecer una que otra noche lo hizo”, cuenta Alonso quien exhibe con orgullo cuatro pinturas y un madero tallado por su hermano en su consultorio ubicado en el Centro Histórico.

Le gustaba pintar sobre lo que veía al momento. Una vez encontró un madero en la playa y sobre él pintó un cristo. Otras veces tomaba varios pedazos de triple y los unía para hacer trípticos, pero siempre el movimiento estaba presente. Cuando le pedían obras por encargo firmaba como‘Rojano’, su segundo apellido. Freddy solo se sentía orgulloso de lo que pintaba de su propia inspiración, sin influencias.

“Él hacia un cuadro y nada más. Ningún cuadro es igual a otro. Una vez me cansé de que me hiciera una pintura de una revista y nunca lo pudo hacer, él hacia lo que le inspiraba”, asegura Bertha Acevedo, esposa de Alonso Cortina y quien también colecciona varios cuadros del pintor en su casa.

Pero el cuerpo de Freddy no pudo más. Murió el 22 de agosto de 2015 a la edad de 61 años. Estaba debilitado por las escasas porciones de comida que consumía y los pocos cuidados que tenía. Familiares y amigos no recuerdan con exactitud cuántos hijos tenía Freddy. David fue el único de los varones y Evelyn, una mujer que afirma ser su hija y que conoció la familia Cortina el día de su sepelio. Dos gemelas que tuvo fueron dadas en adopción debido a la situación precaria en la que vivía el pintor. La madre es desconocida.

La familia de Luis Carlos afirma que el día de la muerte de Freddy sucedió algo inusual en el garaje, lugar de trabajo de él. “Escuchamos un ruido en la madrugada. Salimos a ver y no había nadie. Al día siguiente nos enteramos que había muerto. Freddy estuvo recogiendo los pasos en el garaje de mi casa”, dice con seguridad Sara Vergara, mamá de Luis Carlos y amiga de Freddy.

Para recordar a Freddy bastan sus obras que estarán exhibidas el año entrante en la galería. Tal vez al verlas sienta el sudor de la fiesta sobre su piel e imagine las calles polvorientas de un Nariño donde se toca champeta y se canta la salsa que Freddy pintaba.

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