Pueblos Patrimonio: Santa Fe de Antioquia, un museo al aire libre

Pueblos Patrimonio: Santa Fe de Antioquia, un museo al aire libre

Este municipio, cercano a Medellín, fue durante 285 años la capital del departamento de Antioquia.

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19 de octubre 2015 , 10:19 p.m.

Son las cuatro de la tarde de un lunes al final de un puente festivo. Luego de la invasión turística de tres días, Santa Fe de Antioquia de nuevo queda sola con los suyos. Un tropel de bicicletas se toma la plaza principal. Alguien afirma que suman más de dos mil. “No hay que exagerar”, dice otro entre risas. Al final coinciden en que “al menos hay más de quinientas”.

Todos están allí, como cada 20 de julio desde hace 43 años, para participar en el ‘Día Clásico de la Bicicleta’, un evento que convoca, en su mayoría, a los colegiales de este pueblo de 24.576 habitantes situado a 522 m. s. n. m. En contados minutos dará inicio la carrera que se tomará unas dos horas. Comienza a llover fuerte luego de cinco meses de sequía. Aun así, ninguno de ellos quiere perderse de esta fiesta que –entre tantas otras que aquí se desarrollan– consideran más propia. Por el contrario: las bromas y las carcajadas aumentan, e incluso se unen a la carrera nuevas multitudes.

¿Por qué este pueblo, que vive mayoritariamente del turismo, organiza un festejo justo cuando los turistas se han ido?

En Santa Fe de Antioquia están pasando cosas. De hecho, siempre han pasado cosas en Santa Fe de Antioquia, el pueblo que guarda la historia de los primeros apellidos que habitaron el departamento más pujante del país. Fundado un 4 de diciembre, durante 285 años fue capital departamental hasta que, amparado en su clima y su estratégica situación geográfica, Medellín se la arrebató en 1826.

Hoy, sus nueve cuadras fundacionales custodian celosamente un pasado de calles empedradas –con una limpieza que solo podría adjetivarse como “quirúrgica”– e inmensas casonas con fachadas de colores coloniales, amplios portales, ventanales pintados en tonos fuertes y pasillos ajedrezados que rodean patios frondosos de los que sobresalen las palmas y los mangos. En el centro de la plaza principal llaman la atención la estricta –casi militar– organización de venteros que ofrecen frutas y dulces caseros y, en general, en el pueblo, la señalización de rutas turísticas y la ausencia de neón.

El pueblo también se empeña en conservar creencias y costumbres de esa misma época. Basta recorrer un domingo sus cuatro iglesias principales, ubicadas en el marco fundacional, para entender la religiosidad y el carácter conservador –y profundamente sofocante– de toda Antioquia.

Con 291 metros de longitud que se recorren en 458 pasos, el emblemático puente de Santa Fe de Antioquia fue considerado, a finales del siglo XIX, el puente colgante más largo de Latinoamérica.

De resto, y a pesar de que el mar está a seis horas, este pueblo ensolarado evoca más a los costeños que a los paisas. Finalmente, es un pueblo ribereño con una dieta a base de pescado y tamarindo –¡y a eso huele!–. Su banda sonora está adobada con vallenatos y reguetón; el acento de sus vecinos es una curiosa mezcla entre Antioquia y Córdoba: paisa goppeao; e incluso la piel marrón y las facciones aindiadas de buena parte de sus pobladores hacen creerla vecina de Cartagena o de Mompox.

Santa Fe de Antioquia es una postal, un lugar fotogénico donde el sol rebota con rabia, tornando fluorescentes sus colores naturales: el verde de las montañas que la envuelven, el morado y amarillo de sus trinitarias, el anaranjado de sus tejados y el chocolate de los ríos Cauca y Tonusco, que la bañan. Justo en estas aguas, cada tarde, a las 3:34, reverberan con más fuerza los rayos soleados. Entonces, hasta las sombras son luminosas y el calor pasa a ser una suerte de “venganza satánica”. A esa hora vale la pena guarecerse en sus museos: el Juan del Corral y el de Arte Religioso. El primero sigue un libreto que inicia con los pueblos indígenas de la región y se adentra en la grandeza de las casonas de estirpe y en su derroche de vajillas europeas y finos objetos de orfebrería. El segundo ostenta una de las mayores riquezas religiosas del país, representada en más de 300 objetos que incluyen imaginería, inmensas ánforas de plata y, en especial, tallas donde los santos de madera adquieren presencia realista.

De una de ellas –‘La última cena’– se cuenta una leyenda. Al historiador medellinense experto en arte colonial, Juan Camilo Rojas, le chispean los ojos al relatarla: “El tallador contratado para adelantar este trabajo en el siglo XVIII fue condenado a prisión por no haber cumplido el encargo a tiempo. La pena se cumpliría al entregar la obra completa. El día que el pueblo pudo apreciar, en tamaño natural, a Jesús acompañado de sus apóstoles vestidos con coloridas túnicas alrededor de la mesa, confirmó que el único rostro que no se ajustaba al original era el de Judas: el traidor tiene por rostro el de aquel que condenó al tallador”.

En general, Santa Fe de Antioquia es un museo al aire libre. Este es tal vez su mayor atractivo y una de las razones por las que se sumó a los Pueblos Patrimonio –actualmente son 17– desde cuando, en 1959, Colombia dijo, como cuenta Alonso Monsalve, presidente nacional de Anato y vecino del lugar: “Estas son mis joyas, las voy a cuidar y todos vamos a trabajar por ellas”. Entre sus calles coloniales se encuentran, en las fachadas de las casas que habitaron, placas que homenajean a sus ilustres antepasados. María Centeno, Jorge Robledo, Atanasio Girardot, José María Ortiz, la madre Laura (vivió aquí 12 años como empresaria y aquí gestó su idea de evangelización), o José María Villa, constructor del famoso Puente de Occidente, un hito de nuestra arquitectura al que, por su diseño y belleza, se le compara con el de Brooklyn. Con 291 metros de longitud que se recorren en 458 pasos, fue el puente colgante más largo de Latinoamérica a finales del siglo XIX.

La Catedral Basílica de la Inmaculada Concepción es una de las valiosas obras artísticas coloniales que posee Santa Fe de Antioquia.

Otra gran atracción turística se encuentra a siete kilómetros de la cabecera municipal: una vieja casona que hace 26 años sirvió como escenario de una de las mejores producciones que ha hecho la TV nacional: ‘La casa de las dos palmas’, obra homónima de la novela del escritor Manuel Mejía Vallejo que narra la historia de un hombre que construye la más hermosa mansión –en un pueblo que podría ser este– con tal de ganar, sin conseguirlo, el corazón de su caprichosa amada.

Pero en Santa Fe de Antioquia, lo dije atrás, están pasando cosas. Quienes la visitan no solo buscan su belleza histórica. Es un pueblo que en Colombia se adelantó a la idea, tan en boga en el resto del mundo, de atraer turismo a través de eventos culturales. No solo está el Día de la Bicicleta, sino también, por listar apenas unos cuantos, el Festival de Cine (que este año llega a su edición 16), el de Fotografía, el del Tamarindo, el de Música Religiosa, la Fiesta de los Diablitos, la Semana Santa y, especialmente, la Semana Santica, un evento sin precedentes organizado por y para niños.

“La cultura es agua y el turismo es la corriente que la mueve. Sin este, aquella se estanca y muere”, afirma Alonso Monsalve. El turismo cultural es la suma de pedagogía con placer. En ello está empeñado Santa Fe de Antioquia. Por eso hace su propia fiesta luego de que los turistas se han ido: para que, al conocer todos sus rincones, sus habitantes ganen sentido de pertenencia y puedan transmitir luego ese orgullo a los visitantes.

Los jóvenes hoy no hablan de turismo, sino de “experiencia”: no se trata de conocer un lugar sino de vivirlo a partir de lo que lo hace diferente de los demás. A cincuenta minutos de Medellín, Santa Fe de Antioquia –con una exquisita gastronomía que hasta ahora no hemos mencionado y un silencio monacal que invita al disfrute y la reflexión– es el destino perfecto para perderse del atafago cotidiano y volver a respirar. El pueblo ofrece una amplia gama hotelera, como el Mariscal Robledo, sede de la primera reunión de la Red de Pueblos Patrimonio en el 2010. Con 75 años a cuestas, es uno de los más antiguos, hermosos y cálidos del país. Si en tiempos de bullicio el silencio es el mayor lujo, estas paredes coloniales recuerdan la frase que escribió Stendhal sobre Roma en 1827, “Queríamos estar en total libertad, sin pensar una sola vez en la obligación de ver nada”.

ALFONSO SÁNCHEZ BAUTE
ESPECIAL PARA EL TIEMPO
@sanchezbaute
Con el apoyo de Fontur y el Hay Festival Cartagena.

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