Editorial: Imperdonable violencia

Editorial: Imperdonable violencia

Las agresiones contra los adultos mayores por su propia familia son síntomas de sociedades enfermas.

18 de octubre 2015 , 08:43 p.m.

A juzgar por estadísticas recientes, a los colombianos parece olvidárseles que la mayoría llegará a la tercera edad, una etapa del ciclo vital de los seres humanos que se caracteriza por la vulnerabilidad.

Solo el año pasado, según registros de Medicina Legal, hubo 1.414 casos graves de agresiones físicas contra adultos mayores. Tal y como sucede con los niños, que son los seres más débiles de la sociedad, los responsables de estos hechos condenables resultaron ser, en la casi totalidad de los casos, sus propios familiares.

En lo corrido del año, la entidad ha registrado además 877 víctimas: cerca de la mitad de ellas presentaban heridas infligidas por sus hijos, y en un porcentaje significativo los agresores fueron los nietos.

Ensañarse contra los más vulnerables es un síntoma clásico de sociedades enfermas e incapaces de brindar el mínimo respeto y protección a estas personas, que se han ganado el derecho a vivir en paz la última etapa de su vida.

Valga aclarar que los atropellos no se limitan a los golpes y vejámenes físicos, que saltan a la vista; tampoco al maltrato psicológico, del que hacen parte los gritos, los insultos, el abandono, el aislamiento y la minimización padecidos en su entorno; su incapacidad para defenderse los convierte también en blanco de despojo de sus bienes materiales y económicos.

El abuso no acaba ahí, sino que se oficializa cuando el mismo Estado los priva de políticas, normas y acciones dirigidas a protegerlos, a brindarles bienestar y a salvaguardar su vida. Distintos estudios indican que hoy, en el país, los viejos son los más pobres entre los pobres, y que el grueso de la población que se acerca velozmente a la tercera edad no tendrá una pensión digna entre sus beneficios.

Es increíble, paradójico y triste que mientras los hacedores de estadísticas interpretan el aumento de la expectativa de vida como un valioso marcador de desarrollo, la sociedad, en la práctica, lo lea como un problema y acabe desechando y abusando de las personas que han ayudado a construirla.

Urge que todos los estamentos comiencen por reconocer que maltratar ancianos es una realidad que, tal vez, no quieren ver, pero que quizás ya forma parte de sus entornos más cercanos, bajo la peligrosa concepción de que es una situación normal o natural. Ese sería el primer paso para invocar las mínimas sensibilidad y solidaridad, de las que carecen las vergonzosas cifras de violencia contra los mayores, que a diario crecen.

Hay que decirlo sin ambages: a los abuelos se les debe hasta la vida; y aunque nunca su intención fue buscar el agradecimiento, toda la comunidad –empezando por el Estado y sus familias– tiene la ineludible obligación de garantizarles una existencia digna. Es lo menos que se espera de una nación que se pretenda civilizada.

Respetar, amar y cuidar a los ancianos, además de no hacerlos sentir invisibles, son actos de justicia. Aprender de ellos se convierte, para todos, en ingrediente vital frente al horizonte que vaticina que en el 2020 Colombia entrará al club de naciones con mayor población vieja. En ella estarán muchos jóvenes de los que hoy agreden a sus padres y que no quisieran que en ellos se validara, de nuevo, al gran Gabo cuando decía que “la muerte no llega con la vejez, sino con el olvido”.

EDITORIAL
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