'La barbarie en México se convirtió en algo normal': Sergio González

'La barbarie en México se convirtió en algo normal': Sergio González

El escritor resalta en su nuevo libro 'Los 43 de Iguala' la responsabilidad política en este hecho.

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18 de octubre 2015 , 08:41 p.m.

En mayo del año pasado, el escritor mexicano Sergio González Rodríguez obtuvo el Premio Anagrama de Ensayo con 'Campo de guerra', un alarmante y brutal informe periodístico sobre “el pacto suprainstitucional entre el poder político y el económico con el narcotráfico”, que además denuncia “la gran transformación de la era industrial hacia la era de la información de guerra”.

Pocos meses después de su lanzamiento, la desaparición de 43 estudiantes rurales en el estado de Guerrero, en México, demostró, de una manera impensada y cruel, que 'Campo de guerra' era más que un libro. A su manera, resultaba una iluminadora guía en el laberinto de violencia, intereses geopolíticos y alianzas criminales que conduce a la realidad mexicana, donde el 93 por ciento de los delitos permanecen impunes y más de 20 millones de armas –provenientes de Estados Unidos– se negocian día tras día en el mercado negro de la muerte. (Lea también: Estudiantes de Ayotzinapa no habrían sido asesinados en el mismo lugar)

A un año de los hechos con los que México sacudió al mundo, el gobierno del priista –del Partido Revolucionario Institucional (PRI)– Enrique Peña Nieto sostiene que la mayor responsabilidad la comparten el cartel Guerreros Unidos, la policía local y, en alguna medida todavía incierta, el alcalde de Guerrero, José Luis Abarca, y su esposa, María de los Ángeles Pineda. (Vea aquí: Las versiones encontradas sobre los 43 desaparecidos de Ayotzinapa)

La Procuraduría General de la República (PGR) ya detuvo a más de 100 presuntos partícipes en las desapariciones, Abarca y Pineda incluidos, y el 16 de septiembre capturó a Gildardo López, el ‘Gil’, señalado como el autor material de la desaparición de los normalistas. Por su parte, el Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes sobre Ayotzinapa (Giei) de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos presentó hace 20 días un informe de 560 páginas, en el cual se asegura, entre otras cosas, que los cuerpos de los estudiantes no fueron incinerados en el basurero de Cocula, tal como aseguraba la versión oficial de la PGR.

Mientras tanto, en su nuevo libro 'Los 43 de Iguala' (Editorial Anagrama), González Rodríguez –autor de 'Huesos en el desierto', tal vez la mayor investigación sobre las “muertas de Juárez”– enmarca la tragedia en el rol que la CIA habría jugado en Guerrero desde los años 70, y apunta que lo peor de las sucesivas masacres con las que convive el México actual es la tolerancia que las culturas contemporáneas demuestran hacia lo que debería ser inadmisible. “La barbarie se ha instalado entre los pliegues de la normalidad –dice, en diálogo con 'La Nación'–, y por eso ya es tan difícil analizar y entender la verdadera dimensión de lo atroz. Pero es imprescindible comprender las razones y el alcance de lo que ocurrió, que trasciende la política tal como nos dicen que es. Hoy, la política institucional se reduce a la mera gestión de intereses donde siempre pierden los que menos tienen. Se manipulan efectos en lugar de atender causas”, dice el autor.

Sergio González Rodríguez nació en Ciudad de México en 1950. Es autor de novelas e hizo la mayor investigación sobre los femicidios de Ciudad Juárez entre 1990 y el 2000. / Foto: Archivo Particular.

¿Ayotzinapa demostró que no hay límites para esa “barbarie normalizada”?

Sí, eso es lo más grave. ¿Cómo es posible que en México –y en otros lugares del mundo– acontezcan una y otra vez actos de enorme barbarie y violencia, impensables en sociedades supuestamente normadas por principios constitucionales y derecho convencional? Yo advierto sobre la barbarie que crece dentro de la normalidad, que no queremos o no sabemos ver. Yo quiero alertar sobre eso.

A la luz del análisis geopolítico y cultural que presenta en ‘Campo de guerra’, ¿cómo habría que pensar el caso de Ayotzinapa, en Guerrero, y el del fotógrafo Rubén Espinosa, amenazado en Veracruz y asesinado en la Ciudad de México?

El desastre institucional es responsable de la barbarie contra los estudiantes de Iguala. Y también, de la inseguridad extrema en todo el territorio nacional, que se refleja por igual en la casi absoluta impunidad de todos los delitos cometidos en México y en el asesinato de más de 100 periodistas en los últimos quince años. (Lea: Asesinan a líder que buscaba 43 estudiantes desaparecidos en México)

¿Hasta dónde llega la participación institucional en la desaparición de los 43 estudiantes?

El episodio de Ayotzinapa revela, tal como surge de mi investigación, una intervención militar muy bien elaborada que las autoridades mexicanas no investigaron. En los documentos que menciono consta que, en los años 70, la CIA propuso y llevó adelante la siembra de adormidera en el estado de Guerrero para elaborar la goma de opio. Hoy México es, después de Afganistán, el mayor productor mundial de adormidera (planta de opio). Y en Guerrero se produce más del 60 por ciento de la adormidera y goma de opio cultivada en México. En 'Los 43 de Iguala' señalo que la operación que masacró a los estudiantes es parte de la táctica de contrainsurgencia que la CIA plasmó en la zona desde décadas atrás. Su objetivo es crear un efecto de terror en la población. Este tipo de aplicación paramilitar, donde el ensañamiento y la atrocidad tienen un papel preponderante, también se puso en práctica en Colombia y en El Salvador. Cabe recordar que el Ejército mexicano tomó cursos de contrainsurgencia y contraguerrilla en Estados Unidos, y la actual doctrina de seguridad estadounidense equipara el tráfico de drogas con el terrorismo.

Si para Estados Unidos el tráfico de drogas es equiparable al terrorismo, ¿por qué habría incentivado la siembra de adormidera en Guerrero?

De manera formal, Estados Unidos persigue el narcotráfico. Pero, al mismo tiempo, necesita el control del aprovisionamiento para sus propias comunidades deprimidas, ya que como todos sabemos la droga es un elemento de control social. Y Estados Unidos constituye el mayor mercado mundial de consumidores de drogas. Lo que vimos en el caso de los 43 fue una operación de paramilitares destinada a crear un clima de espanto en la sociedad y de escarmiento a aquellos que ejercen tareas de activismo radical-revolucionario.

Durante el gobierno de Felipe Calderón se habló mucho de México como “narcoestado”...

México no es tanto un narcoestado como un ‘Estado-nación a-legal’, estragado por Estados Unidos, una gigantesca máquina ensambladora dispuesta para satisfacer los imperativos estadounidenses. Hoy la sociedad mexicana se encuentra en la línea de fuego entre varios contendientes: la potencia geoestratégica de Estados Unidos, las fuerzas armadas y policías locales, el crimen organizado y, a últimas fechas, la guerrilla en Guerrero y las ‘autodefensas’ ciudadanas en Michoacán y Guerrero, que dicen ofrecer paz a partir de las armas.

En ese contexto de guerra multilateral, ¿cómo se entiende la fuga del ‘Chapo’ Guzmán?

Se entiende si se deja a un lado la historieta de policías versus ladrones, o la del supercriminal capaz de vencer él solo todas las dificultades. Así como no existe el crimen perfecto, sino las malas investigaciones, no hay criminal importante sin protección del poder político y económico.

En países donde los funcionarios públicos son parte del crimen organizado, ¿exigir la restauración de la ley es una ingenuidad?

Formalmente, las normas están en todas estas sociedades. Pero en las nuestras no se cumplen, y eso ya lo sabemos. La novedad es que ahora tenemos una cultura que, por múltiples razones, tiende sistemáticamente a tolerar la barbarie.

¿Cuáles son esas razones?

Algunas de ellas, las más visibles, hay que buscarlas en el desarrollo tecnológico y en las nuevas formas de comunicabilidad, que a su vez generan narrativas que van del espectáculo a la política y crean un mundo en el que no sorprende que la barbarie empiece a ser, digamos, gestionable. Así, desde los gobiernos se nos dice: “Como no queremos cambiar las causas y los orígenes de los contrastes sociales, vamos a gestionar sus efectos”. Es lo que alguna vez dijo un funcionario mexicano en Ciudad Juárez: “Este año solo tuvimos 12 asesinatos de mujeres, lo que entra dentro de lo normal”. ¿Cómo puede ser que esto sea normal? (Lea aquí: Dos colombianos integran equipo de CIDH por desaparecidos de México)

En sus libros menciona que la izquierda radical -como la que formó a los estudiantes de Ayotzinapa- es un aliado, involuntario tal vez, de esa “barbarie normalizada”.

Así es. La discusión sobre si hay una violencia ‘mala’ y otra ‘buena’ es muy antigua, y a partir del 11 de septiembre de 2001 ha adquirido un significado nuevo. En efecto, desde el atentado a las Torres Gemelas, la sociedad global contemporánea se ha moldeado a partir de la idea planetaria de la seguridad nacional de Estados Unidos con un régimen de control y vigilancia. En esa sociedad global, el Estado se vuelve terrorista en nombre del combate a los terroristas, por lo que el índice de violencia social aumenta y la tolerancia general frente a esa violencia también. Eso le abre la puerta a la “barbarie normalizada”, ya que hoy toleramos situaciones que tiempo atrás nos resultaban escandalosas. La violencia ‘buena’ se ve a sí misma como oposición, pero en realidad refuerza ese estado de cosas. Desde mi punto de vista, lo único de veras indispensable es cruzar informaciones, educar y revolucionar la mente de las personas. Dejar atrás la explicación simple que tiende a dividir a los protagonistas en buenos y malos.

¿Es posible que el contacto cotidiano con noticias de crímenes cada vez más violentos haya generado en la población cierta indiferencia? ¿Preferimos no saber realmente qué ocurre?

Por supuesto, los medios tienen la obligación de reducir el espectáculo y acrecentar la exigencia política. Pero, a mi juicio, la indiferencia que mencionas se origina más en las fallas de las instituciones encargadas de procurar la justicia y defender la ley que en la exposición en los medios de las noticias criminales. Además, son justamente esas fallas las que incentivan la idea popular de la desobediencia a la ley y de la justicia por mano propia.

¿La incesante matanza de periodistas en México, que ha convertido al país en el más peligroso del mundo para el ejercicio de la profesión, se debe a que la prensa representa el último obstáculo del poder corrupto para actuar en impunidad?

En muchas partes del país, el poder económico y político ha recurrido al crimen organizado y a los delincuentes comunes como apoyo financiero y como un instrumento de gobernabilidad, una situación nefasta que altera por completo el pacto entre el Estado y la sociedad. Esto sucedió en Iguala, en el caso de los 43. En este entorno, la libertad de expresión se ve coaccionada y, a cambio, proliferan las opiniones mediáticas que apoyan las versiones oficiales. ¿Qué queda? Persistir, a pesar de las adversidades. Albert Camus (novelista, filósofo y periodista francés) señalaba que la tarea de Sísifo (personaje de la mitología griega) no solo tiene su lado fatal, que es el de empujar una roca enorme hasta que caiga por su propio peso desde la cima de una montaña; también es una tarea de lucidez a pesar de todo, que implica comenzar siempre de nuevo. No conozco mejor ejemplo de optimismo.

¿Cuáles fueron los momentos decisivos de su evolución profesional, que lo llevó de la crítica literaria al ensayo geopolítico?

En las últimas tres décadas, el auge ultraliberal en la economía y la política y la unificación de protocolos militares a nivel continental trajo consigo la tendencia de soslayar los factores geoestratégicos que impactan en los Estados nación de América Latina. Un ejemplo es la noción de ‘crimen organizado’, que en general se entiende en el marco reducido de la criminología y las políticas criminales, cuando su accionar trasciende ese límite. De la mano de la revolución tecnológica de estos años, se moldeó entre nosotros una suerte de amnesia y anestesia que se nutre de propaganda, versiones oficiales, desinformación y estímulos emotivos que obstruyen la claridad y la crítica. Para detectar mejor esa dimensión, yo he transitado de los estudios literarios al periodismo y, de allí, al estudio del derecho.

¿Qué rol le cabe a la cultura en este escenario que describe?

Si no fuera por la cultura, ninguna sociedad habría sobrevivido. Por desgracia, ahora ha triunfado una idea insignificante de la cultura, que la reduce a algo decorativo, secundario y ornamental, circunscripta al espectáculo. La globalización ha impuesto homogeneidad en lugar de un cosmopolitismo de la diferencia, y convivimos con sus efectos perniciosos. Pero la cultura, su memoria, constituye uno de los antídotos contra la injusticia, la crueldad y los abusos.

LEONARDO TARIFEÑO
La Nación (Argentina)

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