'No se sabe de dónde puede saltar alguien para atacarte'

'No se sabe de dónde puede saltar alguien para atacarte'

Joven estudiante cuenta cómo vivió la nueva ola de violencia entre israelíes y palestinos.

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17 de octubre 2015 , 06:40 p.m.

La dura dinámica de las últimas semanas ha devuelto al israelí promedio la sensación de que aquí de todos modos el peligro está siempre latente y que los recuerdos de tantas otras épocas de asiduos atentados acechan en cada esquina.

“No se sabe de dónde puede saltar alguien para atacarte. Hay que caminar mirando para todos lados”, comenta Mijal, una joven estudiante, mientras decide si es el momento oportuno para encontrarse con una amiga de ella en un café.

“Lo seguro es que está prohibido sentarse en un sitio en el que no exista un guardia a la entrada”, agrega, recordando que en la segunda intifada (2000-2005), no había ni un lugar público sin alguien en la puerta para intentar frenar a tiempo a un suicida con explosivos.

Alon, que estudia su último año de secundaria, tiene instrucciones claras de su madre: “No juegues con el teléfono celular mientras esperas el autobús. Permanece atento, con ojos bien abiertos”, le dice insistentemente. “Sólo así podrás quizás ver a tiempo si alguien saca un cuchillo o si un automóvil se desvía repentinamente para embestir el paradero de buses”.

A sus amigos, la madre les comenta el dilema moral de fondo: la seguridad de su hijo es para ella lo primordial, pero no quiere que las indicaciones acerca de cómo cuidarse pasen por frases que lo alerten sobre los ciudadanos en general, para no educarlo con prejuicios que generalicen y, por ende, sean injustos.

Aquí se mezclan varios pensamientos. La necesidad de seguir viviendo con la mayor normalidad posible y el deseo de no permitir que los atacantes logren no solo matar o herir, sino también aterrorizar. Y garantizar la propia seguridad. Esto es una situación de la que nadie puede asegurar si termina sano y salvo el viaje en autobús al trabajo o de regreso a casa, o si no lo acuchillan mientras se hacen las compras del día.

Simi, manicurista en una peluquería del centro de Jerusalén, confiesa que de noche “ni sale de casa”. Asegura que va por la calle mirando los rostros de quienes puedan parecerle atacantes potenciales.

Algunas compañeras de trabajo comentan que lo terrible es que puede ser cualquiera (un atacante). “Un empleado del supermercado al que vemos siempre, el que está todos los días detrás de un mostrador en cualquier tienda que quizás oyó una incitación antiisraelí y salió de su casa decidido a matar”, comentan.

Un elemento que da gran inseguridad a la población judía es el hecho de que los árabes de Jerusalén Oriental son parte integral de la población. Tienen cédula azul como los otros ciudadanos y se movilizan libremente por todo el país. Trabajan con los judíos y la interacción es continua.

Uno de ellos, del barrio Jabel Mukaber, fue el responsable el pasado martes del atentado en el que murió una persona y otras resultaron heridas al embestir con su automóvil un paradero de bus. El carro pertenecía a la compañía israelí de teléfonos Bezek, en la que trabajaba hace años.

“¿Cómo puede uno protegerse de algo así, si viven entre nosotros?”, se pregunta la gente. Hay quienes piden recalcar que los dispuestos a hacer un atentado son algunos, no la mayoría.

La gran pregunta es cómo distinguir de antemano, cómo maniobrar entre la necesidad de no tomar medidas contra quienes no las merecen y lo imperioso de cuidar la propia vida.

Jana Beris, corresponsal de EL TIEMPO (Jerusalén).

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