EL UMBRAL DE FUEGO, novela de Eduardo Márceles

EL UMBRAL DE FUEGO, novela de Eduardo Márceles

La obra se refiere a historias de la gente de hoy, es un testimonio de la vida contemporánea.

16 de octubre 2015 , 04:35 p.m.

Siempre he conocido a Eduardo Márceles de viaje. Ha ido por Europa, Asia y Estados Unidos en un periplo que empieza en su natal Aracataca, y de la cual procede su amor reverencial por García Márquez y sus admirables personajes. Cada vez viene de algún país o va hacia otro, como si estuviera en confrontación con la realidad contemporánea, quizá porque es de lo que le gusta escribir, como se aprecia en su reciente novela. Se refiere a historias de la gente de hoy. Por eso es de las novelas que hay que escribir como testimonio de la vida contemporánea. Incluso, iría más lejos, este personaje se me hace un símbolo de la humanidad que debe sufrir esta realidad, y su existencia contribuye a que no perdamos capacidad de asombro frente a esta situación.

Asímismo surgen Los perros de Benares (1984) o la biografía novelada de Celia Cruz (2005) que será filmada próximamente. En estos aspectos he pensado leyendo esta novela como la historia del infierno moderno. Habla de una realidad que la literatura de aquí y de allá no acaba de conjurar. Pero esta, una versión diferente contada desde el otro lado, la óptica de la vida en Estados Unidos que el autor conoce muy bien, y a través de la perspectiva de un personaje que más que agente se vuelve víctima. La historia ocurre más allá de la sangre y la truculencia que nos toca de este lado de la frontera. Por eso expresa también otra visión del fenómeno. Es lo que descubre aterrado el lector cuando llega a la última línea. Allí como en las grandes novelas, está la humanidad en la red de una condición que se vuelve destino cruel. De ahí que narre hechos que se convierten en sentimientos por sus implicaciones sociales y políticas. Se trata de un relato desde afuera que extrañamente se vuelve la visión del adentro de la historia.

Su personaje llega y empieza vivir su experiencia como una condición que asimila pese a que al final se lo devore como ocurre en La vorágine. Por lo mismo la novela empieza para el lector cuando los hechos terminan y el protagonista queda deambulando por las calles gringas con su carga de pasado. Es el momento de la imaginación frente al gran peso de la realidad, y en este instante surge otro valor, su capacidad de sugerencia de tanta importancia en las grandes novelas. Entonces nos preguntamos, qué sucedió, valió la pena el reto para continuar en la misma vida de antes. Estos personajes huyen de sus países para seguir su destino de tránsfugas en el primer mundo que se ha tragado todas sus ilusiones. Sin dudas, los ha marcado ese tránsito y lo que han tenido que hacer para atravesar ese umbral de miedo. Aunque se enfoque en los hechos cotidianos que vive el protagonista, estos son mirados desde adentro en su lado más llano y más sorprendente. En ella el protagonista, así lo llamo por ser el centro de la historia pero podría no serlo, parece alguien creado como pretexto para acercarse a este mundo terrible que por lo usual empieza a hacérsenos corriente.

Alonso Aristizábal

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