Memorias de una cinefilia

Memorias de una cinefilia

Caicedo, Mayolo y Ospina fueron impulsores de una generación obsesionada por el cine en Cali.

16 de octubre 2015 , 04:20 p.m.

Consiguieron construir una obra en la que bailaban, con el mismo ritmo, el horror con el rock, la salsa con la política, el suicidio con los excesos. Entre 1971 y 1991, jóvenes caleños se unieron a la caravana de estos tres creadores y, desde distintos ángulos, ayudaron a consolidar una tradición audiovisual. Sandro Romero Rey, compañero de andanzas e impulsor, reúne textos donde da cuenta de lo sucedido en la capital del Valle del Cauca.

Nadie mejor que el escritor y crítico Sandro Romero Rey para hacer la crónica de las realizaciones del grupo de cinéfilos que dejaron su marca en la Cali de los años setentas y ochentas, pero especialmente de la segunda década, la que lideraron Luis Ospina y Carlos Mayolo. Nadie mejor que Sandro porque fue participante y testigo de los hechos relativos a la producción de películas, guiones y escritos, donde tuvo varios papeles: actor, locutor, coguionista, asistente de dirección, corrector y editor de textos, cronista y crítico. Pero sobre todo porque fue y sigue siendo amigo solidario de los dos directores, así Mayolo haya dejado de respirar. Eso lo autoriza plenamente para usar la primera persona en buena parte de los escritos testimoniales que Romero Rey reúne aquí.

  Respecto a las crónicas sobre la primera parte de las acciones cinéfilas del hoy llamado Grupo de Cali, la liderada por el escritor y crítico Andrés Caicedo en los años setenta, y lo que tiene que ver con su obra literaria, teatral, crítica y de promoción cultural que produjo en su adolescencia y juventud, el papel jugado por Sandro ha sido distinto, no de testigo sino de reconstructor. Hay que agradecer primero que haya sido él y Luis Ospina quienes hicieran posible que la obra escrita por Caicedo haya visto paulatinamente la luz, sin lo cual hubiera sido imposible el disfrute y el culto que hoy se ha creado en torno a su vida y obra, como hubiera sido imposible también captar el interés de editores en otras latitudes, responsables de que haya crecido el número de admiradores de Caicedo Estela en varios países de América Latina, Europa y Norteamérica. Pero los hechos que rodearon la vida de Andrés mientras escribía, hacía teatro, publicaba críticas de cine, organizaba cineclubes, editaba revistas y se dedicaba al conocimiento y disfrute musical, Sandro solo pudo conocerlos después, de oídas y leídas. En ese momento solo era un espectador curioso del cine club o de las obras literarias y teatrales de Andrés, como él mismo nos lo cuenta en los artículos reunidos aquí, ya que era muy joven en los años setenta. Eso no desmerece en nada el trabajo de reconstrucción, las ricas crónicas que nos brinda sobre esos años, pues como seguidor obsesivo de la obra y vida del escritor suicida, Sandro ha indagado a casi todas las personas importantes en la vida del desaparecido, ya que todas le sobrevivieron: familiares, amigos, amores, protegidos, compañeros, colegas, promotores, críticos y hasta denostadores. De allí que la versión que nos entrega Sandro sobre esos primeros años creativos de Andrés y del cineclub, sean el producto del cruce y ensamblaje de todas las versiones que ha oído y leído sobre hechos e interpretaciones, no exentos de la porosidad de la memoria, de imprecisiones, pero afortunadamente inmune a las inventivas que hemos tenido que oír de algunos que desean ocupar un lugar visible al lado del escritor admirado. Todos tienen su verdad…. incluso yo, que me dediqué al teatro con Caicedo y con Jaime Acosta desde 1967, cuando teníamos 15-16 años, e hicimos parte de toda la saga teatral comandada por Andrés hasta 1972, año en que cambiamos definitivamente el teatro por el cine; al menos Andrés y yo, porque Jaime, aunque contagiado también por la cinefilia, se resistió a cambiar las tablas por la pantalla y siguió alternando las dos cosas en Bogotá hasta entrados los años ochenta, cuando el cine terminó por imponérsele hasta hoy.

De manera que aprovechando que una de las editoriales que hacen posible este compendio de Romero Rey es la de la Universidad del Valle, y aprovechando que escribo desde uno de los edificios que antes ocupaban las residencias universitarias, veo oportuno aclarar cuál fue la relación que Andrés y el Grupo de Cali tuvieron con el alma mater, para complementar las crónicas de Sandro.

Caicedo no estudió en Univalle como muchos creen, pero fue contratado en el segundo semestre de 1969 (antes de cumplir sus 18 años) por el entonces Decano de Estudiantes, Diego Roldán Luna -a instancias del profesor Delio Merino, que el dialogante y estudiante de Letras Álvarez Gardeazábal, le había presentado a Andrés como experto en Eugène Ionesco- para que montara la obra que quisiera; entonces Andrés hizo una adaptación de La Noche de los asesinos, obra del cubano José Triana de reciente aparición, usando la noche para los ensayos en los holgados espacios de los talleres de la entonces Facultad de Arquitectura de la sede de San Fernando y el antiguo auditorio de Economía, aprovechando también que Jaime Acosta acababa de entrar a estudiar arquitectura. Andrés me vinculó como actor del nuevo grupo cuando yo cursaba el último año de secundaria en el Preuniversitario San Luis -el colegio donde habíamos comenzado nuestras aventuras teatrales. Para el montaje de la obra de Triana nuestro asistente de dirección también era estudiante de Arquitectura, Jaime Carrillo-Jimy, más conocido como “el Che Carrillo”, quien por estar en último año haciendo su tesis, tenía asignado un cubículo de menos de 10 metros cuadrados en el segundo piso de la Facultad, en el que tenía su mesa de dibujo y en el que podía pernoctar como todos sus vecinos tesistas. Jimy, además de asistir a Andrés en la dirección, se encargó de diseñar el afiche promocional de la obra teatral y los cubos de madera que usamos como módulos escenográficos, con los que construíamos diferentes figuras escénicas según los momentos representados. Además de Acosta y yo, que interpretamos los personajes masculinos, el personaje femenino de la obra fue interpretado por Sonia Montero, estudiante de la Facultad de Humanidades. Tengo muy buenos recuerdos de esa época, cuando en las noches, después de los ensayos, con frecuencia nos quedábamos encerrados en el cubículo de Jimy oyendo a los Beatles (sí, a los Beatles!, Sandro); Andrés y yo tomando cerveza mientras los dos estudiantes de arquitectura abrían la ventana para expulsar los humos recreativos, y la volvían a cerrar para que el vigilante no se percatara de la rumba y de las carcajadas que nos producía a todos la risueña en ese encierro.

El estreno de la obra fue en el Teatro Municipal, donde hicimos tres funciones con el teatro lleno; hicimos una más frente a las niñas del Colegio Sagrado Corazón del Valle del Lili, cuyo auditorio tenía un tablero de vidrio sobre el que Jimy dibujó con tiza telarañas, para ambientar el sótano donde los personajes estaban encerrados. En junio de 1970 nos invitaron a presentar la obra en Bucaramanga, haciendo parte oficial del programa del Seminario Nacional de Teatro Universitario que tuvo lugar en la Universidad Industrial de Santander, en uno de cuyos auditorios nos presentamos con mucho éxito de público y comentarios. Poco tiempo después de terminarse el contrato de Andrés con Univalle, éste ingresó al grupo del TEC, comandado por Enrique Buenaventura, a quien se había acercado durante el Seminario de Bucaramanga. Hacía poco el TEC acababa de abrir su sede propia en la calle séptima, de manera que Andrés participó allí como actor en el montaje que el TEC hizo de Seis horas de la vida de Frank Kulak, una obra resultante del trabajo colectivo a partir de los textos que escribía a diario Enrique. Estando en el TEC, Andrés organizó el primer cine club que dirigió: el Cine Club TEC, que alternaba los sábados el Teatro Alameda (35 mm) con los martes en la sala del TEC (16 mm). Ese cine club apagó sus proyectores a finales de noviembre de 1970 y es el antecedente del Cine Club de Cali, que inició labores el 10 de abril de 1971 en el Teatro San Fernando, con un ciclo de Jean-Luc Godard, cuando ya Andrés se había retirado del TEC, aunque siguió conservando la amistad con los integrantes del grupo, cuya opinión respetaba, y a quienes fuimos a mostrarles orgullosos El Mar en su propia sede, aunque no recuerdo buenos comentarios.

Para ensayar El Mar habíamos conseguido prestado, en el nuevo campus de Meléndez, un cuarto grande en uno de los edificios vacíos de las residencias estudiantiles, que no se ocupó de inmediato cuando la Universidad se trasladó en 1972; yo mismo tenía mi habitación de residente en el bloque 7, pues había empezado a estudiar Ingeniería Civil en agosto de 1970. Esas residencias y las cafeterías habían sido estrenadas por los deportistas extranjeros que se alojaron allí con ocasión de los VI Juegos Panamericanos de 1971, tal como se puede apreciar en una secuencia que Mayolo-Ospina recogen en el documental Oiga Vea. El edificio donde nos encerramos Andrés, Jaime y yo para ensayar El Mar durante seis meses, correspondía al bloque 9 en la vieja nomenclatura, y hoy es la Escuela de Arquitectura, a solo tres edificios del que ocupa hoy la Escuela de Comunicación Social (antiguo bloque 6), desde donde escribo, pues las residencias fueron clausuradas en los años ochenta. Un poco antes de estrenar la obra, se la mostramos al actor y fotógrafo Diego Vélez, quien tomó las únicas fotografías que se conservan de ella; y a Socorro Mondragón, una buena amiga quien fungió de asistente de vestuario para ayudarme a cambiar y entrar sin demora a escena cuando alternaban los hermanos Jacinto y Jesús, que yo interpretaba.

El estreno lo hicimos dentro del mismo campus, en los bajos de la Biblioteca central, en un salón grande donde hoy funcionan varios salones de audiovisuales, y que nos facilitó el biólogo Miguel Cantillo, que a la sazón trabajaba en la Biblioteca, aunque no hacíamos parte del grupo de teatro “oficial” de Univalle, que en ese momento dirigía a sueldo José Luis Andreoni –aunque argentino, no confundirlo con el bandoneonista- que pregonaba un teatro panfletario afín a la concepción estética del MOIR. Para publicitar las funciones repartimos un volante en una página tamaño oficio impresa en mimeógrafo, que llevaba un dibujo hecho a mano por Andrés, de un velero zozobrando en el mar. Fueron tres días seguidos de llenos rotundos y serían las únicas funciones públicas completas que tuvo la obra de casi dos horas de duración, pues hubo una incompleta que presentamos en la Universidad Santiago de Cali, en el patio del primer piso de su antigua sede, la casa que hoy ocupa Proartes. Detuvimos la función cuando las voces de los actores eran inaudibles, después de luchar inútilmente hablando alto para combatir el ruido que producían los estudiantes caminando en los corredores de madera del segundo piso, durante el cambio de clase. Nunca más se volvería a presentar.

Pero la Universidad del Valle siguió siendo nuestro escenario preferido para presentar cine en 16 mm, especialmente el auditorio de Economía, donde exhibíamos con frecuencia películas que solo llegaban en ese formato y donde recuerdo especialmente el ciclo de cine colombiano que, emulando el de la Cinemateca Distrital, exhibimos en ese auditorio todos los viernes del mes de octubre de 1973 -Andrés acababa de llegar de USA- como complemento de las funciones sabatinas del Sanfercho, ubicado solo a tres cuadras. En ese auditorio univalluno vimos y difundimos obras claves de la cinematografía latinoamericana, como La hora de los hornos, El chacal de Nahueltoro, Venceremos, Sangre de cóndor, Chircales, El ángel exterminador, Los Olvidados, entre otros hitos de la cinematografía mundial.

La Universidad del Valle vuelve a tener contacto con el Grupo de Cali cuando Jesús Martín, director del recientemente fundado Departamento de Ciencias de la Comunicación de la Facultad de Humanidades, invita a Andrés Caicedo y Luis Ospina a diseñar los estudios de cine del nuevo programa de Comunicación Social que iba a comenzar a funcionar en el segundo semestre de 1975. En ese año el Cine Club de Cali se encontraba en su mejor momento: Luis Ospina y yo nos habíamos unido a Andrés en la dirección desde hacía dos años; estábamos publicando el N° 2 de la revista Ojo al Cine; Mayolo y Ospina realizaban los cortos Contaminación es…, Sin Telón, La Hamaca, Asunción y Rodilla Negra, y en el Sanfercho presentábamos hasta tres películas semanales, una el viernes a medianoche y dos el sábado. Cuando nos dimos cuenta que en el Museo La Tertulia estaban a punto de inaugurar una sala de cine y conformar una cinemateca, volvimos a buscar a Maritza Uribe, la presidenta del Museo, pues ya Andrés le había enviado una solicitud en 1973, proponiéndole trabajar juntos, sin ningún resultado[1]. En esta ocasión conseguimos que nos prestaran la nueva sala para probar si funcionaba. Había sido construida bajo el lecho del antiguo “Charco del Burro” del Río Cali, ahora desviado, pero nos la prestaron desnuda, sin asientos, sin alfombra, sin proyectores y sin pantalla. Ubicamos dos proyectores de 16 mm en la cabina, unimos y templamos varias sábanas blancas y presentamos durante un fin de semana la película boliviana Sangre de Cóndor de Jorge Sanjinés, con la gente sentada en las gradas, pero con tanto éxito que fue la prueba reina de que una sala de cine arte en Cali era más que necesaria. Más de un año después, un poco antes de morir Andrés, me llamaron del Museo para que me hiciera cargo de la programación de la sala; no me acuerdo si supe por qué me eligieron a mí.

En 1979 Luis Ospina es invitado por la Universidad del Valle como profesor del primer Taller de Cine del programa de Comunicación Social y él asume esa cátedra hasta mediados de 1980, cuando entro a reemplazarlo. Siendo el suscrito profesor de estética del cine y del taller de audiovisuales en los años ochenta, vinculé como profesor invitado, en dos ocasiones, a Carlos Mayolo para que realizara talleres de dirección de actores, uno de los roles donde Carlos se desenvolvía de manera admirable. Posteriormente, a finales de esa década, cuando el espacio Rostros y Rastros estaba al aire en el canal Telepacífico, tanto Ospina como Mayolo realizaron varios trabajos para UV.TV, la programadora de televisión de la Universidad. Finalmente en el 2009, la Universidad del Valle le otorgó a Luis Ospina el Doctorado Honoris Causa en Comunicación Social. Todo lo anterior sin que entremos a hablar del campo de estudios que se ha abierto en torno a las producciones críticas, literarias y audiovisuales del citado grupo, tanto en áreas de comunicación, como en las de literatura, filosofía y sociología, que ha producido en este mismo campus -como en otros nacionales y extranjeros- incontables estudios, tesis y películas cuya enumeración nos llevaría otras cuantas páginas; pero, ¿es que necesitamos más razones que justifiquen que publiquemos en nuestra propia casa un libro que recoja la historia de estos tres creadores de Cali, contada además con la habilidad de una pluma tan diestra como la de Romero Rey?

Editorial

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