Conozca la granja que alimenta a 200 familias desplazadas en Bosa

Conozca la granja que alimenta a 200 familias desplazadas en Bosa

Estudiantes del colegio Kimy Pernía cultivan productos gracias a proyecto de una profesora.

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16 de octubre 2015 , 04:07 p.m.

Más de 200 estudiantes y sus familias, en su mayoría víctimas de la violencia, se alimentan con lo que provee la tierra en una pequeña parcela del colegio Kimy Pernía Domicó, del sur de Bogotá.

Aleida Salazar camina entre los cultivos y se detiene a desenterrar algunas de las papas ‘made in Bosa’, que se cultivan en la tierra negra y fecunda de la granja de este colegio público de Bogotá. Una tierra que, además de proveer alimentos, reconforta y sana las heridas de la guerra: Aleida y sus cuatro hijos estudiantes, Jefferson, Luis, John Faver y Heidy, son otra familia víctima del conflicto armado en Colombia.

Desterrados de las montañas del cañón de Las Hermosas, en Chaparral (Tolima), llegaron al sur de Bogotá hace cinco años, y en esta pequeña parcela viven, enseñan y comparten su herencia campesina.

“Nos vinimos desplazados para la ciudad, y ni más de los cultivos. Hasta que la profe Yamile Morales nos invitó a la granja y retomamos el campo, que es lo que a nosotros nos gusta hacer”, cuenta Aleida. Por eso, quizá, no puede ocultar la alegría que le produce ver nacer los alimentos en la tierra y no tomarlos en las canastas de un supermercado.

Aleida es maestra de la siembra. Lo aprendió desde que era una niña y lo sigue poniendo en práctica hoy, a sus 33 años. A sus hijos y a los estudiantes del colegio Kimy Pernía Domicó les enseña cómo limpiar la parcela, para luego hacer la hilera de semillas, depositar el abono y arreglar las raíces y la tierra.

Enseñanzas de una madre desplazada que empujan el sueño de la profe Yamile, el cual empezó a forjar hace cuatro años: la Granja Integral Egoró, un proyecto pedagógico y productivo de agricultura urbana autosostenible que busca mejorar la calidad de vida de los estudiantes y devolver las vivencias del campo a esas mujeres, hombres y niños que fueron desterrados.

Por eso, el barrio Potreritos es otro desde que la granja funciona. Todos los días niñas y niños, junto con sus maestros y padres de familia, ponen sus manos al servicio de los cultivos, con la certeza de que cada hortaliza que allí nace irá directo a la mesa de uno de los hogares de la comunidad aledaña.

Todos los niños participan en las labores de la granja.

“Desde que los profesores llegamos a este colegio, sabíamos que tenía un carácter rural. Quisimos encaminar el trabajo desde las áreas en esta dirección”, recuerda Yamile.

Alrededor de los cultivos y del trabajo de esta maestra, un grupo de 14 docentes empezó a formar otros proyectos relacionados con el cuidado del ambiente, rompiendo los esquemas de la educación tradicional.

Cada uno de ellos se convirtió en centro de interés de profundización de aprendizajes que hacen parte de la Jornada Escolar Completa que se implementa en los colegios oficiales de Bogotá. Entre los maestros, hay quienes enseñan sobre la crianza de pollos, codornices y conejos. Algunos trabajan con ladrillos ecológicos y otros desarrollan el abono orgánico y el alimento de los animales para que esta sea autosostenible. El secreto es simple: ofrecer a los chicos formación integral, en sintonía con sus intereses.

Para cada cultivo hay un tiempo de cosecha. Un día a la semana, el trabajo en la granja gira alrededor de la recolección. Todos los participantes aprenden cómo hacerlo y reúnen los alimentos, para luego armar pequeñas bolsas que son repartidas a cada estudiante para el consumo de su familia.

“Hacemos los paqueticos de acuerdo con lo que hay y con la cantidad de personas que están participando. Se mide de a poquitos, pero, eso sí, todos se van contentos”, manifiesta Aleida, sosteniendo, junto a sus hijos, una bolsa en la que acaban de depositar las papas, recién saliditas de la tierra.

Yerit Cañas, estudiante de grado 6.°, recibió su paquete de verduras. “Lo mejor es sembrarlas en vez de comprarlas. Tienen más sabor y están más fresquitas, y mi mamá se pone feliz”, asegura la joven. Para la profe Yamile, quien ha dejado el proyecto a cargo de sus colegas mientras asume nuevos retos en otro colegio de Bogotá, es claro que la granja “es una experiencia que transforma realidades gracias a la educación. Ya es parte del colegio y de la comunidad, y está generando una fuente de alimentación e ingresos, haciendo más sostenible la comunidad que habita en los alrededores de la institución”.

BOGOTÁ

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