América Latina, una región en pleno estado de ebullición

América Latina, una región en pleno estado de ebullición

Las protestas muestran el agotamiento frente a la corrupción y el autoritarismo en varios gobiernos.

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15 de octubre 2015 , 09:02 p.m.

La reacción en la región es unánime. La gente se empezó a cansar de la corrupción y la falta de institucionalidad. Guatemala, Honduras, México, Venezuela, Ecuador, Brasil y Chile han dado muestras de agotamiento a través de protestas públicas y de intentos de recambios en las constituciones.

En la última década, el mecanismo de contención de los gobiernos en América Latina lo constituyeron presupuestos voluminosos destinados a financiar proyectos sociales o a cimentar las bases de un asistencialismo que no permitió la gobernanza en la región.

Se discutió, hasta la saciedad, si era suficiente sostener crecimientos atados, de forma exclusiva, a las utilidades provenientes de la industria de los hidrocarburos en detrimento de otros sectores que requerían importantes inversiones como la educación y la promoción de industrias del conocimiento.

La respuesta fue negativa. Nuestra región quedó expuesta ante los vaivenes de precios de los commodities y no se construyeron mecanismos internos para sostener las economías en crisis. La realidad monda y lironda es que se utilizaron los recursos para financiar Estados sin democracias activas y con tremendas tendencias asistencialistas.

Ante la pérdida de los recursos, los Estados han reaccionado a través del nacionalismo. Esta forma de pensamiento se ha disfrazado en la construcción de enemigos extranjeros como ejes de todas las desgracias internas del país. Casos como el de Colombia y Venezuela o Haití con República Dominicana son ejemplos de estas tendencias.

Como complemento de esta tendencia, se han añadido ingredientes como la corrupción, la violencia y el narcotráfico, generando disfuncionalidades institucionales y de estilos de gobierno de corte democrático producto de procesos electorales alterados en términos de pluralidad, representatividad y participación. Hoy, América Latina alerta al mundo frente al surgimiento de expresiones y varianzas de sus procesos caudillistas de corte ‘democrático’.

Retorno inesperado

El nacionalismo se enquistó de nuevo en la región. Uno de los males más importantes en la historia de América Latina es que nos enseñaron más sobre las diferencias que las semejanzas, más sobre la desconfianza que sobre la confianza. Los dictadores que fueron la materia prima de nuestros grandes novelistas –García Márquez y Roa Bastos, entre otros– construyeron imágenes de exclusión, pretendiendo con sus artificios convencernos de que éramos diferentes.

Y son estos elementos, sumados al déficit fiscal creciente y la angustia de los países por mantener el nivel de gasto social y burocrático, las principales razones que justifican el resurgir de los comportamientos dictatoriales de antaño.

Por ejemplo, en el caso reciente de la expulsión de colombianos de la frontera venezolana, arguyendo razones económicas, Colombia acudió a la Organización de Estados Americanos (OEA) para lograr una resolución a través de su Consejo Permanente y, así, evidenciar el trasfondo de una grave crisis humanitaria derivada de las deportaciones arbitrarias y masivas de más de 2.000 colombianos expulsados. La respuesta del órgano regional fue negativa.

En el caso de República Dominicana, se ha establecido una política de expulsiones de haitianos, amparados por el Tribunal Constitucional, que no solo validó las expulsiones sino que desconoció una sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos y declaró inconstitucional el instrumento de aceptación de la competencia del tribunal interamericano. Inédito.

Un tercer caso es el ecuatoriano, que a través de su presidente, Rafael Correa, ya ha dado los primeros pasos para afectar las relaciones fronterizas con Colombia y Perú, no solo para proteger su economía de la salida masiva de dólares, sino para incitar a sus conciudadanos a no comprar productos de los países vecinos. Correa, ante su desespero local por la falta de recursos, acude a medidas de ese tenor para expiar su crisis económica interna que cada día muestra señales inquietantes, más si se tiene en cuenta que su economía está dolarizada. Estos tres casos empiezan a tener un efecto perverso en la dinámica regional haciendo inanes los mecanismos diplomáticos para zanjar las controversias. La política internacional del uno a uno regresa, dejando de lado el multilateralismo.

Una patología

La corrupción es una de las grandes patologías de la región. Casos como los de Petrobras (Brasil), PDVSA (Venezuela), Nule (Colombia) y Dávalos (Chile) lo atestiguan.

Dentro de estos escándalos, vale la pena destacar cuatro. El primero es el caso de Guatemala, el cual, gracias a la acción de la Comisión Internacional contra la impunidad en Guatemala (Cicig), logró develar una red de delincuencia que desviaba recursos desde la aduana bajo el liderazgo del propio presidente de la República, el señor Otto Pérez Molina.

Este caso no solamente generó el retiro y la reclusión del Presidente, sino una euforia en ese país por parte de miles de guatemaltecos que se ven reivindicados en sus instituciones y en la democracia al lograr exponer y poner tras las rejas aun a su presidente. Ha sido un hecho que trascendió fronteras y recibió títulos como el del periodista Miguel Ángel Bastenier al hablar del hecho como “la primavera guatemalteca”.

En Brasil, la presidenta Dilma Rousseff no ha podido sofocar las protestas que la tienen con un ocho por ciento de favorabilidad, producto de los escándalos de corrupción que se han establecido entre la empresa petrolera Petrobras y el partido de gobierno PT.

El asunto, conocido en el argot judicial como Lava jato, ha producido multitudinarias protestas de los brasileros que empiezan a solicitar un procedimiento de impeachment (destitución) contra la Presidenta.

Michelle Bachelet, en Chile, ha vivido momentos de zozobra ante las denuncias de corrupción en su gobierno y su bajísima popularidad. Incluso, se ha llegado a pensar sobre la necesidad de reformar la Constitución para ponerle punto final no solo al rescoldo dictatorial de Augusto Pinochet, sino para limpiar la política de Chile.
En Ecuador, luego de años de relativa tranquilidad social, Correa enfrentó protestas multitudinarias producto de la intención de modificar la Constitución para reelegirse una vez más y el intento por alterar mecanismos de tributación –aumentar la plusvalía y limitar las herencias– que llevó a una movilización que puede hacer desvanecer la ‘Revolución del siglo XXI’. Ni hablar de la posible corrupción que se presenta en un país sin mecanismos contramayoritarios en sus instituciones. La respuesta de Correa no solo es errada, sino torpe: imponer sus ideas, burlar la oposición, crear una confrontación popular y amordazar la prensa.

Al igual que en Guatemala, Brasil y Chile, el pueblo ecuatoriano se pronuncia tratando de frenar la intemperancia de un gobernante que se percibe por encima de sus ciudadanos.

Violencia y narcotráfico

Ante la falta de institucionalidad, la región se ha permeado de narcotráfico y violencia. Según el Instituto brasileño Igarapé, la región concentra el ocho por ciento de la población mundial y representa el 35 por ciento de los homicidios del planeta.

En México, el enfrentamiento de grupos de narcotraficantes en diversos Estados de la federación –Michoacán, Coahuila, Sinaloa, Chihuahua, Jalisco, Veracruz, Guerrero, entre otros– está siendo marcado por una violencia que supera la institucionalidad.

Igual tendencia se vive en Centroamérica. Guatemala, Honduras, Salvador y Nicaragua, pues no solo son Estados que dependen de las remesas que proceden de EE. UU., sino que se han convertido en territorios de paso del narcotráfico y de concentración de violencia urbana a través de pandillas. El caso de Honduras es dramático, la tasa de homicidios por cada 100.000 habitantes es de 90,4 %

Colombia no sale de su proceso de paz y tiene que enfrentar problemas con bandas armadas (bacrim) en múltiples lugares de su territorio donde no existen prácticas estatales. Un estudio de DeJusticia llamado ‘El derecho al Estado’ (2013) indica que existen 229 municipios sin control estatal alguno donde la corrupción y los actores ilegales proliferan. Si se concreta el proceso de paz entre las Farc y el Gobierno, Colombia podría mirar con optimismo su porvenir.

Por último, debe destacarse el nivel de violencia que se vive en Venezuela y Brasil. Para el caso venezolano, el Observatorio Venezolano de Violencia indicó en su más reciente informe que en ese país ocurrieron 24.980 asesinatos el año pasado. La tasa de homicidios es 62 por cada 100.000 habitantes, siendo el segundo país más violento del mundo después de Honduras.


De otro lado, Brasil como México tienen serios problemas de violencia por la insuficiencia del sistema federal. Cada estado federal puede tener sus propios organismos de seguridad. De hecho, en Brasil se quieren establecer mecanismos de extradición entre estados por el nivel de opacidad de su sistema judicial.


El descontrol de la violencia en las cárceles de ese país ha llevado a ser testigos de decapitaciones en algunos centros carcelarios –caso Maranhão–, sin que el Estado puede frenar esta situación.


Todos los casos planteados son proclives al narcotráfico que engendra mecanismos de violencia. A pesar de las duras realidades que se viven en los países expuestos, países como Argentina, Paraguay, Bolivia y Perú empiezan a ser permeados por el narcotráfico, dejando estelas de violencia. La falta de institucionalidad y de Estado es el terreno fértil para los negocios ilícitos.

En síntesis, el nacionalismo, la corrupción, la violencia y el narcotráfico son factores que empiezan a entrelazarse en las nuevas dinámicas locales en América Latina.

La crisis económica comienza a producir un cerramiento de los Estados y una desaparición del regionalismo. La profesora Wendy Brown, en su texto Estados amurallados, soberanía en declive (2010), indicó que “la contención dentro de un mundo con cada vez menos fronteras es una especie de anhelo psíquico que alienta el deseo de construir muros; la fantasía de impermeabilidad lo complementa. El poder soberano alimenta la fantasía de una distinción absoluta y factible entre interior y exterior”.

En América Latina damos los primeros pasos del abandono de su proceso de integración y empieza el enclaustramiento que solamente nos producirá mayor retroceso.

FRANCISCO BARBOSA*
Especial para EL TIEMPO
* Ph. D. en Derecho Público (Universidad de Nantes, Francia) y profesor de la Universidad Externado de Colombia. En Twitter: @frbarbosa74

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