Editorial: Otra chispa en el polvorín

Editorial: Otra chispa en el polvorín

Israelíes y palestinos deben asumir que su vecindad no tiene vuelta atrás y que debe haber diálogo.

15 de octubre 2015 , 08:35 p.m.

Al final las víctimas terminan siendo las mismas: el niño judío que sale a la calle y es apuñalado, o el adolescente palestino que muere en los choques con fuerzas israelíes. Dolor y más dolor, fruto de la ola de violencia que sacude a los dos pueblos y que en el momento de escribir estas líneas ha cobrado la vida de más de 30 palestinos, siete israelíes y dejado miles de heridos.

Toda una espiral de violencia, en la que llegarán las respectivas imputaciones de culpas y los llamados internacionales al desarme de los espíritus y que terminará ocultando una realidad que, por más compleja que parezca, se resume en algo sencillo: la incapacidad de los líderes, tanto de Israel como de Palestina, para convivir pacíficamente. Como si los vecinos se pudieran elegir.

Los Acuerdos de Oslo de 1993 abrieron una esperanza a la posibilidad de que palestinos e israelíes pudieran coexistir, uno al lado del otro, como dos Estados independientes. Lastimosamente, por razones de una y otra parte, los pactos se fueron empantanando, y cíclicamente se producen estos escenarios de violencia.

La paciencia en la calle palestina se fue perdiendo no solo por el estancamiento del proceso de paz, sino por las humillaciones y dificultades que en el día a día enfrentan sus habitantes; fue asesinado uno de los gestores de Oslo, el primer ministro Isaac Rabin, en 1995, por un ultranacionalista judío; se desató en el 2000 un levantamiento palestino conocido como la segunda Intifada (la primera fue en 1987); murió en extrañas circunstancias el otro gestor de Oslo, el líder histórico palestino Yasser Arafat (2004); Israel continuó la ocupación y amplía cada día sus asentamientos de colonos en terrenos que, en teoría, deberían ser para el Estado palestino, y los extremistas del otro lado responden con ataques que, para ellos, corresponden a una lucha de independencia y de resistencia a la ocupación y, para Israel, a terrorismo puro. A lo que hay que sumarle las fracturas entre Hamás y Fatah y la creciente influencia de la extrema derecha nacionalista y religiosa dentro del Ejecutivo israelí.

Y mientras las dirigencias se culpan mutuamente, las sociedades de cada pueblo se envenenan, como lo demuestran los demenciales ataques con bombas incendiarias o disparos a familias indefensas, o los apuñalamientos a civiles desprevenidos.

Y acá vienen las justificaciones. El detonante de ocasión tiene que ver con la supuesta intención de Israel de cambiar el statu quo de la Explanada de las mezquitas, o Monte del Templo, lugar santo para musulmanes y judíos, lo que ya ha provocado llamados internacionales de extremistas de lado y lado para mezclarle religión a un coctel de por sí explosivo, y en una región que vive una brutal guerra en Siria y en la que suníes y chiíes, estadounidenses, europeos y rusos mueven sus fichas geopolíticas montados en un dominó de imprevisibles consecuencias.

Como lo hemos sugerido desde hace años y durante las sucesivas crisis, israelíes y palestinos deben asumir que su vecindad no tiene vuelta atrás y que en momentos como este han de primar la sensatez, la serenidad y la cordura para buscar sinceras formas de diálogo y no meros gestos para la tribuna interna. Los dos pueblos merecen algo más de sus dirigentes.

editorial@eltiempo.com

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