Ley

Ley

La lección de nuestros poderosos ha sido esa: "su ley no es mi ley". Y ha seguido este desastre.

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15 de octubre 2015 , 08:06 p.m.

Es que no podemos con la ley. Es que solo nos gusta cuando le cae encima, como un as bajo la manga o un policía de la cuadra, al enemigo. Se emplea, se les echa a los demás como un perro bravo, pero no se cumple. Qué importante que la Corte Suprema haya condenado a ese cura pederasta que violó a aquel par de niños desplazados: “si le cuento, ¿no me pega?”, le preguntó el hijo mayor a su padre. Qué trascendental que la Fiscalía haya servido de escenario para que cinco reticentes equipos de nuestro fútbol profesional les hayan reconocido a sus jugadores el derecho a asociarse. Qué diciente que a la sanción impuesta a los azucareros por “cartelización empresarial”, luego de una investigación de cinco años en la Superintendencia de industria, no se le esté respondiendo con entereza, sino con ira callejera: “¡suéltenlos, suéltenlos…!”.

Vivir en sociedad es resignarse a la ley: a que nadie esté por encima ni por debajo de ella. Pero aquí la ley suele tomarnos por sorpresa para bien y para mal.

Qué clase de poder hay que tener, y qué desprecio por la autoridad hay que alcanzar, para gritar –como lo hizo un vocero de los taxistas, Hugo Ospina, en pleno Concejo de Bogotá– “¡crearemos bloques de búsqueda para bajar sin violencia a los pasajeros de Uber!”: hay que sentirse el patrón de la ciudad para llamar a la justicia por mano propia. “Por favor, señores taxistas, no se busquen líos porque de pronto pueden parar en la cárcel”, escribe el poderoso empresario Uldarico Peña en su editorial del periódico Taxis Libres: “es cierto que las autoridades no han puesto la voluntad que se necesita para acabar con la piratería, pero debemos seguir laborando con transparencia”. Pide no seguir persiguiendo a la competencia, pero no habla, por ejemplo, de los cupos millonarios que deben pagar sus taxistas para recobrar el derecho al trabajo.

Ah, la ley: que en su frágil telaraña queden atrapados los pequeños insectos, los demás.

Pero qué puede esperarse de nadie aquí –porque sí: porque quién se atreve a decirles a estos pequeños déspotas que están ridiculizando la ley– si el envalentonado fiscal Montealegre defiende sus contraticos sin tartamudear, el diestro procurador Ordóñez irrespeta las sentencias de la Corte Constitucional sin pestañear, el marrullero exalcalde Moreno busca salir de la cárcel a punta de aplazar su juicio sin ruborizarse, el verboso alcalde Petro decreta a la brava un nuevo modelo de recolección de basuras, y el tortuoso legislador Uribe se permite apodar “acusaciones electorales” a la noticia vieja de que podría ser investigado por no haber tomado las medidas para evitar la masacre de El Aro, en 1997, cuando apenas era ese gobernador de Antioquia que les gustaba tanto a tantos.

La lección de nuestros poderosos, de ciertos curas a ciertos dirigentes del fútbol, de algunos azucareros a algunos taxistas, de tantos jueces a tantos legisladores, ha sido esa: “su ley no es mi ley”. Y a continuación ha seguido este desastre.

Estoy mirando una fotografía que lo resume todo: una multitud vestida con camisetas en las que puede leerse “Lo que es con Uribe es conmigo”, habituada a la decadencia de los tribunales, marcha convencida de que la investigación de la masacre de El Aro es un desquite. Aquí se ha exigido justicia, sí. Pero quizás por haber vivido entre las reglas de la guerra, por haber repetido sin espanto “nosotros los matamos a ellos, pero ellos nos mataron primero”, en realidad se ha estado hablando de venganza. En un país diferente se esperarían los resultados de esa investigación espeluznante presumiendo inocencias y recordando cómo quedó ese pequeño caserío después de la matanza, pero este país todavía es Colombia. Y está en mora de legalizarse.

Ricardo Silva Romero
www.ricardosilvaromero.com

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