Nobel a enfermedades huérfanas

Nobel a enfermedades huérfanas

Problemas del subdesarrollo no se solucionan en nuestros países por políticas científicas débiles.

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15 de octubre 2015 , 07:27 p.m.

Este año el Premio Nobel de Medicina fue adjudicado por avances en la lucha contra algunas enfermedades parasitarias que ya afectan solo a los países pobres.

La mitad del premio fue para Satoshi Omura y William Campbell por el desarrollo de la ivermectina, una droga contra los gusanos que causan la filariosis (elefantiasis) y la oncocercosis (ceguera de los ríos). Una tercera parte de la humanidad está en riesgo y hay más de 25 millones de personas infectadas en África, Asia y América Latina. Las larvas son transferidas de persona a persona por la picadura de mosquitos. La filariosis produce inflamaciones monstruosas, generalmente en los miembros inferiores, que toman la apariencia de una pata de elefante. En la oncocercosis el gusano se establece en los ojos y produce ceguera.

Omura empezó a buscar a finales de los 60, en bacterias que aisló del suelo, posibles sustancias con actividad farmacológica (de esas bacterias ya se había aislado la estreptomicina, premio nobel en 1952). Entre miles de aislados escogió 50, y uno de ellos resultó prometedor. Cerca de diez años después se asoció con Campbell, quien pudo aislar el compuesto activo y generar las modificaciones químicas que lo hicieron más efectivo. En 1987, la farmacéutica Merck decidió distribuir gratuitamente el fármaco. Se estableció entonces un programa mundial contra esos terribles males. Colombia logró, hace un par de años, erradicar la oncocercosis, que existía en un único foco en la vereda Nacioná, municipio López de Micay. La droga mata las larvas pero no al gusano adulto, que es longevo, por eso su erradicación dura mucho tiempo.

La otra mitad del premio fue para YouYou Tu por el desarrollo de la artemisina o qinghasou, la única nueva droga de los últimos años contra la malaria. Esta enfermedad produce unos 200 millones de infecciones al año y alrededor de 400.000 muertes.

Por los años 60, en Vietnam morían más vietcongs de malaria que por la guerra. Ho Chi Minh le pidió a Mao Tse Tung que desarrollara una droga contra la enfermedad. Aunque la ciencia fue definida durante la Revolución Cultural como una de las 9 “actividades negras” de la sociedad, Mao ordenó en 1967 iniciar un proyecto de investigación con el uso de hierbas medicinales tradicionales. YouYou Tu fue la encargada, si bien era una funcionaria sin preparación científica. Después de algunas exploraciones se concentró en el ajenjo chino (Artemisia annua) y logró, luego de 15 años de trabajo anónimo, demostrar su efectividad a la Organización Mundial de la Salud. En colaboración con laboratorios externos, se aisló el principio activo; y a finales de los 90, la farmacéutica Novartis patentó el primer tratamiento antimalárico combinado con artemisina, que hoy es terapia de primera línea.

No puede uno dejar de preguntarse por qué soluciones para problemas tan propios del subdesarrollo no se dieron en nuestros países. La verdad es que Omura muy difícilmente hubiera recibido entre nosotros financiación continua por veinte años, sin que demostrara de antemano qué población sería directamente beneficiada y cómo mejoraría la competitividad del país. Dudo que YouYou Tu hubiera tenido el respaldo de una decisión política y de financiación durante decenios para una aventura de éxito incierto. Tampoco hubiera sido sencilla la alianza de investigadores del sector público con las farmacéuticas que, en estos casos, hicieron posible la producción y distribución de los fármacos.

La razón para que no seamos nosotros mismos los que resolvemos nuestros problemas radica en políticas científicas débiles y cambiantes, en una financiación insuficiente y en la incapacidad gubernamental para asumir riesgos.


Moisés Wasserman

@mwassermannl

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