Respuestas nonatas

Respuestas nonatas

La respuesta precisa, la palabra que debía salvarnos siempre se nos va a ocurrir un segundo después.

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14 de octubre 2015 , 06:04 p.m.

Los argentinos, que casi todo lo miden con el fútbol, y hacen bien, tienen un dicho muy famoso y popular; un dicho canchero de tertulia radial después de los partidos el domingo por la noche, pero que igual sirve para la vida en general: para el amor, para la política, para el azar, para los negocios o su ausencia. Dice el refrán: “Nada más fácil que opinar con el diario del lunes”.

Nada más sencillo que saber ganar los partidos después de que ya se jugaron. Es ahí cuando aparecen los sabios esquineros (o sea triviales) con sus frases rimbombantes de palito de paleta a decir qué era lo que se tenía que hacer y cómo había que llegarle al rival y cómo había que parar al equipo y quién tenía que entrar en vez de quién y cuántos goles se habrían hecho si todo hubiera sido como debía ser, hombre, tan fácil, tan obvio.

El problema, claro, es que esas obviedades consumadas suelen no serlo en la víspera, antes de ocurrir, y no es lo mismo estar entrando que estar saliendo, como dice la vieja máxima de los moteles y sus usuarios que entran o salen, allá cada quien. Adivinar las cosas luego de que han pasado tiene su mérito, sin duda, porque incluso hay quienes ni siquiera así logran acertar con ellas. Pero mucho mejor sería hacerlo antes, no después.

Esa es la gran dificultad de la vida, que se rige, entre otras, por una norma implacable que parecería estar formulada por Carlo María Cipolla, y es esta: siempre, siempre, siempre, la salida ingeniosa, la solución perfecta, la respuesta precisa, la palabra que debía salvarnos se nos van a ocurrir un segundo después.

Esa es la razón por la cual nos pasamos buena parte de nuestra vida hablando solos y rehaciéndola en la mente: porque allí, y a veces solo allí y solo así, repetimos episodios y momentos en los que en vez de decir lo que al final dijimos o en vez de hacer lo que al final hicimos, aparecemos diciendo o haciendo lo que debíamos hacer: lo que se nos ocurrió luego cuando ya todo estaba dicho y hecho y nos quedamos solos, triunfando en silencio cuando ya para qué.

Por eso nada me produce más admiración ni más felicidad, o casi nada, que esa capacidad que han tenido algunos iluminados en la historia para reaccionar con rapidez y donaire cuando era preciso, cuando tocaba, no con el periódico del lunes. Los que llevan la respuesta perfecta y demoledora a flor de labio, los que sí pudieron vengar en el acto una infamia o una humillación o un atropello. Esos héroes de la humanidad.

Pienso en Ovidio –el primero en esta breve antología del honor– al que Octavio le preguntó muy molesto, según Gastón Boissier, que si se había acostado con su hermana. Cualquier cosa que respondiera el poeta podía hundirlo, como al final pasó. Pero él solo dijo: “No todavía”, y se fue. “¿Verdad, señor Wilde, que soy la mujer más fea de Francia?”, le preguntó Mari-Anne de Bovet a Óscar Wilde, que le respondió: “Del mundo, señora. Es inútil restarse méritos tan evidentes...”.

Alguna otra vez cité aquí la anécdota de ese prodigio que era Adlai Stevenson, cuando una buena señora le dijo en la campaña presidencial contra Eisenhower: “No se preocupe, gobernador: los inteligentes votaremos por usted...”. Él le respondió: “Eso es justo lo que me preocupa, amiga mía: yo necesito una mayoría”.

Aunque quizás la respuesta más elegante de todas es la que Ilka Chase le dio a una actriz presuntuosa e irónica que leyó su autobiografía y le dijo: “Me gustó mucho su libro, ¿puedo preguntarle quién se lo escribió?”. La maestra le contestó como un rayo: “Me alegra mucho que te haya gustado, querida. ¿Puedo preguntarte quién te lo leyó?”.

Consuelos para cuando estemos en la cama repitiendo en la mente las palabras que (nunca) dijimos.

Juan Esteban Constaín
catuloelperro@hotmail.com

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