Decisiones de guerra y paz

Decisiones de guerra y paz

La guerra no solucionó nada. Este infierno reclama un cambio honesto, una conversión de conciencia.

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14 de octubre 2015 , 05:28 p.m.

Una de las complejidades del conflicto colombiano es la existencia de opciones en conciencia por la lucha armada. He conocido esta opción en la guerrilla, e incluso en algunos paramilitares. Pienso que si este conflicto fuera la pelea de unos bandidos por el negocio no hubiera durado 50 años, los jefes bandidos normalmente salen corriendo con la bolsa y no buscan el combate y lo dirigen. Aquí se ha peleado por convicciones profundas. Es cierto que se han mezclado otros motivos de poder, dinero, venganza, que oscurecen la conciencia de todos los lados, pero esas mezclas y sus efectos perversos son inevitables en el ser humano.

Aunque he estado en la lucha por la justicia social, siempre he rechazado la lucha armada. Primero, porque creo en Jesucristo y no acepto razones para matar a nadie; segundo, porque desde niño, en un hogar conservador de los tiempos de ‘los pájaros’ del Valle, oí de mis papás que la guerra se convertía en violencia incontrolable que hacía peores todos los males, y tercero, porque aprendí de mis compañeros jesuitas en la lucha por la justicia, y de muchos otros, que el camino era la política y los derechos humanos, aprovechando todos los espacios para hacer avanzar paulatinamente los cambio hacia la sociedad soñada.

Para mí es claro que la decisión de Camilo Torres, Domingo Laín, Manuel Pérez, Carlos Pizarro, Antonio Navarro, León Valencia, Pacho Galán, ‘Iván Ríos’, ‘Alfonso Cano’ y Arturo Alape, para citar solo a conocidos, fue una decisión de conciencia serísima y no ligereza ni inmoralidad. Formaron su conciencia desde elementos subjetivos de familia y amistad, en el calor de debates y lecturas políticas, en la rabia contra las arbitrariedades, en la emoción por acontecimientos como la Revolución cubana; desde allí interpretaron datos objetivos como la exclusión social, étnica y política, las desigualdades económicas, el asesinato de líderes sociales, y formularon conclusiones de estos términos: el establecimiento colombiano hace violencia contra el pueblo, hay que cambiarlo; no es posible por el voto que está controlado, tampoco por la protesta social, pues la aplastan; la única forma eficaz es tomar el poder por las armas e implantar la justicia. Así configuraron el derecho y el deber de rebelión y se jugaron la vida cuando la probabilidad de que los mataran era altísima, convencidos de que era lo mejor que podían hacer por Colombia. Paradójicamente, su decisión los llevó a actos de violencia terribles y sirvió de pretexto para el surgimiento de la brutalidad paramilitar, que, en actos atroces, difundió el terror en los campos y pueblos, buscando eliminar a los insurgentes y sus supuestos aliados.

Hay que escribir en otra columna la opción en conciencia de quienes llegaron a conclusiones distintas, se negaron a ver al sistema como totalmente cerrado e insistieron en salidas políticas no violentas. Muchos de ellos fueron estigmatizados como auxiliares de la subversión, que a su vez los menospreciaba como reformistas y legitimadores del sistema.

Lo cierto es que la guerra no solucionó nada, ahondó la tragedia y el dolor y terminó en un infierno del que era casi imposible salir. Este infierno reclama un cambio honesto, una conversión de conciencia. De hecho, se dio ya en varios de los arriba mencionados, que dejaron la guerra, y aparece hoy en ‘Timochenko’ cuando ordena cambiar el entrenamiento militar por la formación política. Porque salir de la lucha violenta contra la injusticia y de las formas salvajes de la seguridad pide un cambio que permita ver la verdad y la barbarie de los hechos y asumir las responsabilidades de todos los lados. Solo desde este cambio de conciencia en todos nosotros será posible asumir el derecho y el deber de jugarnos la vida por la paz, sus condiciones y sus exigencias.

Francisco de Roux

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