El trillado 'me regala su nombre' / En defensa del idioma

El trillado 'me regala su nombre' / En defensa del idioma

'Las frases de cajón abundan', dice el profesor Jairo Valderrama, en su columna sobre gramática.

notitle
13 de octubre 2015 , 11:00 p.m.

El diálogo fraterno y espontáneo lleva a reformularnos una y otra vez si el mundo que hasta ahora conocemos ha cambiado, sobre todo al escuchar preguntas, planteamientos o solicitudes cuyas respuestas considerábamos obvias.

Después de tantos años, siguen apareciendo múltiples inquietudes de nuestros interlocutores que, en serio, conducen a reflexionar otra vez, sin que encontremos conclusiones definitivas. En muchas de estas situaciones, hasta surgen revisiones conceptuales que uno daba, no solo por ciertas, sino por inamovibles. Sin embargo, el ambiente de reflexión consiste en eso precisamente: en indagar acerca de la existencia toda.

En muchas oportunidades, cuando llegamos a casa o al trabajo, donde con seguridad se hallan personas conocidas, por qué recibimos como bienvenida palabras de este porte: “¿Ya llegaste?”. Entonces, uno, por su cuenta y riesgo, se pregunta también: “¿Será que no he llegado? ¿Aún me encuentro en el trayecto de la casa al trabajo, o a la inversa? ¿Estaré soñando? ¿Seré un holograma?”. Claro: son otras maneras de ser.

En muchos de los eventos donde previamente exigen una inscripción y sin que conozcamos todavía a ninguno de los organizadores o al personal de logística, empieza uno a pensar si la memoria no le estará jugando una mala pasada. Un desconocido dice: “Me recuerda su nombre, por favor”. Y la verdad, créanme, uno no recuerda cuándo ni dónde ha proporcionado con anterioridad su propio nombre a esa persona. Y pensamos: “¿Me habrá invadido el Alzheimer? Soy yo quien no recuerda haberle dado mi nombre”. Y, junto a esta petición, cobra existencia el “me regala su nombre”; entonces, uno cuestiona, ya a punto de ignorar quién es, si obsequiar el nombre no implicará convertirse en un desconocido, ser un don nadie (¡literalmente, un anónimo!).

Completa esta serie de interlocutores el que procede contra las normas: “Me regala su cédula”. Aparte de perder el nombre, incrementa ese vacío en este mundo el hecho de estar indocumentado. Según las disposiciones legales, el documento de identidad es intransferible; nadie más que la persona a quien identifica debe portarlo, y el desconocimiento de la ley no exonera de la sanción que acarree su falta.

Otro sale dizque con “perdí las llaves”, y unos sesudos amigos le preguntan: “¿Y dónde las dejaste?”. Acaso si lo supiera, estaría preguntándose dónde dejó las llaves. Claro: las frases de cajón abundan.

En escenarios diferentes y siempre hipotéticos, cuando una dama corpulenta se cae por las escaleras del centro comercial, dejando en el trayecto docenas de paquetes, una sombrilla, dos teléfonos celulares, una bolsa abierta de papas, tres bolsos, un helado de cinco sabores (con uvas y todo) y unos tacones de 22 de centímetros, por qué preguntan los espontáneos auxiliadores: “¿Te caíste?”.

Al salir bajo una lluvia torrencial (por motivos de gran fuerza, claro), por qué otros preguntan: “¿Vas a salir con esta lluvia?”.

Cuando uno aparece recién bañado, muy temprano en la mañana, por la recepción del hotel, el administrador adulador, con una sonrisa que más parece una máscara, dice: “¡Ah, el señor ya se despertó!”. Entonces uno se pregunta: “¿Seré sonámbulo?”. Añadido a este ejemplo, hay otro: “Ay, ¿estás aquí?”; entonces, se le ocurre a uno preguntarse mentalmente: “¿Seré solo una sombra? ¿Estaré en otro lugar?”. Y en broma (o hasta en serio) quiere uno responder: “¡No! ¡Fíjate que estoy en otro lado!”.

En una reunión de cualquier tipo, después de una prolongadísima disertación (nunca faltan quienes se creen discípulos de Demóstenes), alguien dice: “Ahora bien…”. ¿Eso significa que las palabras anteriores estaban “mal”, porque “ahora bien”? También está el caso de quien acude a la frase trillada “lo único cierto es que…”. Entonces, como “lo único cierto es que…”, ¿todo lo demás es mentira?

Se cree que por el afán de informar y a veces para llenar espacio y tiempo, muchos de mis colegas, en radio y televisión, acuden a la expresión “también hay que decir que…”, con queísmo y todo. Cualquier persona de la audiencia se preguntará: “Si también hay que decir, ¿por qué no lo dice, y ya?”. Si lo dijo, pues había que decirlo. Y claro: sin decir que “también hay que decir que”, porque había que decirlo, y por eso se dijo. ¿Cierto?

Con vuestro permiso.

JAIRO VALDERRAMA
Profesor de la Facultad de Comunicación
Universidad de La Sabana

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.