Conquista en minifalda

Conquista en minifalda

Capítulo de 'Breve historia de este puto mundo', nuevo libro de Daniel Samper Pizano.

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13 de octubre 2015 , 07:55 p.m.

Pero vamos a Julio César, que nació exactamente un siglo antes de Cristo y murió de 56 años. Fue un gobernante poderoso y exitoso, atributos que debe sobre todo a dos circunstancias: primera, pertenecer a familias poderosas; segunda, haber emprendido campañas militares con éxito. En efecto, ingresó a la política gracias a la influencia de su tío Cayo Mario y heredó el pontificado de otro tío, Cayo Aurelio Cota. Con un pie en la política, que le permitió alcanzar la magistratura, puso el otro pie en la religión, donde llegó a ser flamen dialis, cargo que hoy no existe y por eso, y por viejos problemas con el latín clásico, no me detengo en él. Finalmente asentó con firmeza un tercer pie en el terreno militar.

Convertido en pretor, edil, cónsul, triunviro, cuestor y otras cuestiones, visitó muchas de las comarcas que Roma había conquistado, como Hispania, y conquistó las que no había podido visitar. Su mayor victoria fue la reafirmación del Imperio romano en las Galias (actual Francia y alrededores) y la exploración y control de Britania y Germania, puntos atrasados y paupérrimos de Europa que luego llegaron a ser las influyentes Gran Bretaña y Alemania. Esto demuestra que es un error despreciar a los menesterosos, porque en cualquier momento —dos mil años después, por ejemplo— pueden dar la sorpresa.

Gracias a sus conquistas y su habilidad como jurista, Julio César se convirtió en el hombre público más importante de su tiempo, no sin antes vencer también a algunos de sus coterráneos que le temían, lo envidiaban o ambas cosas al tiempo. De su vida sexual se decía que era “el marido de todas las mujeres y la mujer de todos los maridos”. Qué cansancio cualquiera de las dos situaciones. También se pensaba que era un genio en todos los territorios del saber. El célebre historiador italiano Guillermo Ferrero, que escribió cinco volúmenes (¡cinco!) sobre La grandeza y decadencia de Roma, asegura que “en nuestros días, Julio César podría haber sido un gran industrial en Estados Unidos, un gran minero en el África meridional, un gran sabio o un gran escritor en Europa”. Y, agrego yo, un gran teólogo en el Vaticano, pues fue autor de un estudio religioso; y un gran gramático en Colombia, pues escribió un tratado sobre esta ciencia; y un gran astrónomo en Monte Palomar, pues tenía teorías propias sobre las estrellas y los planetas. Era, como se ve, una mezcla de Winston Churchill, Isaac Asimov y Pelé, solo que Pelé juega fútbol, toca guitarra, canta y aconseja cómo vencer la disfunción eréctil, y Cayo Julio César Augusto Germánico, no.

Las épocas de prosperidad que trajo su gobierno provocaron, como suele ocurrir, una corrupción desaforada. Abundaban los nuevos ricos y los derrochadores, pululaban los usureros y los banqueros, y florecían los aduladores y lameculos. Tampoco faltaban los enemigos, un grupo de los cuales acabó con su vida en marzo del año 44 a. C.
Cuando lo asesinaron, César preparaba la conquista de Persia y quería que lo elevaran a emperador o, como mínimo, rey del imperio. Sobre el crimen se ha esparcido una falsa versión que conviene aclarar. Según ella, fue apuñalado en el edificio del Senado por su propio hijo, y en el momento de morir se cubrió con la toga y musitó: “¿Tú también, Bruto, hijo mío?”. Más bruto es el historiador que sostenga semejante patraña, pues está demostrado que recibió el ataque en el teatro o curia de Pompeyo, una especie de centro cultural y deportivo donde se hallaba despachando el Senado. No fue tampoco víctima de un descendiente suyo, sino de una pandilla de conspiradores, uno de los cuales era “como un hijo” para él . Era el tal Bruto, Décimo Bruto.

Poco antes de que ocurriera el crimen, un simpatizante de César intentó alertarlo sobre la conjura, pero no logró hacerlo. Entonces cayeron sobre él los asesinos: Tulio dio la señal, Casca lo hirió con arma blanca en el cuello, el hermano de Casca le cascó en el costado y Bruto le propinó una estocada en la ingle. Luego, los cuatro siguieron pinchándolo y cortándolo. Plutarco informa que el cadáver acusó 23 heridas. Por fortuna, como en el corrido de Rosita Alvírez, solo cinco eran mortales.

 

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