Editorial: El enigma ruso

Editorial: El enigma ruso

Putin pretendería retomar el poder que en otros momentos de la historia ostentó su nación.

13 de octubre 2015 , 07:22 p.m.

La confirmación de que fue un misil fabricado en Rusia el que derribó el Boeing 777 de Malasia Airlines cuando volaba sobre Ucrania ha servido para atizar el debate sobre el rol que ese país pretende jugar en el concierto internacional.

Aunque no hay certeza aún de que el proyectil haya sido disparado por los rebeldes prorrusos, no obstante los fuertes indicios que apuntan en este sentido, la revelación de la agencia holandesa a cargo de la investigación se suma a otros escenarios, en distintos puntos del planeta, en los que esta nación se ha hecho sentir, desde Siria hasta América Latina, incluso en Colombia. No hay que olvidar el episodio ocurrido en noviembre del 2013, cuando dos aviones Tupolev de su Fuerza Aérea incursionaron sin autorización en espacio aéreo colombiano.

No pocos observadores han planteado que Vladimir Putin ha puesto a su país en una senda que pretende retomar el poder que en otros momentos de la historia ostentó esa nación, en particular la época de la Unión Soviética, y sin importar que tal camino implique revivir los fantasmas de la Guerra Fría, que se creían ya condenados a las páginas de los libros de historia.

Quienes así juzgan argumentan que es prueba de lo anterior su decisión de incursionar en el conflicto sirio, con la excusa de la necesidad de constituir una coalición contra el Estado Islámico, aunque sea claro su propósito de darle un segundo aire al presidente Bashar al Asad, su tradicional aliado. Se ha dicho que al irrumpir de la forma abrupta en que lo hizo, y sin mayor coordinación con la coalición, el Kremlin pretende dar un golpe en la mesa y convertirse, de facto, en el líder de la intervención internacional en esta guerra. Es decir, que el camino hacia la paz en Siria y, en general, en todo Oriente Próximo tenga a Moscú como escala obligada.

Esta visión subraya la manera como Rusia se ha comportado, equiparándola incluso con el matoneo, en la medida en que privilegia la fuerza y las vías de hecho sobre la diplomacia. En este orden de ideas, no han faltado las voces críticas contra una supuesta pasividad de Barack Obama, a quien han comparado con el estudiante aplicado que prefiere la fuerza de los argumentos y que, por desgracia, suele salir perdiendo en este tipo de lances.

A esta lectura se le oponen otras menos fatalistas. Estas sostienen que no existe tal voluntad de Putin de conformar un nuevo imperio de alcance global y que sus aventuras en Ucrania y Siria las ha llevado a cabo en función de un plan de acción con objetivos limitados. Puesto de otro modo, que no pretende conquistar estos países, solo asegurarlos en su órbita.

Hay que añadir también que las fuertes sanciones de las que fue objeto por lo sucedido en Crimea no han tenido la mella esperada en una economía que, en cualquier caso, no muestra un buen semblante, pues los pronósticos apuntan a un crecimiento negativo para este año.

El enigma, entonces, pasa por saber si las recientes jugadas de Putin son fríamente calculadas o arrebatos con el potencial de desestabilización que tiene cualquier proyecto expansionista. Más si está en manos de un líder con recursos suficientes y al que quienes lo conocen no le atribuyen la cordura como una de sus virtudes.

editorial@eltiempo.com

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