El impresionista diferente

El impresionista diferente

'La pintura de Caillebotte captura el nuevo paisaje urbano y refleja nuevas prácticas sociales'.

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13 de octubre 2015 , 07:20 p.m.

Participó en exhibiciones de los impresionistas y es menos conocido y visualmente diferente a los demás: Gustave Caillebotte (1848-1894), de quien se realiza una exhibición que implica variedad de aspectos que contribuyen a reexaminar ese movimiento. A los 27 años, presentó al Salón Nacional francés ‘Raspapisos, parqué’, 1875, que representa obreros con el torso desnudo arreglando un piso; aduciendo vulgaridad del tema, fue rechazada por los jueces, que valoraban temas históricos y grandiosos como las pinturas de Manet y otras que habían sido rechazadas por la crudeza de su factura. Artistas ‘independientes’ lo invitaron a unirse a ellos y a participar en la segunda exhibición impresionista, donde la obra se constituyó en una sensación, estimada en términos de su realismo y modernidad. Presentaba un tipo de desnudo, inusual en la academia, que no era idealizado y heroico; una escena contemporánea urbana, acorde con consideraciones de Baudelaire en su ensayo ‘La pintura de la vida moderna’, y que poseía -además- afinidades con la dominante tendencia literaria que enaltecía el heroísmo de la vida diaria y de personajes anónimos de la cambiante sociedad parisina. Su temática era más cercana a obras como las ‘Lavadoras de ropa’ de Degas que a la de los otros artistas incluidos.

Los impresionistas se caracterizaban ante todo por sus paisajes, realizados al aire libre en las afueras de París, para las que desarrollaron una modalidad de manchas coloridas y pinceladas rápidas, que no era claramente descriptiva, sino que, como el nombre de su movimiento lo indica, capturaba impresiones o efectos pasajeros del reflejo de la luz en la naturaleza. Caillebotte, por el contrario, no trabajaba espontáneamente sino en un estilo que evidenciaba su entrenamiento académico: efectuaba un dibujo preciso para definir formas nítidas; utilizaba tonos limitados, controlados y sombríos incluyendo grises y negro que aplicaba con pinceladas pulidas, parejas, sin dejar marcas visibles; trabajaba además en su estudio, no al aire libre, donde construía y laboraba cuidadosamente sus composiciones, que representaban escenas de su entorno familiar.

En la tercera exhibición impresionista, de 1877, presentó tres pinturas de escena callejera parisina al tiempo que Monet; las de este último enfatizan la superficie del plano pictórico -sin profundidad de foco si se usara terminología fotográfica-; las de Caillebotte, en cambio, presentan perspectivas exageradas y profundas vistas angulares, casi de embudo, que tipifican nuevos panoramas de París con calles de geometría severa, características de la transformación urbana del proyecto del Barón de Haussmann. En el imperio de Luis Napoleón III se llevó a cabo una modernización drástica por no decir salvaje, reconstrucción que acabó con las características medievales de la ciudad. Se crearon grandes avenidas -imposibles de bloquear con barricadas en caso de revueltas- que radiaban angularmente de nuevos monumentos y puntos focales como la nueva Ópera.

Caillebotte. ‘El Puente de l’Europe’, 1876. Óleo sobre lienzo. Petit Palais, Geneve.

 

La pintura de Caillebotte no solo captura el nuevo paisaje urbano sino que sutilmente refleja nuevas prácticas sociales. Emerge entonces un personaje, el ‘flaneur’ o caminante observador, que aparece en sus pinturas y que él ejemplifica en su papel de artista. Aparece tácitamente en obras como ‘Pintores de la casa’, 1877, donde en una acera obreros con sus andamios terminan de arreglar una fachada; hace una pintura de esa pintura implícitamente señalando analogía entre ambas labores. En su obra maestra, ‘Calle de París, día lluvioso’, 1877, también camina por mojados y brillantes adoquines frente a la extraña perspectiva de la intersección de diagonales de ocho calles cerca de la Estación de Saint Lazare, obra de controlado y sobrio juego de grises con color piedra que impacta tanto ahora como en la exhibición impresionista. En ‘Pont de l’Europe’, 1876, se cruza con una pareja en una acera por donde se le adelanta un perro con la correa suelta, siempre confiriendo una sensación de prisa y de encuentros fortuitos que caracterizan la ciudad, ahora como lugar de tránsito. Un nuevo panorama social, impersonal, donde hombres elegantes, lánguidos y bellos aparecen al lado de trabajadores con sus batas blancas, yuxtaponiéndose así diversas clases. Con frecuencia, también presenta a ese hombre observador contemplando el panorama urbano desde su ventana, como es el caso de su hermano, quien también aparece como un habitante vulnerable o en una comida silenciosa donde se percibe cierta ansiedad o soledad en compañía. Las pinturas desorientan; más que impresiones, reflejan efectos, no solo de perspectiva y composición, sino de estados sicológicos.

La obra de Caillebotte incluye además desnudos, mucho paisaje, temas de navegación y naturalezas muertas de calidad dispareja; en esta exhibición se incluyen solo cincuenta de las más interesantes, algunas espectaculares. En su mayoría son extrañas, enigmáticas, no grandiosas pero si idiosincráticas, como el caso de las pinturas de comidas, frutas, tortas y primeros planos de animales muertos en los mercados, que también parecieran expresar cierta enajenación. ‘Cabeza de ternero y lengua de buey’, 1882, es un bodegón de la nueva vida trasladada a los suburbios. ¿es simplemente un producto costumbrista, o evoca silencio y muerte?

El artista provenía de una familia acomodada y contaba con sus finanzas aseguradas por la herencia de su padre, empresario textil; estudió leyes pero se dedicó al arte sin preocupación económica, de modo que al asociarse con los impresionistas patrocinó la mayoría de sus exhibiciones pagando el alquiler de los establecimientos y contribuyendo en su instalación; fue mecenas de Monet, ayudándole a pagar su renta, y compró más de 70 obras de sus colegas, con las cuales formó una magnífica colección. Todo ello contribuyó negativamente a su prestigio ya que fue considerado un diletante con talento; su reputación artística fue absorbida por la de coleccionista y mecenas. Inclusive, su retrospectiva póstuma de 1894 fue opacada por la simultaneidad de su generosidad: se donó entonces su colección -obras icónicas de Manet, Renoir, Degas, Cezanne- a la nación; esta se convirtió en piedra angular de sus posesiones, mientras que sus propias obras permanecieron inaccesibles en poder de su familia y por fuera de la crítica hasta mediados del siglo XX.

Caillebotte fue un personaje interesante. Su genuino interés por la pintura lo tomó y dejó con entera libertad para dedicarse a otras pasiones, en las que también descolló: la colección mundial de estampillas que reunió con su hermano Marcel es de tal calidad que se constituiría en porción central de la de la British Library; en 1888 se trasladó a vivir a una finca en Argenteuil, cerca de Monet, donde se dedicó también a la jardinería, llegando a ser experto en horticultura; su afición por el deporte de la vela le llevó a diseñar y construir pequeños botes, y a reunir premios en carreras de navegación.

Esta exhibición ha resultado sorprendente en la apreciación de la obra de Caillebotte, ya que esta usualmente no ha podido apreciarse en su magnitud completa por estar sus pinturas regadas y aisladas en muchos museos: en el D’Orsay solo hay cuatro, dos en el MFA de Boston y dos en Chicago. Su reunión da, no solo idea de su importancia, sino que expande nuestra visión de la temática y la exploración de los impresionistas, contribuyendo a redefinir este movimiento dentro de términos más amplios de enfoque y contexto social e histórico.  

NATALIA VEGA
NUEVA YORK

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