Cultura ciudadana: ¿caramelo electoral o propuesta real?

Cultura ciudadana: ¿caramelo electoral o propuesta real?

Uno de los debates para llegar a la Alcaldía de Bogotá es cómo recuperar la educación cívica.

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13 de octubre 2015 , 11:12 a.m.

En Bogotá, la cultura ciudadana ha muerto, o por lo menos agoniza. De eso dan cuenta múltiples indicadores. Por tanto, uno de los puntos de debate en la actual carrera por la alcaldía es cómo recuperarla, y aquí se destacan dos visiones. Algunos definen este enfoque como una herramienta de política pública transversal al ejercicio de gobierno, liderado por el Estado en estrecha cooperación con la ciudadanía. Otros lo conciben más como un asunto del fuero interno que se cultiva en casa y en donde los padres tienen la responsabilidad principal. Afirman estos últimos que la cultura ciudadana no se le puede 'achacar' al alcalde.

Reducir la cultura ciudadana a una tarea de los padres es un argumento ingenuo en el mejor de los casos y manipulador en el peor. Esta tesis ha venido haciendo carrera en algunos sectores y les ha permitido a las autoridades políticas recientes evadir cómodamente las acciones que en este frente sí les corresponden, al tiempo que ha pretendido dejar sin piso muchos clamores ciudadanos. Aunque el sentido común pueda refrendar la noción de que la familia es la primera llamada a formar buenas personas, cuando de educación cívica se trata la cuestión es más compleja.

Claro que la formación de los padres cuenta. Investigaciones evidencian que allí donde la familia da buen ejemplo habrá probablemente mejores personas. Sin embargo, el punto es que si bien lo anterior es necesario, no es suficiente y menos en Colombia. Muchas de nuestras creencias, hábitos y comportamientos nacen y se consolidan en escenarios de formación distintos al hogar, que a veces resultan tanto o más importantes. El espacio público, la movilidad, el colegio, la universidad, las relaciones afectivas y los espacios laborales son algunos de ellos.

En estos escenarios operan con fuerza las normas sociales: acuerdos informales moldeados por la cultura que median todo el tiempo nuestras interacciones con los demás. Y sucede que estas normas, más que regirse exclusivamente por lo que nos enseñaron nuestros padres, obedecen también a nuestras expectativas sobre la gente que nos rodea. En otras palabras, aquello que creemos que los demás aceptan como válido y aquello que creemos que los demás esperan de nosotros, se vuelve determinante en nuestras acciones y decisiones cuando interactuamos en sociedad.

Los problemas empiezan cuando nuestros imaginarios y visiones sobre los otros son fundamentalmente negativos. Estudios de Corpovisionarios han acumulado evidencia sistemática que nos dice que el colombiano tiende a verse a sí mismo como un ser 'bueno' que lidia todo el tiempo con sujetos deshonestos, pícaros, corruptos e incluso violentos. Aquí se genera una peligrosa trampa, porque cuando uno cree que vive entre timadores que resuelven sus conflictos a las malas aumenta la probabilidad de que justifiquemos tales comportamientos en nosotros mismos.

Entonces, sucede con frecuencia que una cosa es lo que nos enseñan en la casa, otra lo que dicen las leyes y otra lo que consideramos conveniente cuando estamos ante la presión de quienes importan. La solución a este divorcio difícilmente podría recaer sobre los padres, entre otras porque ellos también se han forjado en medio de esta disfuncional maraña. Hay que pensar, pues, en estrategias pedagógicas mucho más elaboradas y ambiciosas capaces de llegar a esos espacios en donde hábitos y comportamientos nocivos se legitiman, y coordinar a una multiplicidad de actores que, aparte de la familia, involucra a funcionarios oficiales, políticos, fuerza pública, empresarios, docentes, activistas, líderes de opinión y medios de comunicación. En suma, armonizar la tríada ley-moral-cultura requiere de la participación orquestada de la sociedad en pleno.

El Estado es quizás el único actor capaz de liderar una innovación de semejantes proporciones, habida cuenta de sus propias limitaciones y de que tampoco posee superpoderes. Sin embargo, los gobiernos sí tienen la autoridad, visibilidad y acceso a recursos –tanto humanos como materiales– para realizar diagnósticos precisos y diseñar e implementar acciones focalizadas y sostenidas que transformen comportamientos. Por supuesto que la gran protagonista en procesos de cambio cultural es la ciudadanía, pero sin voluntad política y una autoridad confiable será muy difícil coordinar las voluntades individuales necesarias para lograr transformaciones colectivas a gran escala.

Este es un mensaje para los candidatos a la alcaldía: no le metan gato por liebre a Bogotá. No usen el discurso de la cultura ciudadana como caramelo electoral para luego pedirnos que seamos buenos ciudadanos por la gracia de nuestras conciencias (¡si esto fuera posible, a lo mejor el Estado no existiría!). Formar en competencias ciudadanas es un desafío monumental que exige recursos, personal idóneo, planes y acciones concretas, indicadores. Los habitantes de la capital demostraron hace 20 años que pueden cooperar con entusiasmo cuando hay autoridad y voluntad; ahora necesitamos un gobernante a la altura de las necesidades que, en un pacto de confianza con la ciudadanía, se comprometa a poner en el centro la convivencia.

CATHERINE JUVINAO
Periodista y activista en cultura ciudadana
@CathyJuvinao

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